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Revista Observaciones Filosóficas


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art of articleart of articleReseña. Luc Ferry y Alain Renault, Heidegger y los modernos

Dr. Rodrigo Frías Urrea1 - Universidad Andrés Bello

Uno de los pensadores más influyentes del siglo XX, dentro de la tradición europea continental, es Martín Heidegger. En efecto, casi no hay filósofo contemporáneo importante que no entre en diálogo con él, ya sea para afirmarlo, profundizarlo o, simplemente, para refutarlo. Y dentro de las múltiples cuestiones que la reflexión de Heidegger suscita, la del significado del humanismo y su 'valor' ocupa un lugar destacado. En término generales, como se sabe, humanismo designa básicamente dos cosas. En primer lugar, la recuperación renacentista de los autores de la antigüedad clásica (especialmente latinos) en vistas de un nuevo ideal de formación integral para el hombre; y en segundo lugar, ahora desde un punto de vista más filosófico, humanismo designa el intento de derivar de un concepto del ser del hombre reglas éticas y políticas mediante las cuales sea posible alcanzar una vida lograda o feliz. Todo humanismo, por lo tanto, parte de una determinada interpretación del ser del hombre de la que a posteriori, diríamos, deriva las reglas ética y políticas. Pues bien, a juicio de Heidegger, lo verdaderamente problemático en todo esto no ha sido las reglas éticas y políticas humanistas (dentro de lo cual se cuentan, en la modernidad, 'valores' como la igualdad y la democracia) sino aquella comprensión del ser del hombre de la que aquéllas se han derivado, y que a su juicio no ha sido una comprensión suficientemente radical o profunda. Así, lo que se propone mostrar en la "Carta sobre el Humanismo", del año 1947, es la necesidad de ir más allá del concepto tradicional del ser del hombre (que al pensarlo como un 'animal racional' o, especialmente en la época moderna, como una 'cosa pensante' lo convierte, a la larga, en 'el señor dominante de todo lo que existe', der Herr des Seienden) hacia una comprensión nueva, en la que el hombre quede comprendido como 'pastor del ser' (Hirt des Seins) o 'vecino del ser' (Nachbar des Seins). De ahí el proyecto heideggeriano de desconstruir la comprensión humanista del hombre, y en especial, la versión moderna del humanismo.

Lo problemático de todo esto, sin embargo, desde el punto de vista de los autores del libro "Heidegger y Los Modernos", es que esa desconstrucción heideggeriana del humanismo 'moderno' -en vistas de una comprensión más esencial del ser del hombre- es políticamente muy peligrosa, pues implica una crítica radical a todos los principios fundamentales de la época moderna, en especial la democracia y los derechos del hombre. De modo que, en Heidegger, resultarían inseparables la crítica al humanismo 'moderno' y la necesidad de superar la democracia 'ilustrada' que este humanismo moderno promueve mediante una forma de organización política totalitaria, que esté a la altura de los desafíos de la época técnica. De ahí que, a juicio de Ferry y Renaut, sea una ingenuidad imperdonable o un error (o, más exactamente, "el error por excelencia de la filosofía francesa contemporánea") creer que se pueda adherir a la crítica radical heideggeriana del humanismo moderno y, al mismo tiempo, usar esa misma crítica para 'fortalecer' la democracia o 'purificarla' de sus posibles defectos. Que es precisamente lo que habría sucedido, según los autores, con gran parte de la intelligentsia francesa de izquierda, que dócilmente se habría dejado seducir por el discurso crítico de la desconstrucción radical del humanismo moderno sin advertir el peligro totalitario neoconservador que late en el discurso antihumanista (y, por lo mismo, antimoderno) de Heidegger. La 'falta', en consecuencia, no es del pensador antimoderno que es Heidegger sino de aquellos que, olvidando que el humanismo moderno es muy distinto a lo que Heidegger entiende por tal, 'ingenuamente' se han tragado el discurso postmoderno de la desconstrucción. El problema, así, es doble. Por una parte, está la manera (inapropiada e inexacta, a juicio de los autores) en que Heidegger entiende la modernidad y el humanismo; y por otra, la apropiación de ese discurso crítico por parte de destacados intelectuales. La solución, por lo tanto, no consiste sólo en poner de manifiesto -especialmente para esos 'ingenuos' que son los heideggerianos franceses, como Derrida- hasta que punto están en íntima correspondencia la crítica radical al humanismo moderno y la opción totalitaria antimoderna que es el nazismo (cuestión a la que los autores dedican más de la mitad del libro); pues, en realidad, lo que verdaderamente importa es mostrar que el genuino humanismo moderno -según ya habrían visto los pensadores de la Ilustración o Aufklärung- es muy distinto a la 'caricatura' que de él se armó Heidegger. En efecto, a juicio de Ferry y Renaut, el humanismo verdadero es aquella liberadora comprensión de la esencia del hombre según la cual lo propio de éste es ser radical 'trascendencia', en el sentido de que el hombre es siempre más que cualquiera de sus determinaciones sociales (la 'clase') o biológicas (la 'raza'). De modo que, a juicio de los autores, sólo desde el humanismo moderno es aún posible criticar las cosificaciones biologizantes del antisemitismo nazi (en la que se niega precisamente que el hombre sea más que la raza a la que pertenece), y nunca desde más allá de él, como pretenden Heidegger y sus seguidores franceses. Todo lo cual, por último, lleva a los autores a esta sorprendente paradoja: si Heidegger criticó esas cosificaciones biologizantes del nazismo (como en efecto lo hizo, en especial después del fracaso del rectorado) lo pudo hacer sólo porque siguió siendo, pese a él mismo, humanista y moderno. Lo que la hora presente demandaría, en consecuencia, no es embarcarse en el proyecto de la desconstrucción del humanismo moderno (desconstrucción cuyo anverso es, según los autores, el totalitarismo) sino, a la inversa, resituarse al interior del proyecto moderno y humanista de la autonomía y la libertad, para desde allí hacer cumplir a la democracia ilustrada las promesas que hizo y no ha realizado.

La cuestión de fondo que plantean estos autores, y de la que se ocupan especialmente en la segunda parte del libro, es de la mayor importancia filosófica y política: la de qué significan, propiamente y más allá de los eslóganes, el humanismo y la modernidad. Aunque, claro está, no es necesario estar de acuerdo con todos sus planteamientos e interpretaciones, especialmente en lo que se refiere a la tesis de la supuesta indisoluble vinculación entre la crítica al humanismo moderno y el totalitarismo, como si la opción crítica de Heidegger respecto del humanismo significara, necesariamente, tomar partido por lo inhumano y 'salvaje'. En este sentido, sólo quisiera recordar lo que el propio Heidegger señala en relación a esta idea, cuando dice: "El pensamiento de "Ser y Tiempo" está contra el humanismo. Pero esta oposición no significa que semejante pensar choque contra la humano y favorezca a lo inhumano, que defienda la inhumanidad y rebaje la dignidad del hombre. Sencillamente, piensa contra el humanismo porque éste no pone la humanitas del hombre a suficiente altura" ("Carta sobre el Humanismo"). Uno puede pensar, naturalmente, que la única época que ha puesto la humanitas del hombre a suficiente altura ha sido la época moderna y que, además, la única forma de organización política legítima es la democracia ilustrada. Sin embargo, lo que no se puede hacer (sin caer en otra sutil y perversa forma de totalitarismo) es estigmatizar a aquellos que han afirmado algo distinto, como si la democracia y la modernidad (y sus defensores) tuvieran el monopolio del bien.


 

1 Rodrigo Frías Urrea (Santiago de Chile, 1967) Magister en Filosofía Universidad de Chile y Doctor en Filosofía por la Pontificia Universidad Católica de Chile, PUC. Director del Departamento de Filosofía Universidad Andrés Bello, colaborador habitual en la sección cultural del diario El Mercurio.


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