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Revista Observaciones Filosóficas


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art of articleart of articleTradición, innovación y técnica; sobre el sentido actual de las humanidades

Dr. Jesús Rodolfo Santander - Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, México
Resumen
Este artículo quisiera mostrar por qué al cultivo de las humanidades y de la filosofía –portadoras de grandes tradiciones y referidas en su reflexión a lo propiamente humano- debe reconocérsele un sentido y un papel indispensable en un mundo en el que, como el de hoy, la humanidad está cada vez más unilateralmente sometida a una innovación técnica que, unida a la lógica capitalista, no se detiene ante ningún límite.

Abstract
This article tries to show why it must be recognized that the working out of human sciences and philosophy -beholders of great traditions and related in their reflection to what is appropriately human- has vitally necessary meaning and role in a world in which humanity is more and more unilaterally submitted to a technological innovation that, joined together with a capitalist logic, expands itself without restrictions.

Palabras clave
Tradición, innovación, técnica, límites del progreso tecnocientífico, humano, humanidades, filosofía

Keywords
Tradition, innovation, technique, limits, progress, human, human-sciences, philosophy.



De una u otra manera, casi todos los países viven hoy, cada vez con menos excepciones, en un mundo industrializado determinado por la técnica y globalmente dominado por la economía capitalista, una época histórica que constituye para nosotros, individuos, un destino que no hemos elegido y no podemos eludir. Sólo nos queda hacerle frente. Esta situación nos concierne a nosotros humanistas de una manera especial, como trataré de mostrar refiriéndome a la relación entre la tradición y la innovación tecnológica.

En los tiempos antiguos, la técnica acrecentaba modestamente el poder humano de actuar sobre el entorno, en armonía con la naturaleza, sin disolver los valores transmitidos por la tradición ni intervenir mayormente en la humana naturaleza. Junto a las técnicas del artesano, el campesino, el guerrero, el político, el sabio y el poeta practicaban cada uno las suyas y las transmitían a sus descendientes, por lo común sin mayores innovaciones. Los hombres echaban raíces profundas en su tierra natal, arraigaban en sus costumbres y en sus tradiciones portadoras de ideales, normas y valores. Había entonces un tiempo para la siembra, otro para la cosecha, uno para el canto y la fiesta profana, otro para la ofrenda a los dioses, uno para el trabajo, otro para la meditación, uno para el saber y la lectura, otro para la música, un tiempo para la familia, otro para los asuntos de estado, uno para la paz y otro para la guerra. En épocas de paz, los tiempos se sucedían apaciblemente, de acuerdo a actividades que se ajustaban al ritmo marcado por la sucesión del día y de la noche y de las estaciones del año. Desde luego, no insinúo que esos tiempos fueron la Edad de Oro de la humanidad, pues no olvido que esas edades fueron azotadas por grandes calamidades: la esclavitud, la peste, el hambre, las guerras. Los hombres nunca conocieron una existencia sin sufrimiento. La vida nunca fue un pastel de crema. Siempre hubo sinsabores. Y sin embargo, pese a todo, debió ser un mundo más sereno y, en ciertas épocas, un mundo espiritualmente más rico, pues en el juego de la vida tenían un lugar todas las dimensiones de lo humano. Aquellos hombres de antes eran sin duda, en esencia, tan libres como los somos nosotros, hombres de hoy, pero a diferencia de nosotros, aquéllos eran más parecidos a esos árboles fuertes y majestuosos que se nutren de una tierra fértil que a esos árboles escuálidos o secos que se ven en el desierto. Los hombres de aquellos tiempos, quizás por alimentarse del suelo nutricio natal y de sus antiguas tradiciones, produjeron obras que aún se admiran y se estudian, obras que han inspirado a todas las épocas de la historia. ¿O acaso no pasa eso en la tradición occidental con las obras de Esquilo y Sófocles, de Platón, Aristóteles y Euclides, de Virgilio y Dante, con el Corpus Iuris Civilis de Justiniano o las obras de Kant y Hegel –para no citar más que algunas de las relevantes? ¿O en otras tradiciones, con los textos de Confucio y Lao Tsé, del pensamiento de Buda o del Antiguo y del Nuevo Testamento? En alguna de esas y otras obras incomparables, cada generación ha hecho la experiencia de la grandeza del espíritu. Esas obras surgían de tradiciones (por ejemplo, el Nuevo Testamento, del Viejo Testamento) que dejaban formarse en su seno nuevas creaciones literarias, filosóficas, religiosas, artísticas, jurídicas y científicas, las que por su parte continuaban a las antiguas tradiciones dando origen a veces a una nueva tradición, en ocasiones, en ruptura con la anterior. La filología reinterpretaba los antiguos textos de Grecia y Roma para actualizar o extraer de ellos un nuevo sentido, así como la exégesis buscaba vivificar la letra muerta de los antiguos escritos de las Sagradas Escrituras, sea tratando de reencontrar el viejo espíritu que los había animado, sea desvelando en ellos un nuevo sentido. Fue en el curso de esas grandes tradiciones que nacieron la filosofía, la historiografía, la gramática, la retórica, la lógica, la astronomía, la aritmética, la geometría, la música, saberes fundamentales de la cultura, y fue en ellas que se constituyeron en la Edad Media europea el trivium y el quadrivium, aquellos estudios que formaban al hombre libre y que por eso se denominaban artes liberales, opuestas a las artes mecánicas. Más tarde algunas de estos saberes constituirían parte del contenido de lo que se llamarán las ciencias morales o ciencias del espíritu, y que por último se han dado en llamar ciencias humanas o humanidades. Podemos recordar esta definición general que da El Diccionario Enciclopédico Grijalbo (1995) sobre las humanidades: “conjunto de materias que enriquecen el espíritu, especialmente la filosofía, la historia, las artes, etc.”. Bajo un nombre u otro, esas ciencias se han abocado siempre a considerar la sustancia histórica y espiritual del hombre, es decir, la sustancia de un ser vivo que no pertenece sólo al mundo biológico sino que también habla, participa en el mundo de los símbolos y pertenece a una tradición histórica y a una cultura, siendo capaz de habla, de trabajo, de derecho, de arte, de religión y de filosofía. En esa esfera se mueven los estudios de la Facultad de Filosofía y Letras de una universidad, por cierto sin estar sola en esos estudios. También podemos inscribir en ese campo a otras Facultades de una universidad, como son, a título de ejemplo, las facultades de Psicología, de Artes, de Derecho, de Ciencias Sociales.

En este campo, más que a ningún otro, se plantea a los humanistas –llamemos así a quienes se entregan al cultivo de estas disciplinas- la tarea de recibir y preservar los tesoros de la tradición para luego transmitirlos a la generación siguiente. Ésta es una tarea de gran importancia, pues sin memoria del pasado, el tiempo pasaría sin dejar rastro y, en rigor, el hombre no habría llegado nunca a ser hombre. El hombre, puede decirse, existe de una manera esencial gracias a su memoria.1 Los humanistas han contribuido y contribuyen a esa tarea; bástenos pensar en los historiadores.

Con ser importante, esa no es empero la única tarea. No se trata en efecto sólo de conservar. Cada momento del tiempo es nuevo, aunque más no sea porque -como lo pensaba Henri Bergson- el momento presente supone y se eleva sobre uno anterior. Cada nueva situación histórica ha planteado a los hombres una tarea inédita que éstos han enfrentado con los recursos recibidos del pasado dentro de una tradición. Esta tradición ha debido ser cada vez reelaborada para hacer frente a lo nuevo. En esa tarea de reelaboración de lo transmitido para dar lugar a lo nuevo han colaborado y deben colaborar especialmente la filosofía y las ciencias humanas. Ahora bien, esa tarea no es fácil, y lo es menos aún cuando las situaciones que se plantean son tan novedosas que conducen dentro de la tradición y frente a ella a un rompimiento. Un ejemplo de ello, tomado de la filosofía, es el pensamiento de Kant.

En ruptura con la tradición metafísica dogmática de la que provenía a través de Leibniz y Christian Wolf, Kant piensa la nueva situación determinada por la mecánica newtoniana reelaborando los viejos conceptos del racionalismo y del empirismo, y creando a partir de ellos los nuevos conceptos que están a la base de su filosofía crítica. En la tradición del Idealismo Alemán, Hegel hará lo propio con Kant, Fichte y Schelling reelaborando las nociones recibidas de ellos (y no sólo de ellos) y creando con esas nociones los nuevos conceptos de su sistema para hacer frente a las nuevas exigencias del pensamiento. Sabemos de las grandes dificultades que estos hombres encontraron en la realización de sus programas filosóficos y nos imaginamos la magnitud de la tarea, el hercúleo esfuerzo requerido.

Pero la tarea de las humanidades tendrá que ser más difícil que nunca cuando se está en una época de crisis, es decir, en una época histórica que no sólo revela una novedad radical en relación a la anterior sino también una oposición abierta, sino es que francamente hostil de cara a las grandes tradiciones. Una tal situación se verifica a lo largo de los siglos de surgimiento y despliegue del mundo moderno. Nosotros pertenecemos a tal mundo, a una época tal. Y nuestra situación actual es la de un extremo conflicto entre la imagen humana transmitida por la tradición, de una parte, y diversas innovaciones tecnológicas producidas por la ciencia, de la otra. Las antiguas tradiciones, que preservaban y transmitían valores y normas éticas, que eran portadoras de elevados ideales de vida, como el ideal del sabio que busca la verdad, el ideal de justicia, el del hombre de honor, el de la lealtad, la generosidad, el desinterés, la pobreza, la amistad, el respeto a la palabra empeñada..., valores que configuraban una elevada forma de vida humana, han sido vapuleados y escarnecidos sin piedad –por no decir masacrados- por innovaciones tecnológicas solicitadas por un sistema capitalista dominado por especuladores cínicos a la caza de beneficios indecentes y por la transformación vertiginosa y disolvente que, en la sociedad y en la cultura, esas innovaciones suelen provocar.

Pero el problema es más hondo. Con el proyecto moderno de hacer al hombre amo y señor de la naturaleza, la técnica avanzó en los tres últimos siglos produciendo transformaciones no sólo benéficas sino también transformaciones cada vez más profundas y perturbadoras en todos los dominios del ente sobre la Tierra y, también podemos decirlo ahora, más allá de ella, pues ya estamos contaminando a la Luna y al planeta Marte. En la segunda mitad del siglo XX y en los primeros años del XXI, la técnica se vuelve resueltamente sobre la vida y luego sobre el hombre, cuyo cuerpo y naturaleza caen últimamente bajo su mira. En efecto, al descubrir el código genético (ADN), las tecnociencias violan uno de los secretos más resguardados de la vida abriendo la puerta para conquistar, en pocos años, un inmenso poder sobre toda forma de vida, sea ésta vegetal, animal o humana. Así, las biotecnologías conquistan primero el poder de crear por clonación2 un ser vegetal o animal haciéndolo igual a otro (clonación de la oveja Dolly) y, desde hace poco, también la posibilidad de clonar a un hombre.

Las tecnologías de las células madres humanas es otro ejemplo. Las tecnologías de las células madre3, células que pueden ser extraídas del cordón umbilical, de las muelas del juicio o de otros lugares del cuerpo, ya han permitido regenerar parcial o totalmente órganos enfermos, como por ejemplo una piel humana enferma, lo que sin duda es inatacable éticamente, pero que más adelante, si proyectamos la tendencia que en ellas se perfila, buscarán regenerar o quizás reemplazar (este es el anhelo declarado) todos los órganos del cuerpo, dando pábulo de esta manera a la vieja quimera de la “eterna” juventud y al sueño de la “inmortalidad”. O también crear completamente, mediante la manipulación de una célula madre, un ser humano nuevo diseñado por encargo, como ya se hizo en España. El 14 de octubre del 2008 nació el primer niño diseñado para suministrarle médula espinal sana a su hermano4, lo que por cierto ya difícilmente puede ser aceptado. ¿Por qué no? No es ni ética ni políticamente aceptable, si pensamos en las probables consecuencias. En las condiciones concretas de la sociedad actual, un hombre diseñado podrá tener las características deseadas por los padres adinerados que tendrán hijos biológicamente más dotados que mejorarán sus chances en la vida, pero esta aspiración al mejoramiento de sus retoños no podrá ser abrigada por la inmensa mayoría de los padres pobres que pueblan este mundo. Los hijos de los pobres podrán ser subclasificados como subhombres frente a los ricos genéticamente mejorados como superhombres. La injusticia que es hoy sólo social se convertirá en una determinación no sólo social sino también biológica. En una sociedad posible y no improbable, digamos una sociedad de tipo orweliana, donde el hombre, asumiendo totalmente una función que hasta ahora ejercía la naturaleza, elimina el azar de los nacimientos buscando superar la imperfección del ser humano natural con métodos biológicos (eugenesia), los seres diseñados biológicamente podrán tener, además, las características deseadas por las empresas o los estados, los cuales destinarán a algunos de esos seres a la dirección del estado o de la empresas, a otros en cambio, a funciones subalternas. Y si aumentamos indefinidamente la esperanza de vida, tendrán que disminuir necesariamente los nacimientos, a causa del los recursos cada vez más reducidos de que disponemos en la Tierra. Y si la sociedad se decide por los nacimientos, cabe preguntarse: ¿qué decidirá sobre los viejos?

No hemos llegado todavía a ese punto, ¿pero quién podría asegurarnos que no nos dirigimos ya hacia él, que una especie de utopía, a menudo anticipada por obras de literatura de ciencia ficción, no dirige obscuramente a las tecnociencias hacia ese rumbo mal iluminado? Al fin y al cabo, los científicos son tan humanos como cualquier otro ser humano y necesitan como estos tener una imagen del futuro.

Hoy, los estados que se expresan sobre el asunto de la clonación humana se declaran en su mayoría como opuestos a su uso; pero el invento ya está ahí, y una vez inventado es indestructible como una idea platónica, como diría Gunther Anders.5 Tarde o temprano podrá la sociedad en el futuro echar mano de él con consecuencias aberrantes. Por eso, antes de admitir esos “avances” de la ciencia que pretenden comportar un progreso para la humanidad, deberíamos interrogarnos qué consecuencias implican para el futuro y si estamos dispuestos a aceptar las consecuencias. Y tendríamos la obligación de oponernos a aquellas técnicas que comprometen lo humano y el futuro de la Tierra. Si contrariamente a nuestros hábitos apelamos seriamente a nuestra capacidad de representar y de imaginar, si nos detenemos a pensar, difícilmente algunos de nosotros desearía vivir en un mundo habitado por clones humanos, humanoides subclasificados y superhombres diseñados, y sumido, encima, en un entorno saturado de organismos genéticamente modificados. Me cuesta pensar que alguien pueda sonreír al considerar esta perspectiva y desear ver convertidos próximamente a sus semejantes en monstruos en un mundo de monstruos. ¿No debemos acaso, en estas circunstancias, intervenir frente a la hybris de la técnica para preservar lo humano en la Tierra? Como por nuestra acción o inacción preparamos en alguna medida el futuro, somos responsables hoy por las generaciones de mañana. Asumir esa responsabilidad es como un nuevo mandamiento, sobre el que nos ha instruido Hans Jonás en su Principio de Responsabilidad6. No debemos dejar en manos de tecnócratas, de plutócratas o de políticos indecentes o de intelectuales orgánicos de la Máquina, la decisión sobre los asuntos científicos que la tecnociencia ha de investigar o sobre las innovaciones que las corporaciones multinacionales o los estados quieran introducir. Este asunto nos concierne, ética y políticamente, a todos y cada uno de los miembros de la comunidad humana, y en una sociedad democrática es esta comunidad -y no un grupo de hombres vestidos de blanco en sus laboratorios- quien debe decidir el futuro de la humanidad. En este punto debemos ser conscientes que filósofos y humanistas tenemos que pensar y actuar, junto a los otros miembros de la sociedad, como funcionarios de la humanidad. Y frente al progreso de la técnica, que no da muestras de saber bien adónde se dirige, pues ni siquiera se lo pregunta, ni tiene en cuenta -o no le importan- las consecuencias humanas, éticas y sociales probables de sus innovaciones, frente pues a un progreso ciego que no trajo consigo las luces prometidas por la Aufklärung, los filósofos deben volver a plantear la cuestión de si no hay un límite para las transformaciones científicas modernas, y preguntarse si todo debe ser considerado materia manipulable –materia manipulable desertada por los dioses, si puedo expresarme así- y si no tendría que reconocerse en la naturaleza y en el hombre algo sagrado que no debiera ser hollado por las intervenciones y ataques de la técnica. ¿Debemos admitir que no hay nada sagrado en el hombre? ¿qué todo es manipulable? ¿que no puede establecerse ningún límite al impulso prometeico de la ciencia, ningún límite a los deseos sin límites de los hombres? El filósofo debe preguntarse de nuevo en la situación histórica así definida: ¿qué es la naturaleza?, ¿quién es el hombre?, ¿qué es verdaderamente la técnica?, ¿qué es la ciencia? ¿Y qué actitud y posición se debe tomar frente a la técnica en general y en relación a cada innovación tecnológica en particular? Cuestiones éstas, que no se pueden tomar a la ligera y cuya elaboración demanda una necesaria tarea de reflexión sobre lo humano y de orientación de la comunidad humana en vistas a que, al deliberar y decidir sobre innovaciones técnicas, sus miembros estén en pleno conocimiento de todo lo que de grave y de esencial que está en juego en estos asuntos. Tarea de filósofos, tarea de humanistas. Tarea, en todo caso, en la que filósofos y humanistas deben tomar la iniciativa.



Dr. Jesús Rodolfo Santander
Profesor-investigador en la Facultad de Filosofía y Letras de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, México, coordinador del Centro de Investigaciones Filosóficas y Director de la Revista de Filosofía La lámpara de Diógenes.


Fecha de recepción: 20 de febrero de 2009

Fecha de aceptación: 3 de marzo de 2009


1 Dilthey, que ha reflexionado tan profundamente sobre la historia, a su manera atribuía a la memoria del pasado esa función esencial para la vida humana cuando decía: “El presente nunca es; lo que vivimos como presente encierra siempre el recuerdo de lo que, en sí, era precisamente presente… el continuado efectuarse del pasado como fuerza en el presente, el significado del mismo para él, le comunica a lo recordado un carácter propio de presencia, por medio de la cual queda englobado el presente.” Y cuando decía: “El vivir es un transcurso en el tiempo, en el cual cada estado, antes de hacerse más claramente objeto, se transforma, pues el momento presente se construye siempre sobre el anterior, y en el transcurso todo momento –no captado todavía- se hace pasado. Aparece entonces como recuerdo…” (s.p.m.) En “Esbozos para una crítica histórica”, en Wilhelm Dilthey: Dos escritos sobre hermenéutica. Traducción de Antonio Gómez Moya. Madrid. Agora de Ideas. Istmo, 2000, pp. 117 y 119. Más claramente, José Ortega y Gasset -evocando a los llamados “doctrinarios”, historiadores franceses del siglo XIX- decía pocas décadas más tarde: “la historia es la realidad del hombre. No tiene otra. En ella se ha llegado a hacer tal y como es. Negar el pasado es absurdo e ilusorio, porque el pasado es ‘lo natural del hombre, que vuelve al galope’.“ Desde luego, eso no significaba de ninguna manera que el hombre quedara completamente determinado por lo que había sido, como pasa a los seres del mundo natural (todo tigre es siempre el primer tigre). Todo lo contrario, el hombre tiene futuro y su pasado se le presenta como una tarea: “El pasado no está ahí y no se ha tomado el trabajo de pasar para que lo neguemos, sino para que lo integremos.”(s.p.m.) J. Ortega y Gasset, La rebelión de las masas, Madrid, Revista de Occidente en Alianza Editorial, 2005. p. 25-26. Estas ideas se resumen de manera muy radical en la conocida fórmula de Historia como sistema: “El hombre es lo que le ha pasado, lo que ha hecho. Pudieron pasarle, pudo hacer otras cosas, pero he aquí que lo que efectivamente le ha pasado y ha hecho constituye una inexorable trayectoria de experiencias que lleva a su espalda…el hombre no tiene naturaleza, sino que tiene…historia”. (s.p.m.) Historia como sistema y otros ensayos de filosofía. Madrid. Revista de occidente en alianza Editorial. 1981, p. 48.

2 “Clonar es crear una copia exacta de algo, desde el ADN hasta organismos enteros.” Salvador Macip, Inmortales y perfectos. Cómo la medicinas cambiará radicalmente nuestras vidas. España, Ed. Destino, 2008, p. 270.

3 Células madre son “células no diferenciadas capaces de dividirse indefinidamente y dar lugar a diferentes tipos celulares. En sus estados iniciales, el embrión está formado mayoritariamente por estas células”. Ibídem.

4 “Fue una clonación terapéutica, es decir, se crearon células madres genéticamente idénticas a las células de un paciente, con el objetivo de utilizarlas para poder tratar o curar una enfermedad sin que se reproduzca ningún rechazo.”, Ibidem.

5 Günther Anders: Filosofía de la situación. (Antología). Madrid. Los libros de la catarata, 2007, p. 86.

6 Hans Jonás, El principio de responsabilidad. Ensayo de una ética para la civilización tecnológica. Madrid, Herder, 1995.
Revista Observaciones Filosóficas - Nº 8 / 2009


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