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Revista Observaciones Filosóficas


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art of articleart of articlePsicoanálisis, Literatura y Clínica;  Fragmentos para un exilio de la lengua en Deleuze

Lic. Patricio Landaeta Mardones - Pontificia Universidad Católica de Valparaíso
Resumen
Se analiza las complejas relaciones entre Psicoanálisis y Literatura a partir de las reflexiones de Deleuze y Foucault. Se intenta dar cuenta como la literatura deviene práctica política y clínica, para finalmente aproximarse a la obra de poetas chilenos entre los que se cuenta Vicente Huidobro.  

Abstract
One analyzes the complex relations between Psychoanalysis and Literature from the reflections of Deleuze and Foucault. It is tried to give account as Literature happens political and clinical practice, finally to come near to the work of Chilean poets between whom Vicente Huidobro counts itself.

Palabras clave
Psicoanálisis, Filosofía, crítica, clínica, literatura, interpretación, territorio, transferencia,  inconsciente.

Keywords
Psychoanalysis, Philosophy, critic, clinic, Literature, interpretation, territory, transference, unconscious.


1.

Un pequeño rodeo. Para estar en medio de Kafka, tal y como queremos, necesitamos entrever la lógica que propone Guattari-Deleuze. Tal vez hasta sea necesario comprender el “antipsicoanális” o más aún su “odio al significante”. El cumplimiento de estas condiciones mínimas no lo aseguramos. Ni tampoco que Kafka aparezca fuera de este mero cuadro esquemático. Menos aún que se comprenda a cabalidad la propuesta de estos dos pensadores ahora muy de moda. Por esto, sólo un objetivo nos proponemos: vincular la idea de “literatura menor” con la de “producción de inconsciente”, tema que ambos desarrollan desde múltiples ángulos, en su trabajo en conjunto y por separado y que es central, no obstante, en el texto del año 1975 Kafka. Por una literatura menor1.

La literatura y la vida de Deleuze, artículo de Crítica y clínica2, discurre entre las siguientes ideas: Se escribe para no enfermar, para “devenir”, aunque siempre aceche el riesgo de lo contrario, más aún cuando se confía en la equivalencia entre salud y normalidad; se escribe por obligación o “porque no habría forma de no hacerlo”, hacemos entrar en escena las palabras de Rilke: escribe tú, sólo si es cuestión de vida o muerte; se escribe para una salud del cuerpo, sin embargo, por la vía del delirio contra la normalidad. Cuando la literatura es una cuestión de salud, desborda los límites inclusive de lo estrictamente lingüístico, se convierte en una experiencia, pero impersonal, puesto que no remite a un “yo-biográfico”, sino a una singularidad, en palabras de Blanchot, que ya no puede decir “yo” y que avanza entre dos polos del delirio, uno mayoritario y uno minoritario, uno que clama por una raza originaria y pura y uno segundo que invoca una raza oprimida, sólo el segundo, sin embargo hace frente a la amenaza más grande: creer ingresar en un estado superior cuando se ha llegado a descubrir en la pureza de la lengua, en la legalidad de una lengua mayor, “El” camino del pensar: Craso error de Heidegger.

Desde otro ángulo, nuestro tema desde la perspectiva de Guattari-Deleuze es la literatura menor y su relación con una experiencia del lenguaje, relación que Foucault también habría tratado de mostrar en El pensamiento del afuera3. A estos los une una línea como ésta: el lenguaje en la literatura deviene práctica política y clínica: de acuerdo a la pareja Guattari-Deleuze, si la literatura es en el fondo una cuestión de salud lo es porque experimenta un afuera de la lengua mayor en la que se está a condición de estar enfermo, alienado. Si la literatura deviene práctica política es, precisamente, porque en el delirio encarna una lucha contra la legalidad del lenguaje: “kafka escribiendo en alemán pero como judío checo”. Cuando los autores del Antiedipo hacen suyas las palabras de Proust: “los libros hermosos están escritos en una especie de lengua extranjera”, lo hacen para hablar de un decir que se “desterritorializa”, de un entrar en la lengua para salir por la puerta trasera para pecar con y por la letra: línea de fuga a la dinastía de la representación en la que ya no hay Yo, ni sometimiento a aquella supuesta estructura lingüística que nos antecede. Estas palabras de alguna u otra forma también encarnan la poética Batailleana: “…el hombre se escapó de su cabeza como el condenado de la prisión. Encontró más allá de sí mismo no a Dios que es la prohibición del crimen. Sino a un ser que ignora la prohibición”.

En este borde se engarza el problema de la literatura con el psicoanálisis, pues en la experiencia de un “afuera de la representación”, en el “pecado” de la letra, (en tanto perversión de la estructura en la que se implica el singular hablante) es donde emerge la voz psicoanalítica o no psicoanalítica de Guattari para mostrar que la literatura, así como la vida, no es cuestión de inscripción, de prohibición y obediencia inevitable a la ley del padre que regula el deseo y, a partir de estos, a la obligación a una errancia “en los límites de la mera razón”. Al contrario, como dice su entrañable colaborador: “se podría decir que para el psicoanálisis siempre hay muchos deseos. La concepción freudiana del niño como perverso polimorfo es prueba de ello. Siempre hay demasiados deseos. Para nosotros, al contrario, nunca hay suficientes. No se trata de reducir el inconsciente, sea por el método que sea, sino de producirlo”4. Esta producción debe entenderse como el origen de una exhortación a una perversión sin culpa, más bien, realizarla con el mayor ánimo, sólo allí la vida y la literatura menor se exhiben como un exilio, como un nomadismo y una “verdadera” errancia.

La literatura menor es otro nombre para el nomadismo, el nomadismo tiene la figura del tránsito constante, del constante estar “en medio”, nunca en un final, nunca en un origen, como El proceso interminable de Kafka, como los cuentos que parecen no acabar. Como abandono de la territorialidad de la lengua el nomadismo es una desterritorialización, pero que, no obstante, está bajo amenaza de volverse legal y sedentaria: estar siempre en medio no es tarea fácil, puesto que siempre se corre el riego de ser seducidos por la trascendencia de un plano de significancia que nos brinde la seguridad de una certeza, ambrosía del espíritu sedentario, amuleto para una re-edipización; este coro si bien sigue a cada momento la fuga de Guattari, Foucault y Deleuze, Maurice Blanchot se muestra como el tema variado: “mientras escribir sea escribir un libro, dicho libro está, o bien acabado o sostenido por la lectura o bien amenazado por ella, que tiende a reducirlo o a alterarlo (…) pero si escribir es disponer unas marcas de singularidad (fragmentos), a partir de los cuales se pueden indicar unos recorridos que ni las reúnen ni se reúnen con ellas, sino que se indican como su propia grieta –grieta espacial de la que sólo conocemos el hiato: el hiato, sin saber de qué se aparta-, siempre existe el riesgo de que la lectura en lugar de impulsar la multiplicidad de los recorridos transversales, reconstituya, a partir de los mismos, una nueva totalidad o, peor aún, que busque en el mundo de la presencia y el sentido, a qué realidad o a qué cosa que queda por completar corresponden los vacíos de ese espacio que se brinda como complementario, pero complementario de nada”5. De acuerdo a Blanchot, es inevitable, siempre amenaza la “reterritorialización” a un plano de significancia, de hecho, esta idea sostiene también la lucha de Guattari y Deleuze contra el psicoanálisis y su preeminencia del régimen del significante que deja su casilla vacía en manos del analista: “i¡¡significante, terrible arcaísmo del déspota en el que todavía se busca la tumba vacía, el padre muerto y el misterio del nombre!!!”6.

Hasta ahora, quizá todavía prime la idea de que el inconsciente tiene un portavoz y una legalidad que sustenta su no-decir o peculiar decir, para Guattari-Deleuze el motivo de ello sería, un malentendido sin igual: pensar subrepticiamente el inconsciente como algo por revelarse en virtud de la concreción de un saber especializado (ciencia de la letra) que permite si no su transparencia por lo menos su significación en la transferencia. El significado velado es siempre susceptible de ser interpretado. Precisamente, la conexión entre significantes es asegurada por aquel que “sabe leer entre líneas”, vale decir, por el que puede interpretar las señas que hace el signo en el significante: Según el dúo francés en Mil mesetas, esta función desde antiguo fue compartida por el adivino o el sacerdote que distribuyen los significados amparados en la cualidad representativa de su sistema: la “desterritorialización” relativa del signo opera gracias a que el éxito de la cadena depende de que el significado pueda ser representado en una multiplicidad de signos, y por ello, pues, puede decirse que, si el significado se desplaza de través por la cadena significante, es porque siempre dice más de lo que muestra o, lo que es lo mismo, se muestra siempre a condición de esconder el “fundamento” de su emergencia: siempre hay algo en el fondo de lo que se deja ver: profundidad en la que se hallaría el sustento de lo real, fundamento de lo “meramente aparente” que sólo “el interprete” está en condiciones de señalar (legalidad de la interpretación), y que sin embargo es siempre una interpretación, por lo que ese fondo último es una X que sólo fundamenta la infinitud de la interpretación asegurada por la producción de significantes: “nosotros decimos lo contrario, el inconsciente no lo tenéis, ni lo tendréis jamás, no es un ‘ello estaba’ cuyo sitio debe ocupar el yo (Je). Hay que invertir la fórmula freudiana. El inconsciente tenéis que producirlo”7.

2.

No es nuestra intención, sin embargo, la de presentarnos, de acuerdo a la filosofía de Deleuze-Guattari, como un proyecto de filosofía del inconsciente, si entendemos por ello “la reflexión programada que tiene un objeto claro y distinto”, ni tampoco como una estética o una guía para comprender la literatura o obra de arte en su relación con el inconsciente. Al contrario, tal vez sólo pensar las condiciones de un “pensamiento del afuera” a partir de la “literatura menor” esté más cerca, tanto de nuestra intención, como de la aproximación que en un principio pudo haber tenido el psicoanálisis a la producción artística del siglo XIX.

La dependencia del psicoanálisis en sus comienzos a la literatura en particular y al arte en general, se hace manifiesto en que, como dice Rancière, el inconsciente freudiano se constituyó en su momento en un “inconsciente estético”, un vapor, por decirlo de alguna manera, que sostenía las obras y el pensamiento del arte del siglo XIX que se abría a una dimensión inusitada de objetos y formas de expresión. A propósito de la cercanía que desde sus orígenes ha manifestado el psicoanálisis y el quehacer artístico, Rancière ha escrito en El inconsciente estético que, si tempranamente Freud recurrió a la interpretación de obras de arte fue, principalmente para mostrar una cierta equivalencia entre la racionalidad del arte y el inconsciente, cuestión que, sin embargo, ya era percibida por Schelling y Hegel en la filosofía aunque de forma diametralmente distinta. Pues su sostenimiento equivalía, en alguna medida, a la muerte de la filosofía tal y cómo era tratada hasta aquel momento: la situación de estos filósofos, anunciaba desde ya el destino o el fracaso de todo proyecto de filosofía del inconsciente, pues si bien es la propia fractura que acontece en la filosofía y en las artes la que abre la posibilidad de una reflexión del inconsciente, no obstante, su experiencia, su acontecimiento se comprenderá no sólo en la medida en que fracase un discurso del inconsciente, o mejor dicho, no sólo a través del fracaso de un discurso que se inscriba simple y llanamente en las coordenadas de un saber que pretende lo inconsciente como si éste pudiese quedar en frente, o como gozo del fracaso del intento frustrado de hacerlo entrar en el discurso filosófico. Si bien su propia fractura, nos dejas ante la imposibilidad de la representación y la reflexión misma, pues no puede haber un “poner” (Stell), y con ello en lo abismal, y sin fundamento (Ab-grund), su sondeo, requiere de un nuevo esfuerzo, un nuevo “hacer pensamiento”, que puede leerse como un giro hacia el afuera de representación en la experiencia de la pura performatividad o transitividad del lenguaje.

Dicha experiencia de transitividad del lenguaje, sirve para pensar el fondo en devenir en el que se inscribe la idea de literatura menor de Deleuze-Guattari, específicamente como la fuga de la literatura moderna a su aparentemente inevitable representatividad, a la legalidad del lenguaje y el discurso, siendo entonces la propia experiencia de sus límites donde se diluye un objeto literario y un contenido al que se adecua una expresión, esto, sin embargo, no se confunde con una pura interiorización del lenguaje, “el acontecimiento -dice Foucault- que ha dado origen a lo que en un sentido estricto se entiende por literatura no pertenece al orden de la interiorización más que para una mirada superficial; se trata mucho más de una tránsito al afuera (donde) el lenguaje escapa al modo de ser del discurso –es decir a la dinastía de la representación…”8.

Es en esta constante fuga donde la literatura moderna se convierte en una experiencia del afuera, experiencia de aquello que no puede ser representado por la interioridad de la reflexión filosófica y su positividad del saber. Y como experiencia, se revela en su transitividad, en su fragilidad, en su precariedad o “indignidad ontológica” al modo como Deleuze-Guattari piensan la literatura menor, esto es, en el uso desviado de una lengua mayor, en el ocupar una lengua al modo como un “okupa” hace uso de una casa vacía para convertirla transitoriamente en hogar: “escribir como un perro escarba su hoyo, una rata que hace su madriguera…volvernos el nómada, el inmigrante y el gitano de nuestra propia lengua”9. Esta escritura descentrada constituye un puro uso intensivo de la lengua donde escribir quiere decir tocar, sentir un mundo porvenir en la ruptura con el presente de una lengua oficial: “…menor no califica ya a ciertas literaturas sino las condiciones revolucionarias de cualquier literatura en el seno de la llamada mayor (o establecida)”10.

Lo que Rancière denomina “inconsciente estético” bien podría ser comprendido en los límites de un régimen de producción de inconsciente -por el hecho de existir por obra de la creación artística- régimen en el que se dan cita una vigilia del pensamiento y una lucidez de la creación. Lo cual significa que en el repliegue del pensamiento, la lucidez se muestra en su hacer experimental, pues, si una imagen literaria es el modulado sensible de una idea oscura, producir aquí es visto como un corporeizar ideas. Esta imagen literaria es fruto de un agenciamiento por el cual “soy” la propia experiencia del lenguaje en la inmanencia trazada o atravesada por el estilo, o línea de fuga a la trascendencia, al punto de vista divino o “totalitario” de una lengua oficial, mayor o establecida. Dicho corporeizar ideas constituye entonces una producción de inconsciente en un doble aspecto: la obra creada es, por una parte, efecto de una experimentar un camino propio o precario en el lenguaje y, por otra, un cuerpo que debe ser experimentado para que pueda ser conocido su funcionamiento. Decir como Proust que “las obras hermosas están escritas en una especie de lengua extranjera”, será posible comprenderlo cuando en su experiencia, en su funcionamiento, todo resuene distinto, con la frescura que sólo ofrece un nuevo encuentro, y que por añadidura hace caer los criterios o pautas de interpretación habiéndose roto en dicho encuentro los hilos que unen la lengua a la representación –aunque, teniendo presentes las palabras de Blanchot sea siempre posible decir lo contrario y ser retrotraído por un sedentarismo el fragmento a la totalidad.

La única manera de defender la lengua es atacarla, este es el principio de una literatura revolucionaria…cada escritor está obligado a hacerse su propia lengua, pues vivir es ser menor. Contra Edipo la literatura es una enrancia sin ley, en ese sentido, la invención de una lengua nueva se erige contra la inscripción, y para ser una salud requiere de la enunciación a-significante, sólo allí desde la perspectiva de Guattari-Deleuze, se constituye como expresión inconsciente y no como mera interpretación. La creación literaria, precisamente consiste en traer nuevos modos de enunciación de un deseo siempre desplazado y no meramente reprimido: “el deseo es el sistema de signos a-significantes con los que se producen flujos de inconsciente en un campo social…lo cierto es que siempre cuestionará las estructuras establecidas. El deseo es revolucionario porque siempre quiere más conexiones y más agenciamientos”11.


Errancia y deseo. Deseo errante en la escritura en fuga. Omar Cáceres, chileno asesinado en los años cuarenta escribe en la Iluminación de yo, para un “extranjero de sí mismo”, errante, sin una palabra de consuelo, bendito por el poder de la palabra, de dar nombre sin precisión, de inscribir, de trazar el universo, no como consuelo, sino por ventura de crear un mundo que existe por el poeta y que no es simplemente signo de un recuerdo, sino el llamado de lo porvenir que es errancia y vigilia en la acogida del huésped, del otro que todavía no somos pero que devenimos constantemente. En una línea que no podemos pensar sino como semejante, dirá Deleuze: “lo actual no es lo que somos, sino más bien, lo que devenimos, lo que estamos deviniendo, es decir, el Otro, nuestro devenir-otro. El presente, por el contrario es lo que somos y, por ello mismo lo que estamos ya dejando de ser”…exilio pero no como una condena sino como una práctica necesaria. Cuestión de devenir para evitar la “reterritorialización” a un plano de significancia.

Se trata entonces de saber, según este colectivo francés, como una obra funciona, y no qué significa, que devenires exhibe y no qué quiere decir, cuáles son sus líneas de fuga y no qué moraleja nos confía en su final: en la literatura chilena tenemos toda una historia menor, subterránea y que, sin embargo, no quiere salir a la luz, una prehistoria que la historia quiere enterrar, poetas y escritores de unos cuantos versos, de unos cuantos cuentos que sin embargo garabatean en la pared blanca de la academia aun cuando ésta no les tome en cuenta. Cuando decimos Omar Cáceres nombramos al poeta que materializa el espíritu y que remienda los pasos que separan al hombre de su Otro, al poeta asaltado de visiones como dice Huidobro respecto del mismo Cáceres12. Pero en nombres como el de Maquieira, se cruza violenta una desterritorialización de la lengua con la creación de imágenes que conducen la vida más allá de la literatura y la literatura hacia nuevas formas de vida, nuevos contactos, nuevos encuentros: ya no hay cosas narradas, expresiones válidas, sino flujos, intensidades que nos sacuden en la experiencia del poema. Ninguna historia, ninguna biografía. Un viaje. Un devenir:


El deleite vedado13

Diego Maquieira


Echados sobre las gradas del portaaviones

y gozando de nuestro espíritu de disciplina

y con faroles en la cubierta de vuelo

emplazada como un atrio sobre el mar

leíamos a Horacio para mantenernos

sobrios y medidos

mientras no hacíamos mucho muelle

ante el infierno fatigante de los Mirage

Esos camotes doctorados en dogmas

que venían a arruinarnos el menú

pero ahí, por gusto, por impaciencia severa

falseábanmos la epistola original

la dejábamos casi sin lengua

y yo mismo hacía los arreglos:

Subamos a las cabinas de los Harrier

antes de haber digerido las ostras

aún hinchados de vino de Bellaterra

Olvidémonos de lo que es decoroso

y de lo que no lo es; qué más da

Hagámonos cargo de ser inscritos

en las bellas listas de los repudiados

Bien así como los viciosos remeros

Del celtense Coritani,

que al deseo de la patria

prefirieron el deleite vedado

Complacidos con esa tenue recitación

recuperábamos la vara alta, Luchino

Recuperábamos nuestra punta de puñal

y nuestro horror a las honras

Patricio Landaeta Mardones
Licenciado en Filosofía Pontificia Universidad Católica de Valparaíso. Doctorando Universidad Complutense de Madrid



Fecha de Recepción: 20 de marzo de 2008

Fecha de Aceptación: 10 de octubre de 2008


1 Guattari Félix, Deleuze Gilles, Kafka. Por una literatura menor, Era, México, 1999
2 Delueze Gilles, La literatura y la Vida en Crítica y clínica, Anagrama, Barcelona, 1997
3 Foucaul Michel, El pensamiento del afuera, Pre-textos, Valencia, 2000
4 Deleuze, Gilles, La isla desierta y otros textos, Pre-textos, Valencia 2003, p. 347
5 Blanchot, Maurice, El paso (no) más allá, Paidós, Buenos Aires, p. 82
6 Deleuze, Gilles, Guattari Félix, El antiedipo. Capitalismo y esquizofrenia, Barral, 1973, p. 215
7 Deleuze, Gilles, Parnet, Claire, Diálogos, Pretextos, Valencia, 2004, p. 90
8 Foucault, Michel, El pensamiento del afuera, Pre-textos, Valencia, 2000, p. 12
9 Deleuze, Gilles, Guattari Félix, Kafka, por una literatura menor, Era, México, p. 33
10 Ibíd., p. 31
11 Delueze, Gilles, ¿Qué es la filosofía?, anagrama, Barcelona, 2003, pág. 90-91
12 Cáceres, Omar, La defensa del Ídolo, Lom, Santiago de Chile, 1997
13 Maquiera, Diego, Los sea Harrier, Universitaria, Santiago de Chile, 1994
Revista Observaciones Filosóficas - Nº 7 / 2008


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