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Revista Observaciones Filosóficas


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art of articleart of articleMetahistoria, discurso narrativo y representación histórica en Hayden White

Dr. Herminio Núñez Villavicencio y Dra. Marcela Mungaray Lagarda - Universidad Autónoma del Estado de México
Revista Observaciones Filosóficas - Nº 15 / 2012 - 2013
Resumen
El problema para la teoría histórica consiste en saber si la narrativa es solamente una forma discursiva aséptica, neutra, que puede o no ser útil en la representación de los acontecimientos reales  o, en cambio, es una forma discursiva que supone una determinada postura, principalmente epistemológica y ontológica que explica la actitud política.
En esta perspectiva los relatos representan la realidad, revelan su significado, considerando el peso que tienen los medios de comunicación en nuestros días, esto puede explicar el auge que ha tenido el estudio de la narración, la autoridad epistemológica que se le ha concedido, su función cultural y su significación social en general.
Hayden White, propone un análisis de la estructura profunda de la obra histórica y argumenta a favor de la insostenibilidad de la distinción entre el relato histórico y el relato de ficción. A lo largo de sus escritos nos acompaña a la idea de que el historiador no puede ser ajeno a sus lectores preocupados por su presente en el que es de gran importancia el pasado.

Metahistory, narrative discourse and historical representation in Hayden White

Abstract
The problem for historical theory is whether the narrative is only a discursive aseptic neutral, which may or may not be useful in the representation of real events or, instead, is a form of discourse that assumes a given position mainly epistemological and ontological explaining the political attitude.
In this perspective the stories represent reality, reveal their meaning, considering the weight that the media today, this may explain the rise that has taken the study of narrative, epistemological authority was granted, its cultural function and social significance in general.
Hayden White, proposes an analysis of the deep structure of the historical work and argues for the unsustainability of the distinction between historical narrative and fictional narrative. Throughout his writings accompanies the idea that the historian cannot ignore your readers concerned about their present in which great importance is the past.

Palabras clave
Narrativa, discurso, representación, historia.

Keywords
Narrative, discourse, representation, history.

Discurso narrativo y representación histórica
Introducción

La necesidad de investigar la cuestión aquí planteada surgió hace algunos años, cuando en nuestro país, en el inicio de la alternancia de partidos políticos en el poder, veíamos que se cambiaba nombre a calles, plazas y otros elementos de la conformación urbana; también nos llamaba la atención constatar que con celo se buscaba otorgar mayor o menor relieve a personajes del pasado o redimensionar hechos importantes en el ayer de la nación. Estábamos acostumbrados a que en el trayecto educativo habíamos recibido acríticamente una visión del pasado y que en muy raras ocasiones se nos ocurría cuestionarla; entonces, la novedad de ver el cambio de estatuas en los lugares públicos, la publicación de títulos como La visión de los vencidos y hasta cambios en el lábaro patrio, progresivamente y a veces de manera imperceptible acrecentaba nuestra curiosidad y sembraba el germen de la duda. El mundo cambia, y también nuestra manera de verlo. La visión casi monolítica del pasado se desintegraba en varios puntos de vista. Con el desarrollo de los estudios caímos en la cuenta de que investigar la relación entre narración y representación histórica podía ofrecer alguna respuesta, una aclaración a nuestros desasosiegos.

En efecto, un problema para la teoría histórica consiste en saber si la narrativa es solamente una forma discursiva aséptica, neutra, que puede o no ser útil en la representación de los acontecimientos reales (procesos) o, en cambio, es una forma discursiva que supone una determinada postura, principalmente epistemológica y ontológica que explica la actitud política.

En la historiografía tradicional se ha sostenido de manera firme que la historia consiste en un agregado de relatos de lo que se ha vivido tanto por individuos como por colectividades, y que el trabajo del historiador no consiste en otra cosa sino en reunir y poner de manifiesto estos relatos, reescribirlos en una narración que sería verdadera si corresponde con lo que manifiestan los relatos de lo vivido por personas reales en el pasado. Esta visión tradicional basada en la presunción de una diferencia ontológica entre sus respectivos referentes, reales para la historia, imaginarios para la literatura, es objetada por semiólogos, post-estructuralistas y otros que desdibujan la distinción entre discursos realistas y ficcionales. Lo que de estas tendencias obliga a pensar es su afirmación de que la narración resulta ser un sistema particularmente efectivo en la producción de significados discursivos, mediante el cual se puede inducir a las personas a vivir una relación característicamente imaginaria con sus condiciones de vida reales; puede tratarse sólo de una relación feble, poco real, pero que en fin de cuentas responde a lo requerido en las formaciones sociales en que las personas despliegan su vida y cumplen su papel como sujetos sociales.

Este modo de entender el discurso narrativo permite explicar su universalidad, pero sólo como hecho cultural, y también puede permitirnos entender el constante interés que observamos en las sociedades por tener bajo control la visión del pasado, el contenido de sus mitos y la magnificencia de sus héroes; permite también asegurar la creencia de que la propia realidad social puede vivirse y comprenderse de forma realista como relato. En esta perspectiva los relatos representan la realidad, revelan su significado (habría que considerar el peso que tienen los medios de comunicación en nuestros días). Esto explica también el auge que ha tenido el estudio de la narración, la autoridad epistemológica que se le ha concedido, su función cultural y su significación social en general. En esta línea de pensamiento destaca el historiador de las ideas y filósofo de la historia Hayden White, quien se propone un análisis de la estructura profunda de la obra histórica y argumenta a favor de la insostenibilidad de la distinción tradicional entre relato histórico y relato de ficción. Como perspectiva teórica importante, la consideraremos de manera general en estas páginas y como parte de un trabajo de mayor amplitud sobre narración y representación histórica.

Una cuestión antigua

En nuestra lengua el término historia, observa Hegel, une el lado objetivo con el subjetivo… Comprende no sólo lo que ha sucedido sino también la narración de lo que ha sucedido. Pero también nuestra cotidiana forma de hablar confirma la observación de Hegel, el término historia nos hace enfocarnos en lo que ha sucedido, pero al mismo tiempo hablamos de libros de historia, y con ello, de la manera en que lo sucedido ha sido registrado; así, podemos referirnos a tal autor de la historia de una nación, a un escritor que nos narra determinados eventos o épocas de la historia.

En su clasificación de tipos de conocimiento, Francis Bacon hace la distinción entre historia natural y otros conocimientos que tienen que ver con las cosas humanas (historia civil, eclesiástica, literaria…). Desde Bacon, conocemos la historia natural en trabajos que ordinariamente son clasificados como científicos; en este ordenamiento podemos mencionar El origen de las especies de C. Darwin, De la naturaleza de las cosas de Lucrecio o el Timeo de Platón. Pero los renombrados libros que consideramos de Historia tratan del hombre y de la sociedad, no de la naturaleza o del universo.

En su original raíz griega la palabra “historia” significa averiguación1, e implica el acto de juzgar evidencias con el fin de separar hechos reales de lo que se considera ficción. En el mundo griego ya se distinguía al historiador del poeta y del escritor de mitos o leyendas. En ese entonces se aceptaba que los historiadores también decían historias, pero se limitaban a decirlas basándose en hechos confirmados por la averiguación. Así, Herodoto es llamado “padre de la historia” por haber dado origen a un estilo de escribir que difiere de la literatura porque trata de ganarse la confianza del lector no mediante la plausibilidad de su narración, sino más bien facilitándole indicación de sus fuentes de información y mostrándole la fiabilidad de la evidencia en que se apoya su narración. Se sabe que en sus juicios Herodoto hacía un esfuerzo explícito en separar las evidencias y que con frecuencia sometía testimonios en conflicto al juicio del lector2. No obstante, el oficio de historiador ha sido algo controvertido por varios motivos, algunos de los cuales siguen ocupando la atención de gran número de estudiosos. Así, dado que es un oficio tanto de investigador como también de narrador, el historiador en un aspecto se compara con el científico, en otro, con el poeta. El carácter especial de la historia como tipo de conocimiento parece claro por su objeto –se ocupa de eventos singulares del pasado-; en este objetivo se distingue de la ciencia, porque el científico no se interesa propiamente de lo que ha sucedido, sino de la naturaleza de las cosas; los hechos particulares le sirven como evidencias, pero sus conclusiones van más allá de la declaración de hechos particulares hacia generalizaciones sobre por qué las cosas son o suceden en algún tiempo y lugar. En contraste con el trabajo del científico, la investigación del historiador inicia y termina con lo particular.

Una diferencia entre historia y ciencia fue formulada en la exposición de Aristóteles sobre la poesía, en la que considera a esta última más filosófica que la historia, porque tiende a expresar lo universal, en cambio la historia nos habla de lo particular. Para Aristóteles, además, el poeta combate con las armas de la verosimilitud, mientras que el historiador lo hace con la verdad. El primero dice lo que podría suceder, y lo que es posible según lo que es verosímil o necesario3. La historia se ocupa de lo que ha sucedido, mientras que la poesía, como la filosofía, se ocupa de lo que es o puede ser.

Hay algo más, a diferencia de la poesía, la historia y la ciencia son semejantes en cuanto ambas tratan de probar lo que dicen. Pero a diferencia de la ciencia y la filosofía, la historia se parece a la poesía, especialmente por ser narrativa parte de su producción, por ejemplo, las grandes narraciones que ofrece sobre lo que ha acontecido. El historiador y el poeta dicen historias. Pero los historiadores son conscientes de la dificultad de combinar el decir la verdad (truth telling) con el decir una historia (story telling) y este problema se acentuó en el siglo XX, principalmente en su segunda parte en la que no sólo en los estudios históricos sino también en trabajos de otras disciplinas y en las artes se verificó una especie de reacción ante las supuestas verdades de la modernidad. En este trabajo haremos sólo algunas consideraciones sobre la cuestión del discurso narrativo y la representación histórica que nos permitan continuar su exploración en diferentes campos: histórico, literario, filosófico…

Primeros planteamientos de Hayden White

En 1973, en momentos de auge de insumisiones a “lo establecido” y que se expresaron en manifestaciones como el deconstruccionismo, la posmodernidad y otras en el ámbito académico, Hayden White publicó su libro Metahistoria. La imaginación histórica en la Europa del siglo XIX4 en el que realiza un análisis de las principales formas en que se tenía conciencia del pasado en el siglo XIX. Esto lo realiza tomando en consideración a sus más reconocidos exponentes en el campo de la historia: Michelet, Ranke, Tocqueville y Burckhardt; y a Hegel, Marx, Nietzsche y Croce entre los filósofos de la historia. En su libro trasluce el deseo de conformar una visión teórica, sistemática y de largo alcance de los mecanismos poéticos que determinan la producción de relatos históricos que, en definitiva, resultan ser los mismos que determinan los relatos de ficción. El interés perseguido en Metahistoria es precisamente el de establecer e identificar los elementos poéticos de la historiografía y de la filosofía de la historia, lo que busca lograr mediante la distinción de dos niveles que se imbrican y entrelazan en la obra histórica, por un lado el de las llamadas dimensiones manifiestas, que permiten una clasificación de la producción histórica en escuelas y corrientes; por el otro, un nivel más profundo, más interesado, en el cual el escritor selecciona estrategias conceptuales, lingüísticas y estructurales mediante las cuales explica o representa sus datos. Este proceso pre-crítico nos ubica en el centro de lo que White denomina la poética de la historia, que contrasta con la visión historiográfica tradicional.

Desde Metahistoria notamos en los escritos de este autor una constante que se manifiesta de diferentes maneras, tiene un hilo conductor que consiste en recordarnos que nuestra vinculación con el pasado es, a diferencia de lo que se sostiene en otras concepciones de la historia, en su base última, algo emotivo. Por ello la dimensión poético-expresiva del escrito histórico no sólo se presenta como inexpugnable, sino también como determinante de todas las demás. De manera que las diferencias interpretativas –como las que hemos mencionado al inicio de este escrito- irreconciliables entre relatos históricos en competencia acerca de los mismos acontecimientos, responden a diferencias en las valoraciones que los motivan. Y sabemos que los conflictos valorativos no pueden dirimirse a través de la sola apelación a la evidencia.

El planteamiento de White tiene alguna coincidencia con planteamientos de sus contemporáneos5, por una parte nos hace recordar Conocimiento e interés de J. Habermas, en el que el objetivo que se propone es reconstruir la prehistoria del positivismo moderno mediante el propósito de analizar sistemáticamente las conexiones entre conocimiento e interés. En esta investigación Habermas no encuentra lugar para el discurso aséptico. Y si este fuera posible en el estudio de los acontecimientos del pasado, entonces no sería necesario discutir sobre la conformidad o no de lo que se narra con los acontecimientos. Por el contrario, lo que señala también White es que la conformidad o no conformidad se relaciona con nuestros intereses, deseos, compromisos y temores, y esto es lo que provoca nuestra adhesión a uno u otro relato en conflicto. También y por otros motivos nos hace recordar la producción de otros pensadores como Michel Foucault. A fin de cuentas, podemos decir que un discurso desinteresado y desafectado, por el mismo hecho de ser así, no deja de ser un tipo de figuración entre otros.

Lo que el autor acentúa en Metahistoria es la relación entre literatura y representación histórica, opina que la moderna teoría literaria nos ofrece el modo adecuado de enfrentar esta cuestión. Su llamada teoría de los tropos, expuesta en su estudio introductorio a Metahistoria, motivó interrogantes sobre la relación que White tiende o rechaza con otras posturas sobre el estatus cognitivo del relato histórico. En el estudio de la obra de cuatro historiadores y cuatro filósofos del siglo XIX White deja al descubierto un nivel pre-conceptual, de carácter extrínsecamente estético o figurativo que es determinante del nivel conceptual explícito, deja en claro que tanto los compromisos explícitos de carácter teórico-epistemológico y político-moral como las elecciones entre diferentes técnicas narrativas para tramar los acontecimientos se correlacionan, en la obra de estos grandes autores, con algún tropo discursivo implícito y determinante. De modo que tanto las historias como las filosofías de la historia combinan cierta cantidad de “datos”, así como también conceptos teóricos para dar una explicación de esos datos, y dan forma a una narrativa para presentarlos como la representación de conjuntos de acontecimientos que supuestamente ocurrieron en tiempos pasados. White sostiene que la obra histórica tiene un contenido estructural profundo que es en general de naturaleza poética y lingüística y que sirve como paradigma pre-críticamente aceptado de lo que debe ser una interpretación de tipo “histórico”. Este es el elemento “metahistórico” que condiciona todo procedimiento ulterior en el discurso histórico y que lo relaciona con lo poético y emotivo.

La teoría tropológica de White resulta de un enfoque formalista de la obra histórica que es considerada como un artefacto verbal. White justifica su punto de partida por el carácter esencialmente opaco de la discursividad, opacidad que se manifiesta en la incapacidad del discurso de permitirnos expresar lo que efectivamente queremos cuando se trata de comprender áreas como la de lo humano, lo social o lo cultural. En este tipo de dominios, dice White, existen siempre fundamentos legítimos para la diferencia de opinión. Y es el inevitable pluralismo interpretativo y la finitud de nuestro conocimiento lo que lleva a White a indagar en los aspectos propios del discurso que enrarecen la realidad a la que pretende describir, y dice que las diferencias primordiales entre relatos históricos rivales no residen ni en haber seleccionado diferentes hechos, ni en haber adoptado diferentes concepciones metodológicas o epistemológicas, ni siquiera en sostener diferentes compromisos ideológicos o en haber elegido diferentes técnicas de narración. Lo que las hace irreconciliables es el diferente acto poético pre-crítico y constructivo por el cual cada historiador prefiguró el campo histórico6 y lo constituyó como un dominio sobre el cual puede aplicar su concepción ideológica, sus creencias epistemológicas o sus preferencias narrativas.

En esta perspectiva, entonces, considerar la obra histórica como puro discurso tiene sus ventajas: por una parte, permite reconocer el ordenamiento cronológico de los acontecimientos en una secuencia, permite distinguir en la composición de un relato sus partes: principio, medio y fin, y tres tipos de estrategias explicativas, cada una de las cuales ofrece cuatro posibilidades electivas: explicación por la trama (romance, tragedia, comedia y sátira); explicación por argumentación formal (formismo, mecanicismo, organicismo y contextualismo) y explicación por implicación ideológica (liberal, radical, anarquismo, conservadurismo). Estas conceptualizaciones teóricas utilizadas por el historiador para lograr que su narrativa sea explicativa, conforman la superestructura del trabajo histórico. En ellas subyace su metahistoria, su infraestructura, constituida por el acto poético de figuración. En esta explicación cualquier adopción en la superestructura tiene su origen en ese acto poético primario. Y lo que resulta de todas estas adopciones y elecciones, se explica por referencia al acto de prefiguración.

Según White las posibilidades de prefiguración son cuatro y las ofrece el uso lingüístico. Los cuatro tropos básicos para el análisis del lenguaje figurativo (metáfora, metonimia, sinécdoque e ironía) son útiles para entender las operaciones por las cuales los contenidos de la experiencia pueden ser aprehendidos conscientemente. La metáfora sanciona las prefiguraciones del mundo de la experiencia en términos objeto-objeto, la metonimia en términos parte-parte, la sinécdoque en términos objeto-totalidad y la ironía afirma de forma tácita la negación de lo afirmado en el nivel literal.

En pocas palabras y en definitiva, estos cuatro modos de conciencia son determinantes para la posterior elección de estrategias en las que siguiendo a Northrop Frye en su Anatomy of Criticism identifica cuatro modos diferentes de tramar: el romance, la tragedia, la comedia y la sátira. Así, dice White que de los cuatro historiadores que estudia, Michelet dio a sus relatos la forma de romance, Ranke les dio a los suyos la forma cómica, Tocqueville usó el modo trágico y Burckhardt empleó la sátira7.

Hasta aquí mencionamos lo que nos parece esencial para nuestro propósito en este libro. A este resumen agregamos alguna observación y en primer lugar nos damos cuenta de que también White alimentó la esperanza de construir una teoría de la historia como las que se intentaron en la modernidad, es decir, pretendía llegar a la formulación de una teoría de la historia que fuera contundente, pero nos parece que se detiene en un determinismo lingüístico, dado que la teoría de los tropos restringe las posibilidades de elección. Su enfoque formalista limita las relaciones establecidas por los relatos o los tipos de significados que pueden transmitir o las combinaciones estilísticas que pueden ofrecer al lector una imagen coherente del pasado. Pero principalmente porque más allá de cómo consideremos la adecuación o no de los relatos en tanto imágenes del pasado, su producción o invención es explicada por referencia a los mismos mecanismos, a la dimensión tropológica. Esto no deja de ser comprensible, al menos en cuanto desarrolla su propuesta en tiempos que se han señalado como de la lingüística. Este determinismo lingüístico conduce también a cierto relativismo en cuanto pone a la luz del día los aspectos no racionales que en última instancia dan cuenta de las diferencias irreconciliables entre relatos rivales de un mismo suceso. Visión que, por cierto y no sólo por este motivo, es ampliamente compartida en nuestros días.

También es comprensible que Hayden White haya logrado mayor resonancia en el exterior y no en su país, pues el elemento no racional o poético-precognitivo, como él lo llama y que considera como constituyente, como raíz del relato histórico, pone en consideración cuánto depende su aceptación y justificación de este nivel estético y no del intento de representar verdaderamente el pasado. En otras palabras, en Metahistoria White no va en pos de lograr una manera de representar verdaderamente el pasado, sino que persigue hacer patente la inconsistencia de la visión tradicional del relato histórico. En “Introducción: la poética de la historia” entrada que el autor hace a Metahistoria dice: “Pensadores de la Europa continental -de Valéry y Heidegger a Sartre, Lévi-Strauss y Michel Foucault- han planteado serias dudas sobre el valor de una conciencia específicamente “histórica”, han insistido en el carácter ficticio de las reconstrucciones históricas y han discutido el reclamo de un lugar entre las ciencias para la historia8.

Los hechos no cuentan su propia historia

En Tropics of discourse (1978)9 White proporciona nuevos argumentos a sus desarrollos previos y en este libro se pueden distinguir dos estrategias principales de argumentación. En la primera de ellas el autor busca dar cuenta de la disposición con que están unidas las dimensiones fácticas, políticas y figurativas del texto histórico. Su objetivo central es el de separar dos dimensiones del conocimiento histórico, la primera de carácter evidencial o fáctica (informativa) y una dimensión figurativa y política. En esta estrategia podemos ver con mayor claridad que su proyecto es algo así como una especie de combinación de deconstrucción epistemológica y de crítica política de la práctica historiográfica, aquí se trasluce con mayor fuerza lo que ya vislumbrábamos en Metahistoria.

La segunda estrategia de argumentación en Tropics ofrece explicaciones de cómo son concebidos los tropos en cuanto modos de conciencia y del papel que juegan en la narración. En “The Fictions of Factual Representation” White dice que su intención no es ir contra la distinción entre acontecimientos históricos y acontecimientos de ficción, distinción que se ha mantenido desde Aristóteles; lo que cuestiona no es la naturaleza de los acontecimientos de los que hablan historiadores y escritores literarios, lo que pone en cuestión son las formas de sus respectivos discursos y lo que intentan transmitir con ellos. Esta postura la declara también en “El Texto Histórico como Artefacto Literario”10 haciendo referencia a Lévi-Strauss:

En un ensayo sobre la naturaleza “mítica” de la historiografía, Lévi-Strauss comenta el asombro que un visitante de otro planeta sentiría si le presentaran las miles de historias escritas acerca de la Revolución francesa. Porque en esos trabajos, los “autores no siempre hacen uso de los mismos incidentes; cuando lo hacen, los incidentes son revelados bajo una luz diferente. Y aun así, estas son variaciones que tienen que ver con el mismo país, el mismo período y los mismos acontecimientos, acontecimientos cuya realidad es dispersada a través de varios niveles en una estructura de múltiples capas”. Lévi-Strauss prosigue sugiriendo que el criterio de validez para evaluar los relatos históricos no puede depender de sus “elementos”, esto es, sus contenidos fácticos putativos. Por el contrario, observa, “aislado a propósito, cada elemento se muestra como más allá de la aprehensión. Pero algunos de ellos obtienen la coherencia del hecho de que pueden ser integrados en un sistema cuyos términos son más o menos creíbles cuando son enfrentados con la coherencia total de las series”. Pero su “coherencia de las series” no puede ser la coherencia de las series cronológicas, esa secuencia de “hechos” organizados en el orden temporal de su incidencia original. Porque la “crónica” de los acontecimientos, fuera de la cual el historiador elabora su relato de “lo que realmente ocurrió” viene ya precodificada.

¿Qué hace, entonces, que una narrativa sea considerada como veraz por su audiencia e irreconciliable con la narrativa de otra audiencia? Por lo que hemos ven ido observando en los textos de White esto no depende de su correspondencia con los sucesos del pasado, sino de la manera en que se traman dichos sucesos. Estos sucesos no son encontrados por el historiador en una trama, y por ello su trabajo consiste también en darles una modalidad narrativa que es compartida con su audiencia. Lo que White subraya es que la configuración de determinada situación histórica, el hecho de darle una trama, explicarla e interpretarla políticamente, es una operación fundamentalmente discursiva. Los hechos no cuentan su propia historia, ésta es contada por alguien. Es precisamente la operación literaria la que, sin atentar contra el estatus cognitivo del relato, busca avezarnos con sucesos distantes u olvidados. De modo que el historiador no sólo suministra información sobre el pasado, también nos dice cómo se conformó un tipo u otro de relato que podemos tomar en cuenta para dar sentido a nuestras propias historias. En este orden de ideas, sólo tiene sentido estudiar el pasado como historia si nos hace comprender que nuestra condición presente está relacionada con elecciones específicas humanas que pueden ser cambiadas por nuestras propias acciones humanas.

El objetivo de la separación entre el componente ficcional-figurativo y el fáctico-informativo permite a White acentuar las operaciones figurativas de la imaginación histórica preservando un ámbito no procesado o no prefigurado sobre el cual ellas van a actuar; pero también el aislamiento de estas operaciones discursivas provee a White de los parámetros estables, que ya hemos mencionado, de maneras de configurar. En relación a las operaciones figurativas White aclara que la narración histórica no reproduce los hechos que describe:

La narrativa histórica no refleja las cosas que señala; recuerda imágenes de las cosas que indica, como lo hace la metáfora. Cuando una confluencia dada de acontecimientos es tramada como una “tragedia”, esto simplemente significa que el historiador ha descrito también los acontecimientos para recordarnos esa forma de ficción que nosotros asociamos con el concepto de “trágico”. Correctamente entendidas, las historias nunca deben ser leídas como signos no ambiguos de los acontecimientos de los que dan cuenta, sino más bien como estructuras simbólicas, metáforas extendidas, que “asemejan” los acontecimientos relatados en ellas con alguna forma con la que ya nos hemos familiarizado en nuestra cultura literaria11

Entonces, la narrativa es más bien una distorsión del campo fáctico que se propone representar, dado que además de excluir hechos que desde otro punto de vista podrían haber sido incluidos, reúne los escogidos en un orden diferente al cronológico de su ocurrencia original, como para dotarlos con funciones diferentes en un patrón integrado de significado12.

En relación a la segunda estrategia argumentativa en Tropics, dirigida a la dilucidación del estatus teórico de los tropos, en “Tropología, discurso y modos de la conciencia humana”, artículo aparecido también en El texto histórico como artefacto literario, White sostiene que su modelo tropológico es tanto descubierto como inventado. Lo primero se constata no sólo en la aplicación que hace del mismo en el análisis de la historiografía y de la filosofía de la historia del siglo XIX, sino también en el paralelismo que la tropología presenta con los modelos de conciencia desplegados por otros autores (Freud, Piaget, E. P. Thompson). Pero cada vez que White hace afirmaciones sustantivas acerca de las formas universales de pensamiento o de la realidad -como bien lo señala Verónica Tozzi en su introducción a El texto histórico como artefacto literario, a quien seguimos en varios puntos-, aclara de inmediato que lo que dice no es otra cosa que un discurso. Intenta lo mismo con la premonición de que se interpreten las cuatro fases tropológicas como un desarrollo lógico o una evolución progresiva del pensamiento.

En el lenguaje ordinario, la expresión “representación adecuada de la realidad” se entiende en un sentido acorde con un ideal de objetividad científica, pero White se opone precisamente a esto. No obstante, falta esbozar una explicación convincente del estatus teórico de los tropos, habla de ellos como de “universales culturales”, pero también dice que son tanto inventados como descubiertos; no deja en claro por qué tienen ese carácter dual. Así, el lector no puede dejar de preguntarse si los tropos pueden verse como figuras pre-conceptuales de pensamiento que determinan la consideración inicial del material, o como conceptos que sólo guían el proceso de escritura. Se han señalado inconsistencias y contradicciones en tropics que hacen dudar del poder de la estructura tropológica que su autor propone para el estudio de la narración histórica.

El contenido de la forma

El tercer libro que White nos ofrece sobre la cuestión que aquí nos ocupa tiene un título emblemático, el escrito está compuesto de ocho ensayos en los que plantea la cuestión de la idoneidad del discurso narrativo para representar esa parte de la realidad que denominamos histórica. También toma en consideración el tema de la autoridad en arte y literatura y los problemas del significado en diferentes épocas históricas. El punto que da título al libro es el del proceso por el cual la conciencia dota de significado a la historia, White sostiene que el secreto está en el “contenido de la forma”, en la manera en que nuestras facultades narrativas transforman el presente en el cumplimiento de un pasado del que desearíamos haber descendido. Para ilustrar su propuesta, White se centra en el valor que tiene la narración en la representación realista, considera la función que tiene la narración en la moderna historiografía; para conseguir su propósito toma en cuenta los trabajos de teóricos de la historia narrativa (Johann Gustav Droysen, Michel Foucault, Paul Ricoeur). En última instancia White parece insinuar que el único significado que puede tener la historia es la especie de significación que puede otorgarse a una imaginación narrativa. En su perspectiva visto el relato desde una perspectiva formalista (como mero artefacto verbal) se puede decir que tanto historiadores como novelistas desean lo mismo: proporcionarnos una imagen verbal de la realidad.

Este autor plantea que si la narrativización consiste en dar a los acontecimientos reales la forma de relato, entonces es lícito preguntar cuál es la función cultural del discurso que narra. La respuesta la encuentra en Lecciones sobre filosofía de la historia de Hegel, donde el filósofo señala que sólo hay necesidad de narrar y mostrar la coherencia y clausura de una serie de acontecimientos cuando existe un sujeto social que exige legitimación, es decir, un sistema legal (el estado) en contra o a favor del cual pudieran producirse los agentes típicos de una narración. La íntima relación entre ley, historicidad y narratividad es develada a través de un recorrido histórico por la historia de la historiografía. White deriva el carácter ficticio de la narrativa a partir de un relato en el que muestra dos cosas: la contingencia de la asociación entre historia académica y expresión narrativa, y el carácter fundamentalmente moral de esta alianza; la asociación está motivada por la búsqueda de legitimación que presenta un sujeto social. En este sentido, los historiadores participarían en ese propósito, y por eso tanto la historiografía científica como la “popular” cumplirían la misma función y serían igualmente distorsionadoras.

En “La política de la interpretación histórica: disciplina y desublimación”, como ya lo hemos mencionado, White dice que los conflictos interpretativos alcanzan un límite como interpretativos cuando se invoca el poder político o autoridad para resolverlos. Según este autor, esta limitación sugiere que la interpretación es una actividad que, en principio, está por encima de la actividad política de forma muy similar a como la contemplación se considera estar por encima de la acción o la teoría contrapuesta a la práctica. En una nota señala cómo en la cultura occidental moderna, la relación entre la actividad de la interpretación y la política se ha concebido de cuatro formas (Hobbes, Kant, Nietzsche y Weber). Pero así como la contemplación presupone la acción y la teoría presupone la práctica, también la interpretación presupone la política como una de sus condiciones de posibilidad en tanto actividad social. Entonces, continúa su escrito, la interpretación “pura”, la indagación desinteresada sobre cualquier cosa, es impensable como ideal sin presuponer el tipo de actividad que representa la política. La pureza de cualquier interpretación sólo puede medirse en la medida en que consigue reprimir el impulso a apelar a la autoridad política en el curso de obtener su comprensión o explicación de su objeto de interés. Esto significa que la política de la interpretación debe hallar el medio o bien para efectuar esta interpretación, o bien para sublimar el impulso a apelar a la autoridad política para transformarlo en un instrumento de la propia interpretación.

White considera necesarias estas consideraciones en la prosecución de su propósito que es el de considerar la cuestión de la política de la interpretación en el contexto de la compartimentalización de campos de estudio en las ciencias humanas y sociales. En este punto plantea una pregunta que pudiéramos llamar foucaultiana ¿qué supone la transformación de un campo de estudios en una disciplina, especialmente en el contexto de las instituciones sociales modernas diseñadas para la regulación de la producción del conocimiento, en el que las ciencias físicas actúan de paradigma de todas las disciplinas cognitivas? Cuestión ciertamente importante para entender la función social de las formas institucionalizadas de estudio en las ciencias humanas y sociales, pues todas ellas han sido promocionadas al estatus de disciplinas sin haber alcanzado la regimentación teórica y metodológica característica de las ciencias físicas13.

Se ha sostenido con insistencia que las ciencias humanas y sociales no pueden convertirse en verdaderas ciencias en virtud de la naturaleza de sus objetos de estudio (el hombre, la sociedad, la cultura), que difieren de los objetos naturales por su interioridad, por su autonomía con respecto a su entorno, y por su capacidad de cambiar procesos sociales mediante el ejercicio de cierto albedrío. Para algunos, la posesión de la interioridad, de la autonomía y del libre albedrío por parte del ser huma no hace no sólo imposible sino incluso indeseable aspirar a crear unas ciencias plenas del hombre, la cultura y la sociedad14. Más aún, una tradición de la teoría y filosofía de la ciencia supone que una aspiración semejante es políticamente indeseable. Si el hombre, la sociedad y la cultura han de ser objetos de una investigación “científica” según la acepción común, los estudios en cuestión deberían aspirar a la comprensión de estos objetos, y no a su explicación, como en las ciencias físicas15.

En el campo de los estudios históricos no se asume que el historiador no pretenda explicar determinados aspectos del pasado o del proceso histórico, se entiende, más bien, que en general no pretende haber descubierto el tipo de leyes causales que le permitirían explicar los fenómenos considerándolos como manifestación de la acción de aquellas leyes, esto de manera semejante a como los físicos realizan sus explicaciones. Los estudios históricos a menudo buscan explicar alguna cuestión proporcionando una adecuada comprensión de la misma, pero lo hacen mediante interpretación. Así, la narración es tanto la forma en que se realiza una interpretación histórica como también el tipo de discurso en el que se representa una comprensión efectiva de una materia histórica16.

White considera que la vinculación entre interpretación, narración y comprensión proporciona la base teórica para considerar los estudios históricos como un tipo especial de disciplina y para poder resistir la demanda (de positivistas y marxistas) de transformación de los estudios históricos en una ciencia (en sentido “fuerte”, como solía decirse hace algunos años), demanda ceñida a la política que sus formuladores apoyan. Esto significa que la política de la interpretación en los estudios históricos modernos gira sobre la cuestión de los usos políticos a los cuales puede o podría aplicarse un conocimiento para ser específicamente histórico17.

La política de imponer disciplina en las humanidades y en las ciencias sociales, concebida esta política como conjunto de negociaciones, consiste y busca el control de quienes desean reclamar la autoridad de la propia disciplina por lo que ésta enseña. Lo que con esa política se quiere evitar es el pensamiento considerado utópico, pensamiento que en cambio sus investigadores consideran fundado y con autoridad en virtud del conocimiento de la historia que lo inspira. Positivistas y marxistas pretendieron trascender la oposición de pensamiento histórico y pensamiento utópico por sus pretensiones de haber proporcionado la base de un estudio verdaderamente científico de la historia, capaz de revelar las leyes del proceso histórico; pero estas pretensiones no lograron más que evidenciar la presencia en el positivismo y en el marxismo de la filosofía de la historia con una acepción de cientificidad ajena a la historia.

Defensa del lenguaje figurativo

El contenido de la forma inicia planteamientos que tendrán algún desarrollo en Figural Realism, en el primero busca dar consistencia a la figuración, propósito continuado en el segundo en que, como su título lo indica, acentúa una figuración realista. En estos dos libros se puede distinguir la enfática defensa de que el lenguaje figurativo es en verdad efectivo y que refiere fielmente la realidad, no se puede seguir considerándolo como carente de estatus cognitivo. Una de las distinciones que White establece entre información acerca de acontecimientos pasados (en cualquier disciplina) y la escritura histórica es facilitada –dice- por la moderna teoría literaria, principalmente por aquella que se ocupa del “modernismo literario”, porque ésta ofrece un modo adecuado de comprender cómo es procesada la información sobre el pasado para constituirse en un conocimiento histórico, cuya característica principal es su tratamiento de un modo de representación.

Como se puede ver, en la producción de este autor en los últimos años del siglo pasado, hay mayor relación con la literatura y específicamente con la teoría literaria. Esta acentuación de lo literario merece consideración detallada que intentaremos realizar en otra ocasión. Aquí sólo mencionamos que hay otra novedad, White se ocupa de un tipo especial de acontecimientos del siglo XX (las dos guerras mundiales, el Holocausto, el hambre…), acontecimientos cuya representación, en su opinión, resulta complicada debido a su carácter traumático. Aclara que esta dificultad no es planteada en relación a la ocurrencia de los hechos, sino en relación a la imposibilidad percibida por los grupos más inmediatamente afectados u obsesionados por ellos y que dificulta llegar a un acuerdo respecto de sus significados18.

White considera que la distinción entre simple información y escritura histórica se manifiesta en la constatación de que las nociones de acontecimiento y relato han sido desmanteladas como resultado de la magnitud de los acontecimientos de ese siglo, como la revolución en las prácticas representacionales, provocada por el modernismo cultural, y por la proliferación de tecnologías de la representación producida por la revolución electrónica.

Este autor encuentra en la historia modernista de E. Auerbach el concepto de “realismo figurativo” y una noción más adecuada de causalidad, la “causalidad figurativa” que describe el procedimiento por el cual los historiadores relacionan acontecimientos pasados con acontecimientos presentes bajo la idea de “cumplimiento” (fulfillment). El contenido específico de la historia del realismo literario occidental –dice White- consiste en la figura de la “figuración” misma y su “idea” es inherente a la noción de cumplimiento progresivo de esa figura. El cumplimiento dota a la historia de significado, de un objetivo que no es finalmente realizable ni aun especificable. Es el tipo sugerido por aquellas acciones de las que las personas moralmente responsables piensan ser capaces, por ejemplo de cumplir una promesa. Lo mismo sucede con las relaciones entre los tipos de acontecimientos que deseamos llamar históricos para diferenciarlos de los naturales. De modo que un acontecimiento histórico aparentemente desconectado puede ser visto como el cumplimiento de uno anterior cuando los agentes responsables de la ocurrencia del último lo ligan genealógicamente al primero. En este caso la relación no es causal: no hay necesidad, por ejemplo, entre el Renacimiento italiano y la cultura greco-latina, pero esta se establece retrospectivamente por la decisión de algunos agentes históricos de los tiempos de Dante, ellos eligieron el prototipo del cual quisieron ser descendientes. Pero en este caso la relación no es genética, no hay fundamentos objetivos para ligar los dos eventos como elementos de la misma secuencia histórica; tampoco es teleológica, porque la finalidad de producir una figura definitiva de los acontecimientos no se alcanza nunca.

Con Figural Realism White busca ofrecer un criterio de decisión entre versiones alternativas de ciertos acontecimientos traumáticos.

Parte conclusiva

El trabajo teórico de White de poco más de veinte años tiene algunas variaciones, en su inicio parece apostarlo todo en su teoría de los tropos que, como hemos visto de manera sucinta, implica dos campos, el de la historia y el de la literatura, pero en el desarrollo de sus escritos esta teoría que deja planteadas algunas interrogantes y no logra la claridad y sistematicidad esperadas, va también quedando poco a poco en el abandono, casi no se la menciona en sus últimos trabajos. De cualquier manera, no se puede eludir que desde Metahistoria este autor muestra el carácter esencialmente poético que determina la práctica historiográfica contemporánea, que se considera realista en cuanto pretende dar cuenta de lo que realmente sucedió. La propuesta de White, por el contrario, es escéptica en cuanto a la posibilidad de poder alcanzar de modo definitivo el relato del pasado y también asume la multiplicidad de relatos alternativos de un mismo fenómeno, es una postura fundamentalmente crítica y autocrítica en relación al modo y grado en que la evidencia sustenta los relatos. Ya en su primer libro señala en el origen de las reglas de la historiografía una modalidad poética de prefiguración que es tan legítima o ilegítima como las otras modalidades de representación de la realidad.

En Tropics of Discourse su autor no se ocupa de la naturaleza de los acontecimientos de los que hablan los historiadores, sino de las formas de sus discursos y lo que con ellos transmiten. Si hay diferentes modos de dar relación de los hechos es porque hay diferentes clases de relatos por contar. Las diferentes concepciones de la naturaleza, la sociedad, la política y la historia que transmiten estos relatos se originan en las caracterizaciones figurativas del conjunto total de hechos como representaciones de totalidades de clases fundamentalmente diferentes y propias de cada grupo o sociedad. Estas representaciones son tomadas como verdaderas no por su correspondencia con los hechos del pasado, sino por la manera en que se traman esos hechos. De modo que el historiador elige determinada trama porque comparte con los suyos o su audiencia ciertos pre-conceptos y ciertas preferencias emotivas. En una conversación White decía que el pasado tiene que ver con nuestros muertos y que a ellos no podemos recordarlos con actitud aséptica, científica. A lo largo de sus escritos también y de varias maneras nos dice que el historiador tampoco puede ser ajeno a sus lectores preocupados por su presente en el que es de gran importancia el pasado.

En sus libros posteriores enfatiza la importancia de la forma en la narración histórica y distingue dos actitudes emotivas o dos sentimientos capaces de determinar tipos diferentes de visiones del pasado, la revolucionaria y la conservadora. El título mismo El contenido de la forma indica que la manera de tramar los hechos es significativa, es de interés político-moralizador. En su último libro aquí apenas mencionado, como el mismo White lo reconoce, no logra planteamientos relevantes, pero ofrece bases para lograrlos. Ocupado en acontecimientos del siglo XX dice que si un acontecimiento como el Holocausto fuera relatado según el orden cronológico de los acontecimientos y según sus relaciones causales, su relato sólo sería de su dimensión externa, porque la interna se perdería. Advierte que en casos como los que él menciona del siglo XX, la narrativa tradicional resulta distorsionadora y encubridora de la naturaleza límite y extrema de los hechos; considera que la antinarrativa modernista resulta un mejor instrumento para expresarlos. Su referencia a la antinarrativa nos hace recordar también una corriente de pensamiento que en los sesentas del siglo pasado agrupaba a autores como G. Deleuze, M. Foucault, Alain Robbe Grillet. Si esta asociación es válida, se diría que su apelación a la antinarrativa no pretende ir más allá de su negación a identificar historiografía con trabajo documental y, en este caso, indagar en la teoría literaria parece abrir otras posibilidades de expresar el pasado.

Pensar la representación histórica abarcando su parte emotiva y políticamente responsable ha dado, sin duda, a Hayden White un lugar en el pensamiento contemporáneo.






Dr. Herminio Núñez Villavicencio. Profesor – investigador de la Universidad Autónoma del Estado de México. Doctorado en Filología. Lenguas y literaturas modernas occidentales por la Universidad Complutense de Madrid.



Dra. Marcela Mungaray Lagarda. Profesora – investigadora de la Universidad Autónoma de Baja California. Doctorada en Ciencias Sociales por el Colegio de la Frontera Norte.



Referencias bibliográficas


Aristóteles, Horacio, Boileau, Poéticas, Madrid, Editora Nacional, 1982.

Hayden White, Metahistoria. La imaginación histórica en la Europa del siglo XIX, trad. de Stella Mastrangelo, México, FCE., 1992.

Hayden White, Tropics of Discourse. Essays in Cultural Critilcism,Baltimore and London. The Johns Hopkins University Press, 1978.

Hayden White, “El texto histórico como artefacto literario”, en El texto histórico como artefacto literario, Introd. de Verónica Tozzi, Barcelona, Paidós, 2003.

Hayden White. El contenido de la forma. Narrativa, discurso y representación histórica. Barcelona: Paidós, 1992.

Karl R. Popper, La miseria del historicismo, Madrid, 1961; Hannah Arendt, Between past and present, London, 1961.

Michel Foucault, El orden de las cosas: una arqueología de las ciencias humanas, México: Siglo XXI, 1992

Thomas Kuhn, La estructura de las revoluciones científicas, México, FCE, 1970.

Jûrgen Habermas, Conocimiento e interés, Madrid, Taurus, 1982







Fecha de recepción: 2 de junio de 2013

Fecha de aceptación: 5 julio de 2013





1 Por ejemplo, algunas traducciones de Herodoto inician de esta forma: “These are the researches of Herodotus of Halicarnassus…” y no “These are the histories …”

2 Herodoto parece consciente de su diferencia con Homero en cuanto a lo que escribían, por ejemplo, no tiene duda de que tuvo lugar el sitio de Troya, como lo relata Homero, pero en su trabajo de indagación llega a conocer por los egipcios una leyenda sobre la llegada de Paris y Helena a territorio egipcio, también llega a saber de la detención de Helena por Proteo, rey de Memfis; su indagación le permite concluir que Helena nunca estuvo dentro de los muros de la ciudad sitiada por los griegos durante diez años.

3Aristóteles, Horacio, Boileau, Poéticas, Madrid, Editora Nacional, 1982, p. 111.

4 Hayden White, Metahistoria. La imaginación histórica en la Europa del siglo XIX, trad. de Stella Mastrangelo, México, FCE., 1992

5 Jûrgen Habermas, Conocimiento e interés, Madrid, Taurus, 1982. La primera edición alemana es de 1968.

6 Para Hayden White el campo histórico es el registro histórico antes de su análisis y conceptualización. Ver Metahistoria , op. cit., p. 25.

7 Hayden White, Metahistoria. La imaginación… op. cit., pp. 18-19.

8 Hayden –White, “Introducción: la poética de la historia”, Metahistoria. La imaginación… op. cit. P. 13.

9 Hayden White, Tropics of Discourse. Essays in Cultural Critilcism, Baltimore and London, The Johns Hopkins University Press, 1978.

10 Hayden White, “El texto histórico como artefacto literario”, en El texto histórico como artefacto literario, introd. de Verónica Tozzi, Barcelona, Paidós, 2003, p. 123.

11Hayden White, “El texto histórico como artefacto literario”, op. cit., p. 125

12 Hayden White, Tropics of Discourse, op. cit. p. 111.

13 Ver Michel Foucault, El orden de las cosas: una arqueología de las ciencias humanas, y Thomas Kuhn, La estructura de las revoluciones científicas, México, FCE, 1970.

14 Postura neoidealista que deriva de Hegel, a través de Wilhelm Dilthey y Wilhelm Wildelband y de otros “vitalistas” y humanistas del siglo XX.

15 Ver Karl R. Popper, La miseria del historicismo, Madrid, 1961; Hannah Arendt, Between past and present, London, 1961.

16 Hayden White, El contenido de la forma, op. cit., p. 78.

17 Ibídem.

18 Aunque en estas afirmaciones el lector se da cuenta de que son imprescindibles varias precisiones.


Revista Observaciones Filosóficas - Nº 15 / 2012 - 2013


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