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Revista Observaciones Filosóficas


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art of articleart of articleCartografía de las Ciencias: límites, interacciones y conexiones

Dr. Héctor A. Palma - Universidad Nacional de San Martín
Resumen
En este artículo se traza un mapa de las principales discusiones acerca de los límites de la ciencia. Se analizan los distintos modos en que se habla de límites: en la filosofía de la ciencia tradicional, la idea de “fin de la ciencia”, los límites cognitivos, los límites éticos, los límites de incumbencia y los límites de la comunicación pública de la ciencia. Asimismo, se muestran algunos problemas que surgen al pensar en términos de límites, y se sostiene que en todos esos casos sería más fructífero pensar los problemas en términos de interacciones, conexiones e intersecciones.  

Mapping Sciences: boundaries, interactions and connections.

Abstract

This article presents a map of the main discussions on the limits of science. It analyzes the different ways in which we talk about limits: in traditional philosophy of science, the idea of ​​ "end of science", the cognitive limits, ethical limits, the limits of incumbency and the limits of public communication of science and technology. It shows as well some problems that arise when we think about limits and argues that, in all those cases, it would be more fruitful to think these problems in terms of interactions, connections and intersections

Palabras clave
Límites de la ciencia, epistemología, filosofía de la ciencia, filosofía de la biología, fin de la ciencia.

Keywords
limits of science, epistemology, philosophy of science, philosophy of biology, end if science.

Revista Observaciones Filosóficas - Nº 22 / 2016


Prefiero los caminos a las fronteras (J.M.Serrat)


Introducción

Hay un reconocimiento universal de que el conocimiento humano en general, y la ciencia en particular, tienen límites. La filosofía se ha ocupado durante siglos de administrar, dirimir o, cuando menos mapear los términos de la discusión de esta verdad de Perogrullo. Los límites1 (y, en ocasiones, su superación) también han sido las marcas distintivas de la racionalidad científica en la tradición de la que formamos parte, racionalidad científica que, exagerando y simplificando un poco, podríamos calificar como analítica, reduccionista, simplificadora y compartimentadora de la realidad. Incluso la filosofía de la ciencia se ha constituido hace algo más de un siglo, prácticamente sobre la base del problema de la demarcación entre la ciencia y el resto de las actividades lingüísticas humanas, como tema central de su agenda.

Sin embargo, cuando se habla de los “límites de la ciencia”, ocurren al menos dos cosas: una explícita y la otra oculta o velada. La primera, obvia, es que una importante e irreductible polisemia invade la conversación porque refiere, justamente, a un polifacético fenómeno no siempre asumido en esa compleja condición: hay distintos tipos de límites y hay distintas cosas limitadas. Lo segundo, casi nunca expuesto, es que centrar la discusión en los límites oculta un aspecto más interesante del problema: la idea misma de límite (al menos en el tema que aquí nos ocupa) implica la existencia de zonas grises, zonas de intersección más o menos amplias y difusas, zonas de interacciones, entrecruces, mezclas y combinaciones heterodoxas, y, por qué no, de disputas importantes sobre espacios de poder simbólico, teórico, institucional o político. Los límites, en este sentido resultan una ficción, y no porque estén bien o mal puestos o estén ubicados artificial o forzadamente (cosa que puede ocurrir también), sino más bien porque allí donde hay un límite, lo que se genera, inmediata e ineludiblemente, son interacciones, intersecciones, bordes y solapamientos que no sólo resultan más potentes e interesantes sino que, sobre todo hacen a una mejor caracterización de ciertos fenómenos relacionados con la ciencia. Límites e interacciones entre las ciencias y el contexto socio-histórico, entre campos disciplinares del mismo rango epistemológico cuya delimitación se manifiesta arbitraria cuando se abordan objetos complejos; entre la filosofía y la ciencia, entre ciencia e ideología, entre ciencia y literatura o ciencia y religión. Incluso entre ciencia y lo que algunos llaman pseudociencias.

El concepto de ‘límite’2 suele ser definido como “término, confín o lindero de reinos, provincias, posesiones, etc.” y, en sentido figurado como “fin o término”. “Límite”, entonces, sea en sentido literal o figurado, puede significar o bien que más allá no se puede ir, o bien que es el lugar que, en virtud de algún poder hegemónico que lo posee, no debe ser invadido. En suma, configura tanto el lugar del que no se puede salir como también al que no se puede entrar; el adentro y el afuera. Estos dos sentidos diferentes pero complementarios pueden servir para armar un mapa de los diversos modos en que se ha hablado de límites de la ciencia. A través de los tiempos se han dado respuestas en uno y otro sentido, es decir, señalando los límites dentro de los cuales la ciencia resulta soberana, y también los límites como espacios más allá de los cuales no es posible conocer o bien que la ciencia más allá de ellos no tiene incumbencia alguna. Sin la menor intención de que la denominación implique valoración alguna, podemos calificar como límite en sentido positivo al primero y en sentido negativo al segundo.

1. Los límites en sentido positivo.

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Los límites de las ciencias en sentido positivo están referidos al lugar al que no se puede entrar, a la exclusividad epistémica de saberes. Esta exclusividad va más allá de los límites por cuestiones obvias, como por ejemplo el carácter crecientemente especializado de la ciencia moderna y los complejos rituales institucionales de acceso a la comunidad científica que implican. En cambio, se relaciona con la vigencia de valores asociados al imaginario acerca de la ciencia actual, concebida como un sitio inexpugnable, especial, una suerte de imperialismo epistémico; un lugar de poder, de palabra específica, autorizada y reconocida al que se ha llegado luego de una larga historia en la cual la filosofía de la ciencia de la última centuria ha contribuido enormemente.

La clasificación y la jerarquización de los saberes o tipos de conocimiento fue una preocupación desde los esfuerzos del mundo griego por dar cuenta de una episteme distinta y mejor que los saberes vulgares. Pero, más allá de las diferencias, la estrategia intelectual de los pensadores que se han ocupado de reflexionar acerca de los grados del saber humano, fue, en general, una suerte de continuo jerárquico, inclusivo o abarcativo, y se trató de dar cuenta de la estructura y organización del mismo entendido como un todo. En la modernidad esto cambió. Immanuel Kant marcó un quiebre irreversible al separar el conocimiento del mundo de la tentación metafísica, propia de los humanos. A pesar de que el objetivo sistémico de Kant apuntaba a otorgar cierto privilegio y una función insoslayable a la metafísica, inauguró los intentos de salvaguardar a la ciencia -ya en sentido plenamente moderno ilustrado y post Revolución Científica- de la contaminación de otros saberes y de constituirla en el reino de la objetividad y la neutralidad. La Crítica de la Razón Pura, justamente es eso, un intento por delimitar entre los alcances del conocimiento, por un lado, y la metafísica por otro, en la que los humanos se pierden en contradicciones cuando se aventuran más allá de la experiencia posible. Probablemente la reflexión sobre la ciencia que siguió no fue más que el desarrollo (más o menos herético) de la agenda kantiana sobre el conocimiento.

Como quiera que sea, los crecientes éxitos en algunas áreas de las ciencias naturales de los siglos XVII, XVIII y XIX, abonaron las posiciones filopositivistas3: primero en la Ilustración –no exentas de las indeseadas consecuencias formuladas crítica y lúcidamente en el pensamiento humeano-, luego haciéndose recalcitrantemente ideológicas en el siglo XIX, para desembocar en la reflexión sobre el problema de la demarcación a principios del XX en el seno del empirismo lógico y en la tradición intelectual de la filosofía de la ciencia que éste inició y propició.

A principios del siglo XX, resolver el problema de la demarcación no consistía en diseñar un mapa o clasificación descriptiva e inclusiva de las áreas del conocimiento sino, más bien, de establecer criterios canónicos y a priori, criterios normativos, jerárquicos y excluyentes, que establecieran límites claros entre la buena ciencia, la ciencia legítima, por un lado y otro tipo de manifestaciones discursivas humanas4 por otro. Estos límites debían marcar claramente las condiciones en las que la ciencia podría lograr neutralidad y objetividad; diferenciarla del pensamiento puramente especulativo y sin sustento empírico; y determinar en qué condiciones la ciencia puede desarrollarse sustrayéndose a la influencia y las determinaciones de las condiciones sociales y materiales de su producción. A la versión inicial del Círculo de Viena del criterio verificacionista del significado le sigue la contrapropuesta popperiana sobre la falsabilidad de los enunciados científicos. En el primer caso quedaba la ciencia por un lado y los enunciados especulativos, emotivos y artísticos (sin significado cognitivo) por otro; en el caso de Popper, el límite se encuentra entre la ciencia y la pseudociencia. Estos criterios (semántico el primero, metodológico el segundo) no son más que herramientas para establecer otro de los principales límites entre lo que llamaron contexto de descubrimiento, por un lado, y contexto de justificación por otro 5. Mientras que al primero corresponde el proceso histórico, sociológico y psicológico de generar una teoría, modelo o concepto científico, al segundo le corresponden las instancias de validación y legitimación de esas teorías, modelos o conceptos.

La distinción entre contextos explicita un límite razonable cuando se trata de distinguir entre el momento creativo de un científico, el momento de la súbita inspiración, de la novedad, el momento psicológico, del momento de dar buenas razones, argumentos y pruebas para que esa novedad sea bien aceptada por los pares. Los impulsos creativos, las intuiciones, los estados mentales privados e incluso las revelaciones místicas pueden explicar de dónde y cuándo surge la novedad, pero, evidentemente, no son suficientes a la hora de validar y legitimar el conocimiento públicamente, intersubjetivamente.

Sin embargo, otra vez, el límite entre contextos que parece explicar adecuadamente las cosas, solo esconde una serie de cuestiones más relevantes y cuya respuesta claramente se ubica en la intersección, más que en su separación artificiosa: la relación entre la ciencia y el momento socio-histórico. Quedarse en la cuestión psicológica, deja sin responder la pregunta (más importante) ¿qué relación hay, o podría haber, entre las condiciones sociales (los prejuicios, el conocimiento disponible, la época, la cultura, las creencias instaladas, el imaginario social, las teorías científicas establecidas) y el contenido de las teorías? Por ejemplo, ¿qué relación no trivial hay entre los postulados de la teoría darwiniana de la evolución y la Inglaterra victoriana? Debe ser, como decía, una relación no trivial porque la máxima según la cual ningún hombre escapa a su época puede aceptarse como verdadera pero requiere de detalles empíricos sustanciales y no meras generalidades. Si hay alguna relación concreta y real entre la emergencia de determinadas ideas científicas y las condiciones de la época en que surgen, es decir si tienen historicidad las ideas científicas, entonces no se trata meramente de explicar en qué consiste la creatividad individual (psicológica o neurológicamente hablando), sino de encontrar esas interacciones que seguramente no son causales (en el sentido físico de “causalidad”) pero tampoco triviales en el sentido antes marcado. En efecto, señalar que hay cierta influencia, interrelación o correlación entre la ciencia y el contexto sociohistórico porque la ciencia, finalmente, no es más que un producto humano, resulta trivial; en el otro extremo, atribuir al contexto la capacidad de determinar fuertemente la verdad científica, parece llevar directamente al relativismo y, sobre todo, a desconocer la relativa autonomía interna de la actividad científica. No hay receta a priori para resolver esta tensión no solo porque la historia empírica es variada, sino porque no parece haber patrones más o menos fijos o estándar según los cuales se producirían esas interrelaciones.

En segundo lugar, este límite planteado por la filosofía de la ciencia estándar generó una división disciplinar del trabajo, según la cual la cuestión de la “verdad” científica era asunto técnico, mientras que el resto de las condiciones sociohistóricas incumbían a la historia, o a los estudios sociológicos, que a su vez nada podían avanzar sobre las condiciones concretas y prácticas de la legitimación de las teorías (que responderían a criterios empíricos, formales y metodológicos). La historia se concebía como un “depósito de anécdotas” como diría Kuhn críticamente, años más tarde. Los estudios sociales se limitaban solo al análisis de las relaciones que se establecían en esas pequeñas sociedades que llamamos “comunidad científica” y las normas y organización de la ciencia en tanto institución social, sus relaciones con otras instituciones y su integración o desintegración en la estructura social6. Según este punto de vista los imperativos institucionales derivaban del objetivo de la ciencia y sus métodos, pero no al revés, es decir que los contenidos de la ciencia dependen sólo de su función -el aumento del conocimiento- y de sus métodos técnicos. Así, los éxitos eran el resultado de la correcta aplicación de la racionalidad científica, mientras que los errores obedecían, en muchos casos, a los prejuicios y al carácter refractario de la sociedad que operaba siempre en el sentido de detener o lentificar el proceso de acrecentamiento del conocimiento. Así, el contexto socio-histórico resulta un elemento accesorio a la racionalidad científica, ya que ésta se desplegaría de manera autónoma y ahistórica, y la injerencia del sujeto que produce ciencia (individual o, sobre todo colectivo) es evaluada como una interferencia en tal producción; interferencia que, en el mejor de los casos podía y debía ser eliminada mediante diversos tipos de procedimientos metodológicos.

Como quiera que sea, apenas consolidado el corpus del empirismo lógico7 en la década del ‘30, comenzaron las herejías y críticas que socavaron poco a poco la fuerza y rigidez inicial de las tesis principales8. Sin contar los trabajos, inicialmente sin repercusión, de historiadores como L. Fleck9 -rescatado por Kuhn décadas después- e I. Burtt10 –cuya influencia parece haber llegado solo de la mano de la intermediación de A. Koyré-, los principales hitos fueron:

Sin embargo, más allá de estas críticas y señalamientos internos, resultaron fundamentales los trabajos de los llamados “nuevos filósofos de la ciencia” como Hanson14, Toulmin15, Feyerabend16 pero sobre todo, por ser el más influyente, de T. Kuhn17, para que el problema de la demarcación fuera perdiendo interés porque la caracterización de la ciencia en tanto fenómeno cultural, fue haciéndose cada vez más desde un punto de vista socio-histórico. De modo tal que se suplantó la búsqueda de criterios más o menos formales o a priori, por la aceptación de que la ciencia es lo que los científicos hacen, es decir aquello que surge de la práctica concreta y real de la comunidad científica con sus propias reglas y rituales de legitimación. Estos autores, que reclaman y proponen una revalorización de la historia y de los aspectos sociológicos de la ciencia, y, por lo tanto e implícitamente, una suerte de disolución de los límites entre contextos de descubrimiento y de justificación, lo hacen no solo como la denuncia de la omisión de algunos aspectos no tomados en cuenta debidamente, sino en un sentido más profundo y fundacional: se trata de darle un giro epistémico a la pregunta que hacíamos más arriba: ¿qué relación hay entre las condiciones sociales de producción de las teorías (el proceso) y el contenido de las teorías (el producto)? Pero esta pregunta solo adquiere un sentido diferente si el análisis del contexto de descubrimiento, en suma, puede mostrar que las prácticas en las cuales se produce el conocimiento científico resultan relevantes para la legitimación y fundamentación del mismo.

Los trabajos de los autores mencionados provocaron, a partir de los ’60, una serie de reacomodos no sólo conceptuales, sino también de incumbencias disciplinares. Surgen las llamadas sociologías del conocimiento científico (para diferenciarse de la sociología de la ciencia tradicional) que, inspirándose en una lectura algo exagerada e injustamente relativista de la obra de Kuhn, sostienen como punto fundamental el rechazo de la consideración del conocimiento científico como caja negra y reclaman su apertura al análisis sociológico. Los estudios sociales de la ciencia comienzan a discutir la constitución y, sobre todo, la legitimación de las “verdades” científicas presuponiendo que ello ocurre en las prácticas concretas de la comunidad científica. Se diferenciaban claramente así de la ya mencionada sociología de la ciencia tradicional, de raigambre mertoniana, que había estudiado con gran detalle, precisión y lucidez las reglas que rigen el funcionamiento de la sociedad de científicos, pero que renunció expresamente a que la sociología pueda decir algo acerca de la legitimación de los contenidos cognitivos de la ciencia.

Los nuevos estudios sociológicos consiguieron describir con gran precisión la forma en que las comunidades científicas constituyen sus creencias y toman decisiones epistémicas, señalan la correlación entre las diferentes fases del desarrollo científico y las estructuras sociales asociadas a ellas, y abordan el estudio de la constitución de nuevos campos científicos. Resultó fundamental el strong programme, desarrollado a mediados de los ’70 en la Science Studies Unit de Edimburgo, fundamentalmente a partir de los trabajos de D. Bloor18 y B. Barnes19. Consideraron que el conocimiento científico está determinado socialmente, porque la actividad científica y el conocimiento resultante son productos del trabajo de los individuos en el seno de una comunidad científica, con su propia estructura, organización y relaciones internas; y porque la actividad científica se encuentra profesionalizada, por lo cual los factores macrosociales externos influyen en la forma y el funcionamiento de la comunidad. Rápidamente surgen nuevas líneas de estudio como por ejemplo los programas relativista20 y constructivista21 y los estudios etnometodológicos aplicados a las comunidades científicas. Otra línea de trabajo que ha tenido cierta relevancia hacia el final del siglo XX fue la retórica de la ciencia22 que básicamente sostiene la posibilidad (y la necesidad) de analizar el discurso científico utilizando las categorías del análisis literario y del discurso, bajo el supuesto de que el objetivo primordial del discurso científico es persuadir a los pares.

Puede decirse, en resumen, que el deterioro de las tesis fuertes de la filosofía de la ciencia tradicional produjo un giro que comienza a tener en cuenta al sujeto que la produce, reconociendo que es en las prácticas de la comunidad científica, es decir en el proceso mismo, donde acontece la legitimación, validación y aceptación del conocimiento. Esta necesidad creciente de atender ya no tanto a los aspectos sincrónicos – como la reconstrucción racional de las teorías o la elucidación de los conceptos-, sino también a los aspectos diacrónicos de la práctica científica, posibilitó también una suerte de reacomodamiento de los límites de las incumbencias disciplinares, básicamente en las líneas que teorizaban sobre la ciencia dentro de la sociología, la historia y la antropología. Hubo un gran esfuerzo inicial de la filosofía de la ciencia por desarrollar criterios para esclarecer las diferencias y especificidades de la ciencia, criterios cuyo fracaso parcial se explica, probablemente, por su misma rigidez y exacerbación, resultando así impotentes para explicar qué tiene de común la ciencia con otras prácticas humanas. Como contraparte, los desarrollos posteriores, principalmente de los estudios sociológicos, pero también de la historia y la filosofía, al poner el acento en mostrar en qué se parece la ciencia a otros tipos de prácticas culturales, resultaron impotentes para explicar lo que la ciencia tiene de específico.

La exacerbación de los límites que pone la filosofía de la ciencia tradicional, lleva a posturas cientificistas fuertes para las cuales sólo el saber científico es legítimo y no da cuenta de cómo funciona la ciencia sino que da entidad a una imagen estereotipada de la misma, inexistente en la realidad práctica; por otro lado, la disolución de esos límites estrechos, lleva a ubicar a la ciencia como un saber entre saberes, reflotando posturas románticas, postmodernistas, relativismos e irracionalismos varios. Unos creyeron (y creen, en muchos casos) salvaguardar la neutralidad y objetividad del saber científico sustrayéndolo del medio en el que surge, otros creyeron derrumbar las pretensiones de neutralidad y objetividad diluyéndolo en otras prácticas lingüísticas y juegos de poder. En ambos casos pierden de vista las fructíferas e ineludibles conexiones. En las brillantes palabras de F. Jacob:

El siglo XVII tuvo la sabiduría de considerar la razón como una herramienta necesaria para tratar los asuntos humanos. El Siglo de las Luces y el siglo XIX tuvieron la locura de pensar que no sólo era necesaria, sino suficiente, para resolver todos los problemas. En la actualidad, todavía sería una mayor demostración de locura decidir, como quieren algunos, que con el pretexto de que la razón no es suficiente, tampoco es necesaria.”23

Pero los debates de los últimos 100 no solo han conducido a las aporías mencionadas, sino que también surge un ámbito auspicioso, aunque incipiente. Se trata de las llamadas “filosofías especiales de la ciencia” (principalmente de la física24, de la química25, de la matemática26, de la tecnología27, de la biología28, probablemente esta última la más prometedora). No se trata de capítulos o especializaciones dentro de una filosofía general de la ciencia sino un cambio de estrategia y objeto.

Las filosofías especiales se diferencian de la filosofía de la ciencia tradicional en, al menos cuatro cuestiones. La primera es que aceptan que, si bien existen en las ciencias ciertos compromisos básicos acerca de la racionalidad, el carácter público, la renuncia a explicaciones sobrenaturales y dogmáticas, no habría algo así como un conjunto denominado “la” ciencia (en singular) que pueda subsumir la multiplicidad de prácticas que los científicos llevan adelante, sumamente diversas en casi todos sus aspectos sustanciales. Esto surge, en parte, de reconocer que la filosofía general tradicional de la ciencia no era más que una filosofía de la física o, más aun, una hipóstasis de una representación idealizada y estereotipada de la física que la misma filosofía había construido y que pretendía extrapolar a todas las ciencias. Una vez más el límite era demasiado estrecho. La segunda es que la filosofía deja de ser un auditor externo de la pureza de la ciencia tal como se la concebía a principios del siglo XX o un crítico externo y cultural. En cambio, el trabajo entre el filósofo y el científico (biólogo, físico, u otro) es claramente interdisciplinario, y cada uno de ellos debe, necesariamente, adentrarse en las teorías, los estilos, las prácticas y los métodos del otro. No hay un campo de problemas estrictamente científico del cual se ocupan los filósofos, sino más bien una frontera difusa de problemas y, sobre todo, de perspectivas, en la cual trabajan científicos y filósofos. En tercer lugar, el filósofo ya no hace un uso estratégico de ejemplos científicos para mostrar cómo se cumplen sus tesis a priori acerca de la ciencia, como lo han hecho a lo largo del siglo XX los epistemólogos, sino que debe conocer el campo científico en el cual trabaja para dar cuenta de problemas propios de ese campo. La distinción entre ambos no radica tanto en la índole de los problemas abordados, sino más bien en las herramientas conceptuales y los tipos de análisis de cada uno. Finalmente, en que la filosofía resulta una poderosa herramienta que puede no sólo ayudar a la clarificación de conceptos y modelos explicativos (una vieja aspiración inicial de la filosofía de la ciencia), sino también abordar problemas que surgen de la ciencia pero que no son problemas científicos.

Otras tradiciones, al principio en paralelo y luego en discusión con la que desarrollamos hasta aquí a grandes rasgos (y que, con muchas precauciones, podríamos denominar “naturalista”) también han operado en el sentido de marcar los límites, aunque de un modo diverso. Menciono algunos ejemplos sin la menor aspiración de exhaustividad. Tempranamente hubo reacciones a la visión continuista y reduccionista de la ciencia según el modelo de las ciencias naturales. Autores como Karl Mannheim29, heredero de la tradición marxista, consideraba que el pensamiento depende de la realidad socialmente condicionada, pero aceptaba que esos factores externos no jugaban un papel determinante en las ciencias naturales. En la misma lógica divisoria entre ciencias naturales y sociales, surge una reacción comprensivista, bajo el supuesto de que hay diferencias gnoseológicas, metodológicas y ontológicas. A partir de autores como Droysen, Dilthey, Weber y Collingwood – los que conformaron la tradición alemana de las Geisteswissenschaften (ciencias del espíritu) – el objetivo de las ciencias sociales no será tanto el de explicar –en tanto subsunción de hechos particulares bajo leyes- sino más bien el de comprender. Mientras las ciencias naturales explican lo natural, las ciencias sociales comprenden lo social, es decir desocultan el sentido de algo, dan cuenta de los significados emitidos por el otro. En suma este nuevo establecimiento de límites supone, en primer lugar, la especificidad de lo social, en oposición al reduccionismo naturalista; en segundo lugar un dualismo o pluralismo metodológico y, en tercer lugar, como decíamos, el conocimiento de lo social implica comprensión. La hermenéutica filosófica de H. G. Gadamer30 se ubica en la culminación de la tradición comprensivista que intenta, mediante el giro lingüístico, eliminar los problemas de la empatía psicológica del comprensivismo más clásico.

2. los limites en sentido negativo.

La segunda forma de pensar los límites que he denominado “negativa”, refiere a barreras más allá de las cuales la ciencia no avanza, sea porque no podría, no debería, o no tiene nada que decir. En este sentido pueden pensarse varios tipos distintos de límites que, con frecuencia, se intersecan e interpelan mutuamente.

El fin de la ciencia

El crítico literario y periodista científico J. Horgan31 sostiene que ha llegado el fin de la ciencia porque resta poco por conocer, pero sobre todo porque resultaría tan costoso que las sociedades no estarían dispuestas a brindar su apoyo económico. El físico (nobelmente premiado) S. Weinberg32 por su parte, afirma que nos encontramos en los tramos finales del conocimiento sobre las leyes básicas de la naturaleza que, para él, no son ni más ni menos que las leyes de la física, y que por lo tanto se acerca el fin de la ciencia. Weinberg tiene una concepción reduccionista ingenua de la ciencia y sobre todo de la realidad, y piensa que, en el fondo todo se reduce al estado y las relaciones de las partículas elementales ignorando los múltiples niveles emergentes de organización de la realidad. Gherdjikov33 señala que la ciencia tiene límites y que estos surgen de la forma misma de la ciencia, resultado a su vez de que se trata de una actividad humana y por tal circunscripta a las formas en que los humanos producimos conocimiento.

Es difícil saber por qué cada tanto sale algún libro que anuncia el fin o la muerte de algo: de la filosofía, de la historia, de la modernidad, de la política, del arte, del libro en papel, de la televisión, etc. Quizá sea por oportunismo editorial. Anunciar la muerte o el nacimiento de algo nuevo siempre suele ejercer cierta fascinación y compulsión a comprar. Quizá porque nadie quiere vivir en una época en la cual no ocurre nada extraordinario, se intentan asesinatos y cierres de ciclos fundamentales de la cultura. Quizá porque muchos con un ego más grande que sus méritos quieren pasar a la historia como fundadores de una época.

Como quiera que sea, en primer lugar se trata de visiones estrechas y reduccionistas de las ciencias, que las ven como la suma de las explicaciones conseguidas, sin tener en cuenta la irrupción constante de nuevos problemas, nuevos desafíos intelectuales, nuevas dimensiones de abordaje, nuevas interdisciplinariedades y complejidades y nuevas preguntas. Y, en segundo lugar, la realidad de la experiencia histórica suele mostrar, implacablemente, que “los muertos que vos matáis gozan de buena salud”.

Los limites cognitivos

Quizá una de las cuestiones más inquietantes acerca de los límites de la ciencia se refiera a la pregunta por los límites teóricos, intelectuales, cognitivos, a la existencia de zonas, aspectos o procesos de la realidad que no sea posible conocer. El problema remite nuevamente a la cuestión kantiana pero vista de otro modo, pues ya no se trata de la cosa en sí postulada, metafísica y necesaria para que cierre el sistema, sino de aquello que la especie humana no podría conocer. Aunque se trata de una cuestión fundacional cuya respuesta, además de inalcanzable, o quizás por ello mismo, parece inútil e irrelevante, deriva en determinaciones de un genuino interés filosófico. La cuestión podría subdividirse, al menos, en dos problemas diferentes.

El primer problema, más general, puede formularse como sigue: ¿es posible establecer algún límite a priori para la investigación científica, algún aspecto de la realidad que sea intrínsecamente incognoscible? Queda claro que, y nuevamente volvemos a Kant de otro modo, que se trataría de un límite solo imaginable o pensable pero por definición, no cognoscible.

La segunda pregunta, que va en el mismo sentido, algo más precisa pero diferente de la anterior: ¿existe algún límite producto de que la ciencia que tenemos es una ciencia humana? La ciencia que tenemos no solamente está marcada por su génesis social y cultural, sino por el hecho de que tanto el aparato perceptual como la racionalidad de los humanos es el producto de millones –o al menos cientos de miles- de años de una evolución particular y contingente. De modo tal que nuestra capacidad de relación con el mundo se desarrolla en un rango de posibilidades e intereses amplísimo pero acotado y definido. Aunque, obviamente, ya nadie sigue sosteniendo la cantidad, calidad y clasificación de las categorías kantianas originales, el problema subiste si se acepta la premisa evolutiva. En este sentido puede pensarse, a modo de hipótesis, que seres con racionalidad, producto de una secuencia evolutiva diferente34, y por tanto posiblemente con diferente composición físico química, aparato cognoscitivo e intereses, tendrían una ciencia inconmensurable con la producida por los humanos35. Los límites del conocimiento estarían dados por un conjunto de capacidades y posibilidades que funcionan a priori para los individuos humanos pero que son el resultado de un desarrollo evolutivo particular y único entre muchos otros posibles, es decir un a posteriori evolutivo o filogenético. El hombre es la medida de todas las cosas pero ahora en clave biológica. Las epistemologías naturalizadas y principalmente las evolucionistas, por ejemplo, abrevan en este postulado36.

Los límites éticos

La presencia de la ciencia y la tecnología en la vida cotidiana, en la economía y en el desarrollo, un fenómeno que ha crecido vertiginosamente en las últimas décadas, ha provocado el planteo ineludible de problemas y aun dilemas éticos o de conveniencia. Se parte del supuesto de que no todo lo que es posible realizar desde un punto de vista tecnocientífico, es correcto desde el punto de vista ético o es conveniente con vistas al futuro. La lista es larga, pero entre los principales temas están los que surgen de las prácticas médicas (estudiados desde la bioética) incluida esa área algo más específica que llamamos “neuroética” e, incluso cuestiones más generales relacionadas con las posibilidades (reales o fantásticas, el tiempo lo dirá) de interferir y modelar a los futuros seres humanos merced a los desarrollos de la biología molecular y la ingeniería genética. Pero además, y aunque puedan esgrimirse también cuestiones éticas (con relación a las futuras generaciones, por ejemplo) aparece otro grupo de temas cuyos límites pueden también sostenerse invocando cuestiones de costo/beneficio o de conveniencia a futuro: el carácter generalmente contaminante de buena parte de la producción industrial en algunas zonas del planeta a través de prácticas que en otras zonas están prohibidas; la calidad de los alimentos producidos merced a los nuevos procedimientos tecnológicos como por ejemplo los transgénicos; los riesgos de ciertas formas de producir energía como por ejemplo la energía nuclear.

El mapa de las discusiones es muy variado. Acerca de las cuestiones tecnológicas y ambientales, los sectores más radicalmente cientificistas, tecnocráticos o directamente con intereses económicos en la cuestión suelen lamentar que los frenos éticos y/o políticos “retrasen” el desarrollo tecnocientífico. Del otro lado, los sectores ecologistas (y los dogmáticamente ecologicistas) intentan levantar barreras de principios éticos o meramente reparos utilitaristas o instrumentales. En el caso de las discusiones acerca de las tecnologías médicas no solo intervienen sectores permisivos o interesados sino también sectores más conservadores, generalmente confesionales, y también progresistas y liberales no religiosos. Más allá de los diferentes puntos de vista, en casi todos los casos, no se trata de límites que se correspondan con una descripción de la tarea científica, sino más bien de límites normativos o de consenso.

Los límites de incumbencia

Los inéditos desarrollos y los éxitos de la ciencia y la tecnología en los últimos dos siglos (Ilustración y positivismos mediante) llevaron a no reconocer los límites de incumbencia y a alimentar la creencia de que, poco a poco, la ciencia daría explicaciones satisfactorias para todos los aspectos de la realidad natural y social. La primera “locura” que señalaba Jacob en el párrafo reproducido un poco más arriba. Las fantasías tecnocráticas del movimiento eugenésico de primera mitad del siglo XX con respecto a implementar tecnologías sociales y biomédicas para el mejoramiento de la especie humana a través de una selección biológica artificial, que suplantara a una selección natural insuficiente o disminuida, es quizá el ejemplo más brutal y planetario y del cual la versión nazi fue tan solo una parte. Hoy las fantasías tecnocráticas de la mejora pasan por las promesas (muchas de ellas seguramente incumplibles) de la biología molecular y la ingeniería genética y las fantasías farmacológicas que prometen felicidad fácil y rápida. La utopía cientificista según la cual a más ciencia menos religión, va en esa línea. Sin embargo, probablemente, los problemas centrales y más angustiantes de la especie humana no tienen ni tendrán respuesta definitiva en las ciencias y la tecnología.

Los límites técnico/prácticos

Es innegable que en algunas áreas de la investigación (básicamente en sectores de las ciencias naturales) hay una creciente necesidad de desarrollos tecnológicos cada vez más complejos para permitir el acceso a dimensiones o aspectos aún inalcanzables o de mayor precisión. Al mismo tiempo, ese límite tecnológico no solo es un problema técnico en sentido estricto sino que al estar en juego un aumento geométrico de costos se transforma en un problema económico y, al mismo tiempo, en un problema político en la medida en que los Estados deben financiar esas investigaciones. Las investigaciones espaciales, el programa de búsqueda de vida extraterrestre (SETI por su nombre en inglés) y en física de partículas son casos típicos.

Está claro que se trata de límites diversos: mientras que, por un lado, acerca de las cuestiones tecnológicas resulta previsible que haya desarrollos nuevos y más potentes y precisos, aunque es muy difícil pronosticar hacia el futuro cuáles serán las capacidades a que se llegará, por otro lado, las cuestiones económicas y, sobre todo las políticas, responden a lógicas completamente distintas. Las tragicómicas puestas en escena de la NASA de los últimos tiempos para forzar un clima propicio a aumentos de presupuesto son ejemplos notables de estos problemas. Las ideologías cientificistas y tecnocráticas tienden a ver las cuestiones tecnológicas como limitaciones solo circunstanciales y transitorias y a las económicas y políticas como el resultado de la incomprensión de las sociedades.

Las fronteras de la ciencia

Una expresión muy usada para referirse a los últimos descubrimientos o a los trabajos de un minúsculo grupo de investigadores que desarrolla novedosas líneas de investigación en cualquier disciplina de las ciencias naturales es “fronteras de la ciencia”. La metáfora, como siempre, ilumina sobre algunas cuestiones pero esconde e implica otras. La frontera indica el límite máximo al que se ha llegado hasta el momento, al que ningún otro ha llegado. Pero al mismo tiempo es una falsa frontera, una frontera movible, que siempre se va corriendo como en una campaña imperial de la ciencia por conquistar la totalidad. Para algunos un corrimiento que nunca tendrá fin, una frontera que llegará a confundirse con la totalidad del territorio si se espera lo suficiente. Mientras tanto no es una frontera que separa campos similares de un lado y de otro, sino que del otro lado está lo desconocido siempre acechado por la mirada del científico que se asoma por encima de la barricada fronteriza.

Los límites de la comunicación pública de la ciencia (CPCT)

La Comunicación Pública de la Ciencia y la Tecnología37 (en adelante CPCT) tiene algunos límites fundamentales. El primero es que se encuentra en una encrucijada fundacional porque se trata de una tarea insoslayable a la que las sociedades modernas no pueden renunciar pero, al mismo tiempo, es una tarea imposible si lo que se intenta es transmitir contenidos de la ciencia a un público no iniciado. La ciencia, en sí misma, es, cada vez más, asunto de especialistas y comprender aun algunos contenidos elementales requiere de cierta formación, mucho más si se trata de avanzar sobre aspectos más intrincados. De este límite fundacional derivan otros dos. El primero, es que el mecanismo elegido para subsanar el problema de la intraducibilidad del lenguaje de la ciencia a un lenguaje lego (que de eso se trata), fue diseñar estrategias comunicativas, didácticas e incluso escenográficas y teatrales a través de un lenguaje accesible. La calidad y el grado de éxito de estos modos de hacer CPCT, obviamente, han sido sumamente variados. Sin embargo, esto es solo una parte del problema, quizá la menos importante. A mi juicio, y este es otro tipo de límites que la CPCT hasta ahora y salvo excepciones no ha podido sobrepasar, se trata de un problema de agenda: es más importante para la población “hablar sobre ciencia”, sus consecuencias sociales, sus aspectos ideológicos, y una prospectiva seria en un marco crítico que transmitir una catarata de noticias científicas en una suerte de festival de descubrimientos e inventos, que al lector no especialista le resultan poco menos que irrelevantes. Y una de las consecuencias más ostensibles de este modo de hacer CPCT, tan ligado al mundo del espectáculo audiovisual o al impacto periodístico, es una banalización de la ciencia.

Aquí debe hacerse una salvedad: el campo de la CPCT es amplio y, sobre todo muy variado y heterogéneo y es posible encontrar una serie de producciones audiovisuales de gran calidad, y a los grandes maestros y referentes (como S. J. Gould, K. Sagan, P. Davies, J. Wagensberg por citar solo algunos pocos) aunque el impacto público suele ser muy bajo. En paralelo, y a esto refiere la crítica esbozada aquí, se agrega una avalancha de programas de TV sobre ciencia y tecnología y un estilo muy particular de hacer periodismo científico en grandes medios gráficos (en adelante PCGM) que invierten la relación calidad-impacto y se puede sospechar que generan y refuerzan, en el público, imágenes y representaciones estereotipadas, ingenuas, y falsas de la ciencia.

Algo no anda bien en el PCGM38 cuando proliferan artículos en los que se habla de infidelidad genética a partir de estudios en ratones, del “gen gay”, del gen de la inteligencia, de la ideología, del amor a los hijos, de la fidelidad y otros; cuando se opera una antropomorfización burda de la conducta animal o una zoologización determinista no menos burda de la conducta humana; cuando se usan metáforas equívocas, se cometen groseros desvíos ideológicos o se fogonean fantasías tecnocráticas. No hay que olvidar tampoco que el PCGM funciona en medio de una paradoja insalvable, consistente en que la lógica científica (tiempos, secuencias, criterios de legitimidad, rituales académicos de validación, etc.) no coincide con la lógica periodística. En efecto, los tiempos de elaboración, la necesidad de espectacularidad y de tener todo el tiempo noticias nuevas y la escasez de mecanismos de control académico, no tienen nunca, o casi nunca, un correlato con el funcionamiento de la ciencia. Probablemente por ello, suele ocurrir que haya desacoples groseros entre el título de la nota y el contenido, no sólo en el sentido opinable de cuál sea el mejor título, sino, lisa y llanamente, porque en la nota se dice lo contrario o algo muy diferente de lo que promete el título. El PCGM parece necesitar revoluciones científicas semanales o, a lo sumo, quincenales (para beneplácito de quienes creen que hay orden y armonía en el mundo, en general esto coincide con la periodicidad del medio), pero el trabajo de los científicos suele ser mucho más monótono y menos espectacular. Asimismo, buena parte del PCGM responde a la necesidad de sectores de la comunidad científica, necesitados de golpes de efecto mediático, sea por cuestiones meramente narcisistas, sea para conseguir y/o justificar la utilización de fondos públicos, sea para tener incidencia en decisiones políticas. Otra cuestión, no menor, es la altísima permeabilidad de los medios masivos al lobby de empresas o sectores. Por ejemplo operaciones de prensa destinadas a la venta masiva de productos no necesarios, o a bajar los estándares de los protocolos de medicación; a mejorar la imagen de empresas que producen residuos contaminantes, etc.

En los últimos tiempos la CPCT también ha producido un enorme número de programas de TV que, con la loable intención de acercar la ciencia al gran público, operan una banalización de la ciencia según algunos principios comunes. El primero es “la ciencia está en todos lados”: esta idea fundamenta, por ejemplo, programas de TV en los cuales se explica por qué un huevo flota (o se hunde) o por qué las verduras cambian de color bajo el supuesto de que la ciencia está, también, en la cocina. Hace un tiempo se publicó un artículo periodístico en el que se afirmaba que la “muerte es científica” porque la desaparición de seres vivos a través de la muerte forma parte del entramado evolutivo y del equilibrio natural, por eso “los individuos deben desaparecer para hacer lugar39”. Pues bien, la expresión “la ciencia está en todos lados” es falsa y burda. Que uno tenga teorías para explicar eventos que pasan en la cocina (o donde sea) no implica de ningún modo que la ciencia esté allí en la cocina (o donde sea). Que se tenga cierta comprensión sobre cómo funciona la biología, y sobre la forma en que se establecen ciertos equilibrios transitorios en el mundo viviente, no implica que en la muerte haya algo de científico. La ciencia aparece cuando y donde hay científicos que la hacen, no hay ciencia en todos lados.

El segundo principio es variable en su concreción pero, con el objetivo de quitarle solemnidad a la ciencia, es decir cambiar una imagen ciertamente extendida pero más cinematográfica y estereotipada que real sobre un supuesto “ser” de los científicos, se suele caer en una contracara burda con personajes grotescos y payasescos.

La tercera idea que sobrevuela los programas de CPCT es que la ciencia es (o debe ser) divertida. Hasta se ha escuchado a algunos funcionarios repetir esta afirmación. Y no se trata de denunciar las desventuras y penurias coyunturales que los científicos soportan en su trabajo diario, al menos en muchos países, sino de cuestiones más profundas. La ciencia puede ser de muchas maneras, pero difícilmente uno pueda usar como primera caracterización el adjetivo “divertida”. Esa amenización de la ciencia suele llevar a la trivialización, la frivolidad, la superficialidad, y a distorsiones ideológicas40.

Otro aspecto de la banalización de la ciencia surge de la idea de que los niños nacen científicos, que pueden hacer ciencia, o que la ciencia puede estar al alcance de los niños41. Obviamente no se trata de criticar la enseñanza de ciencia a los niños, ni siquiera esos divertidos pasatiempos y exposiciones sobre algún proceso sorprendente. Pero la ciencia es el resultado, institucional, intelectual y político, de haber transitado largos caminos de formación, aprendizaje y trabajo y se realiza a través de circuitos institucionales complejos. La ciencia es cosa de grandes. Si la idea surge de la analogía de comparar la curiosidad de los niños con la, supuesta, curiosidad de los científicos, es superficial y trivial.

Hasta aquí se ha intentado esbozar un mapa de los problemas involucrados en la noción de límite de la ciencia; seguramente algunos problemas han quedado fuera del análisis. Pero, al menos dos cuestiones han quedado suficientemente claras: en primer lugar la gran cantidad de problemas y matices que involucra la expresión “límites de la ciencia” y, en segundo lugar, que en algunos casos se trata de problemas mal formulados y que resulta más fructífero discutir acerca de las intersecciones y solapamientos.



Fecha de recepción: 30 de marzo de 2016

Fecha de aprobación: 8 de abril de 2016

Dr. Héctor A. Palma

Héctor A. Palma es profesor en Filosofía (Universidad de Buenos Aires), Magister en Ciencia, Tecnología y Sociedad (Universidad Nacional de Quilmes) y Doctor en Ciencias Sociales y Humanidades (Universidad Nacional de Quilmes). Se dedica a temas de historia y filosofía de la biología, principalmente evolucionismo, darwinismo y sus derivaciones sociopolíticas; también trabaja la cuestión de las metáforas y modelos en ciencia. Actualmente es Profesor Titular regular de Filosofía de la Ciencia e investigador del Centro de Estudios de Historia de la Ciencia y la Tecnología ‘J. Babini’ en la Universidad Nacional de San Martín (Argentina)

Citar:

PALMA, Héctor A., “Cartografía de las Ciencias: límites, interacciones y conexiones”, en Revista Observaciones Filosóficas Nº 21 – 2015 – 2016 - ISSN 0718-3712



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1 

Véase el indispensable libro de Rescher acerca de los límites de la ciencia: Rescher, N., The Limits of Science, Londres y California, University of California Press, 1984 (Hay versión en castellano).

2 

No me referiré en este texto al concepto de “límite” en matemática.

3 

Véase Kolakowsky, L., Die Philosophie des Positivismus, Warszawa, PanstwoweWydawnictwo Naukowe, 1966. Hay versión en castellano.

4 

La originalidad de los empiristas lógicos probablemente radica -como señala Ayer (1959)- en que hacen depender la imposibilidad de la metafísica no en la naturaleza de lo que se puede conocer, sino en la naturaleza de lo que se puede decir.

5

Esta distinción, que luego se transformó en un tópico de la epistemología fue señalada inicialmente por el astrónomo John Herschel, en Preliminary Discourse on Natural Philosophy, pero la popularizó Reichenbach (Reichenbach, H., Experience and prediction, Chicago, University of Chicago Press, 1938).

6 

La sociología de la ciencia tradicional va en esa línea. Véase: Merton, R., The Sociology of Science, Nueva York, Free Press, 1973 (Hay versión en castellano).


7 

Véase: Ayer, A. (comp.), Logical Positivism, Glencoe, The Free Press, 1959 (Hay versión en castellano).

8 

Para una nueva visión de las derivaciones del empirismo lógico véase: Reisch, G., How the Cold War transformed Philosophy of Science. To the Icy Slopes of Logic, Universidad de Cambridge, Nueva York, 2005 (Hay versión en castellano).

9 

Fleck, L. Entstehung und Entwicklung einer wissenchaftlichen Tatsache, Benno Schwabe, Basilea, 1935 (Hay versión en castellano).

10 

Burtt, E., The Metaphysical Foundations of Physical Science, N.Y., Harcourt, Brace and Co, 1925 (Hay versión en castellano).

11 

Popper, K., The Logic of Scientific Discovery, Londres, Hutchinson (revisada de 1958 del original alemán de 1935) (Hay versión en castellano).Popper, K., Objective Knowledge, Oxford, Clarendon, 1970 (Hay versión en castellano).

12

Lakatos, I. y Musgrave, A., (edit.), Criticism and the Growth of Knowledge, Cambridge, Cambridge University Press, 1970 (Hay versión en castellano).

13

Quine, W., World and Object, Cambridge, MIT Press, 1960 (Hay versión en castellano). Quine, W., Ontological Relativity and the Other Essays, Nueva York, Columbia Universirty Press, 1969 (Hay versión en castellano).


14

Hanson, N. R., Patterns of Discovery, Cambridge, Cambridge University Press, 1958.

15 

Toulmin, S., Foresight and understanding, Nueva York, Harper Torchbooks, 1961. Toulmin, S., Human Understanding, Princeton, Princeton University Press, 1970 (Hay versión en castellano).

16

Feyerabend, P., Against Method: Outline of an Anarchistic Theory of Knowledge, Minnesota Studies in the Philosophy of Science, 1970, vol. IV (Hay versión en castellano).

17

Kuhn, T., The Structure of Scientific Revolutions, Chicago, University of Chicago Press (primera edición de 1962, segunda edición de 1970 incluyendo el Postscriptum) (Hay versión en castellano).

18

Bloor, D., Knowledge and Social Imaginary, David Bloor, 1971 (Hay versión en castellano).

19 Barnes, B., About Science, Oxford, Bsil Blackwell, 1985 (Hay versión en castellano).

20

 Véase, por ejemplo: Collins, H. M., “The TEA set: tacit knowledge and scientific networks”, Science Studies, 1974, Vol. 4, pp. 165-185.

Collins, H.M., “The sociology of scientific knowledge: studies of contemporary science”, Annual Review of Sociology, 1983, Vol. 9, pp. 265-285.

Pinch, T., “Theoreticians and the production of experimental anomaly”, en Knorr Cetina, Krohn & Whitley (eds.) (1981).

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Pickering, A., Constructing quarks, Edinburgh, University of Edinburgh Press, 1984.

Pinch, T., “Theoreticians and the production of experimental anomaly”, en Knorr Cetina, Krohn & Whitley (eds.) (1981).

Harvey, B., “The effects of social context of the process of scientific investigation: Experimental test of quantum mechanics, en Knorr Cetina, Krohn & Whitley (eds.) (1981).

21

 Véase, por ejemplo: Latour, B. y Woolgar, S., Laboratory Life: the Social Construction of Scientific Facts, Hollywood, Sage, 1979 (Hay versión en castellano).

Latour, B., Science in Action, Cambridge, Harvard University Press, 1987 (Hay versión en castellano).

Woolgar, S., Science: the Very Idea, Londres, Tavistock, 1988 (Hay versión en castellano).


22

 Véase, por ejemplo: Locke, D., Science as Writing, Yale University, 1992 (Hay versión en castellano).

De Coorebyter, V. (ed), Rhetoriques de la Science, París, PUF, 1994.

Bauer, H.H., Scientific Literacy and the Myth of Scientific Method. Urbana, U. Illinois Press, 1992.


23 

Jacob, F., El juego de lo posible, Barcelona, Grijalbo, 1997, p. 132.

24

 Sobre filosofía de la física, véase, por ejemplo: Bunge, M. (1978), Filosofía de la física. Buenos Aires, Editorial Ariel, 1978

25

Véase, por ejemplo: Baird, D; Scerri, E. y McIntyre, L. (eds.),Filosofía de la química. Síntesis de una nueva disciplina, México, Fondo de Cultura Económica, México, 2011.

26 

Véase, por ejemplo: Lakatos, I., Proof and refutations, The Logical of Mathematical Discovery, Cambridge University Press, 1976. Hay versión en castellano

27

 Véase, por ejemplo: Mitcham, C., ¿Qué es la filosofía de la tecnología?, Barcelona, Anthropos, 1989.

28

Véase, por ejemplo: Ruse, M., The Philosophy of Biology, Londres, Hutchinson and Co., 1973. Hay versión en castellano.

Sober, E., Philosophy of Biology, Westview Press, 1993. Hay versión en castellano.

Mayr, E., What makes Biology Unique? Considerations on the Autonomy of a Scientific Discipline, Cambridge, Cambridge University Press, 2004. Hay versión en castellano.

Rosenberg, A. y McShea, D., Philosophy of Biology. A contemporary introduction, Nueva York, Routledge, 2008.

29

 Mannheim, K., Essays on the sociology of knowledge, Londres, Routledge and Keagan Paul, 1952.


30

Gadamer, H.-G., Wahrheit und Methode. Grundzüge einer philosophischen Hermeneutik, Gesammelte Werke, Vol. 1. Tübingen: Mohr, 1986 (Hay versión en castellano).

31 

Horgan, J., End of Science: Facing the Limits of Science in the Twilight of the Scientific Age, New York: Broadway Books, 1996.

32

 Weinberg, S., Dreams of e Final Theory, New Cork, Vintage Books, 1992.

33

 Gherdjikov, S., Limits of Science. Sofia, Extreme Press, 1995.


34

Si es que la teoría de la evolución, en lo fundamental, resulta acertada.

35

Rescher (op. cit.) desarrolla la idea de una hipotética ciencia extraterrestre.

36

Véase, por ejemplo: Bradie, M., “Epistemology from an Evolutionary point of view” en Sober, E., (Edit.) Conceptual issues in evolutionary biology, MIT press; Cambridge, Massachusetts, 1994.

Radnitzky y Bartley (edit.) Evolutionary epistemology: theroy of rationality and the sociology of knowledge, Illinois, La Salle, 1997.

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Vollmer, G., (1975) Evolutionaire Erkenntnistheorie, Frankfurt, S. Hirzel


37

Se trata de una denominación más apropiada que “divulgación científica”, alfabetización científica” o “popularización de la ciencia”.

38 

Para una crítica al PCGM véase: Palma, H., Infidelidad genética y hormigas corruptas. Una crítica al periodismo científico, Buenos Aires, Teseo, 2012

39 

Golombek, D. (2013), “La muerte, esa científica”, Buenos Aires, Diario La Nación (30/6/2013).

40 

Véase: Wolovelsky, E. (edit.), El siglo ausente, Ediciones del Zorzal, Buenos Aires, 2008.

41

URL <http://www.youtube.com/watch?v=qItH9QL1RXE>




Revista Observaciones Filosóficas - Nº 22 / 2016




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