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Revista Observaciones Filosóficas


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art of articleart of articleEsbozo para una fenomenología de la palabra y los “actos de habla”; de Aristóteles a J. L. Austin

Dr. © Cristian Palazzi - Universidad Ramon Llull, Barcelona
Resumen
Con este artículo se pretende realizar una brevísima fenomenología de la palabra y en este sentido plantear un recorrido a través de algunas características, funciones y efectos que muestra el lenguaje. Así llegamos a la conclusión de que la palabra además de representar el mundo, lo delimita a la vez que lo devela. Vemos por tanto que la palabra prefigura el mundo en que vivimos. Se habla también de que la palabra, como metáfora, crea nuevos significados que amplían nuestro horizonte de comprensión. Y por último se analiza el poder de la palabra para hacer cosas y para crear comunidad. Sin pretender abarcar todos los sentidos posibles del valor de la palabra confiamos que este texto sirva de provecho para conocer de cerca algunos aspectos de la palabra que nuestro día a día esconde sin que nos demos cuenta.

Abstract
This communication try to make a phenomenology of the word and in this sense raise a tour through some features, functions and effects that the language shows. We conclude that the word also represents the world, define and reveal it. We see therefore that the word prefigure the world in which we live. We talk also that the word, as a metaphor, creates new meanings that expand our horizon of understanding. And finally we examine the power of words to do things and to do community. Without pretending to cover all possible directions of the value of the word we believe that this text will serve to know some aspects about the word that our day to day hides without our knowledge.

Palabras Clave
Fenomenología, Filosofía del lenguaje, Metáfora, Teoría de la comunicación, Actos del habla.

Keywords
Phenomenology, Philosophy of language, Metaphor, Communication theory, speech acts.


"La Otra Mitad es la Palabra. La Otra Mitad es un organismo. La Palabra es un organismo. La presencia de la Otra Mitad como un organismo diferenciado y atado a tu sistema nervioso mediante una aérea línea de palabras puede ser ahora demostrada científicamente. Una de las más comunes "alucinaciones" de sujetos sometidos a supresión sensorial es el sentimiento de otro cuerpo extendido dentro del suyo. Es la Otra Mitad que ha trabajado durante muchos años de una manera simbiótica. De la simbiosis al parasitismo hay un pequeño paso. La Palabra pudo estar una vez en una célula nerviosa sana. Ahora es un organismo parásito que invade y daña el sistema nervioso. El hombre moderno ha perdido la opción del silencio. Intenta detener tu discurso sub-vocal. Intenta conseguir al menos diez segundos de silencio interior. Te encontraras con un un organismo resistente que te fuerza a hablar. Ese organismo es la Palabra".

William S. Burroughs, El ticket que explotó. 1962



§126. La filosofía expone meramente todo y no explica ni deduce nada. –Puesto que todo yace abiertamente, no hay nada que explicar. Pues lo que acaso esté oculto, no nos interesa.

Ludwig Wittgenstein, Investigaciones filosóficas. 1954


Introducción

Cuando uno se adentra en el terreno tan vasto como es el de la palabra se encuentra con infinidad de posibilidades para empezar a hablar de ella. Muy pocos pensadores han dejado de considerar este célebre tema. De hecho, entre tantos puntos de vista, corremos el riesgo de perdernos si no somos capaces de dirigirnos hacia alguna parte. Es menester por tanto buscar la manera de orientarnos entre tantas posibilidades. Es posible que muchas de estas posibilidades puedan ser la correcta, pero no es nuestra intención aquí dar la razón a nadie. Simplemente, vamos a intentar dejarnos llevar por la senda que ha ido construyéndose en torno a la palabra de manera que sepamos conducirnos al lugar donde nos dirigimos: el valor de la palabra.

Con esa fría ironía podemos notar que toda solución es sospechosa porque siempre aparece cuando la necesitamos, por ello no queremos tratar este tema desde el punto de vista problemático, como si al final de nuestra exposición tuviésemos una definición precisa de aquello a lo que nos referimos. Más bien intentaremos que sea la palabra misma la que nos dirija, que sea ella la que nos hable de si misma. Quizás así podremos captar algo de lo que andamos buscando.

Salvando las distancias claro, podríamos decir que nos encontramos en la misma situación en la que se encontró San Agustín cuando intentó explicar el tiempo. Al final de sus Confesiones, Agustín se pregunta: “¿qué cosa es el tiempo?”. La respuesta es conocida: “si nadie me lo pregunta, lo sé; pero si quiero explicarlo a quien me lo pregunte, no lo sé” (libro XI, capt 14). A nosotros nos sucede lo mismo, vivimos inmersos en la palabra y eso hace que podamos sentir como hablamos. Así que si nadie nos pregunta lo que es la palabra sabemos lo que es, pero esta situación no nos da ningún conocimiento sobre el habla, con lo que si alguien nos pregunta que es no somos capaces de explicarlo. Para Agustín, como para nosotros, el primer escollo que nos encontramos para hablar de la palabra es que vivimos inmersos en ella.

En este sentido, nuestro ejercicio debería ser, paradójicamente, el más sencillo y el más difícil. Sencillo, porque su resultado no puede ser más que una obviedad para aquellos que saben hablar, y que, espero, se reconocerán en lo que decimos, y difícil, ya su esclarecimiento implica saber movernos a través las arenas movedizas del lenguaje usando el lenguaje mismo como vehículo. Corremos el riesgo de confundir el medio por el que nos transportamos con el bien interno que estamos intentando mostrar. En este punto nos inspiraremos en las palabras de Heidegger que dicen: “el camino de nuestro discurso debe ser de un modo y dirección tal que, donde quiera que nos dirijamos, nos despierte interés, nos conmueva de verdad en nuestra propia esencia1”.

1. Representa

Hemos convenido pues que a priori todo lo sabemos de la palabra, pero nada somos capaces de explicar de ella. Lo mejor que podemos hacer para empezar es por tanto preguntarle a ella misma. Preguntamos sobre el valor de la palabra y damos la palabra “palabra” por suficientemente expresada. Pero cuando dejamos de emplear la palabra “palabra” como un rótulo, cuando en lugar de “palabra” oímos el origen de la misma, entonces suena así: “parabállein”. La “palabra” nos habla ahora en griego. Lo griego es, en cuanto tal, un camino. Lo griego constituye para nosotros un camino paradigmático. Es nuestro camino. El que recorremos día a día. Un camino por el que transcurrimos desde hace casi treinta siglos.

En griego, el verbo paraballein indica movimiento: para “hacia”, ballein “lanzar”, “lanzar hacia”, pero un movimiento concreto: “poner al lado”, es decir, “comparar”. De paraballein provienen “palabra” y “parábola” y ambas están muy relacionadas con esta idea de la comparación. La primera vez que el verbo parlar aparece en lengua catalana es en al año 1178 en forma de parabolari, que significa “hacer comparaciones”. Y de hecho, una parábola no es otra cosa que una figura geométrica que, comparativamente hablando, siempre mantiene los mismos valores respecto de su foco y su eje.

Comparamos lo que decimos con lo que nos encontrando y, así, poco a poco, nos vamos conociendo y vamos conociendo el valor de la palabra. Designamos palabras a las cosas y formamos con ello el universo que entendemos. El universo de las palabras. A veces este universo que entendemos va más allá del universo que vemos o que escuchamos y eso es porque la palabra no es sólo un instrumento de captación de accidentes, sino que gracias a ella vamos construyendo el mundo en que vivimos.

Tal como Foucault nos enseña, la comparación que establecemos mediante el habla “no se opone al pensamiento como el exterior al interior o la expresión a la reflexión; no se opone a los otros signos -gestos, pantomimas, versiones, pinturas, emblemas- como lo arbitario o lo colectivo a lo natural y a lo singular, sino a todo esto como lo sucesivo a lo contemporáneo. Es, con respecto al pensamiento y a los signos, lo que el álgebra respecto a la geometría: sustituye a la comparación simultánea de las partes (o de las magnitudes) por un orden cuyos grados han de recorrerse unos tras otros. En este sentido estricto, el lenguaje es el análisis del pensamiento: no un simple recorte, sino la profunda instauración del orden en el espacio2

La palabra nos ayuda a ordenar el mundo. Mediante la palabra ponemos orden en los pensamientos sobre la realidad, a la vez que ordenamos del mundo en forma de pensamiento. Mediante el uso de palabras clavamos sobre las cosas ciertos fonemas que después deben servirnos para hablar de las cosas sin tenerlas delante, esto es, para representarlas. El orden de la representación es entonces el orden del discurso y, a su vez, es el orden del mundo.

Entendemos mejor estas intuiciones si nos atenemos al uso que hacían los griegos de las palabras. Tal y como podemos leer en Verdad y Método “la íntima unidad de palabra y cosa era al principio algo tan natural que el nombre verdadero se sentía como parte de su portador” Gadamer considera que los griegos entendían la palabra desde el nombre. “Y el nombre es lo que es en virtud de que alguien se llama así y atiende por él. Pertenece a su portador. La adecuación de un nombre se confirma en que su portador atiende por él. Parece en consecuencia que pertenece al ser mismo3”.

En Grecia, las palabras poseían valor representativo porque se creía que representaban perfectamente la realidad. Para el pensamiento griego, el mundo de la representación y el mundo real eran lo mismo, el lenguaje era mymesis. El hombre descubre las cosas y las nombra como si ese nombre tuviese el mismo peso ontológico que la cosa denominada. No en vano el terreno del lenguaje fue en la época clásica el terreno de la metafísica, ya que cada vocablo poseía una fuerza paradigmática. Podemos citar psyche, por ejemplo, la mente, el raciocinio, que no es más que esa potencia que “porta” (ochei) y “soporta” (echei) la “naturaleza” (physis). O el placer (hedone) que tiene que ver con el sacar provecho (onesis). O la propia palabra “nombre” que proviene de onoma, que corresponde al ser de on (el ser) sobre aquel que precisamente se investiga. Aunque lo reconocemos mejor en aquello que llamamos onomastón (nombrable), que significa el ser del que hay una investigación (òn hou másma estin)4.

La palabra desde la perspectiva griega tiene la capacidad de representar el mundo porque la semántica del lenguaje se corresponde con la realidad del ser y es significativa porque se adecua al ser de las cosas. La palabra, para los griegos, es parabólica, comparativa, correspondiente, adecuada a las cosas que nombra y de ahí proviene su fuerza y su capacidad para componer un orden por medio de la representación. Un orden, el del discurso que, como ya hemos dicho, es también el orden del mundo.

2. Decide

Defendemos entonces que, por medio de la representación, la palabra representa el mundo. Pero inmediatamente se nos aparece una inquietante cuestión. ¿Quien decide qué palabra debe utilizarse en cada caso? ¿Quien es el gran taxónomo? (“Taxonomía” proviene de taxis: ordenación, clasificación, y de nomos: ley, norma, regulación). ¿Quien es aquel que hace norma de su clasificación y con ello decide que palabra le corresponde a cada cosa?

Según lo dicho hasta ahora lo correcto sería decir que las palabras y las cosas se corresponden naturalmente y por tanto no puede existir un taxónomo más que aquel que ha creado las cosas o, en el caso de no existir este algo o alguien, que es la propia intuición del lenguaje la que capta la esencia de las cosas designándoles un nombre perfectamente adecuado. Ambas opciones son imposibles de certificar, así que lo que vamos a hacer es, cómo mínimo, ponerlas en duda.

Y para ello sacaremos a colación al auténtico maestro de la duda que fue Sócrates. Como sabemos, Platón escribió muchos diálogos y la mayoría de ellos son interpretados por su mentor, el esquivo Sócrates, de quien se sabe que, según el oráculo de Delfos, era el hombre más sabio de la antigua Grecia. Su método, el de la pregunta y respuesta, fue comparado en su momento con el de la comadrona, que es aquella que lentamente va extrayendo el niño del vientre de la madre, sin que ésta se de cuenta. Así lo vemos también en el Crátilo, diálogo de Platón sobre el lenguaje, donde con las constantes preguntas de Sócrates no dejan descansar al impetuoso Crátilo en el ejercicio de encontrar la verdad sobre la palabra. Fijémonos en este fragmento:

Es característico del método socrático el ir recogiendo una y otra vez las afirmaciones que se van planteando a la luz de todo lo dicho para observar así su coherencia interna. Este hecho hace que las afirmaciones de Sócrates vayan modificándose conforme avanza el diálogo de manera que nunca llegan a decir lo mismo y siempre dudan un poco más intensamente acerca de lo que se está hablando. La conclusión es conocida por todos, nada sabemos.

Y puesto que nada sabemos, seguimos dudando. El tema que se está tratando en este fragmento es que si hace falta conocer la cosa para otorgarle un nombre. Y si es así, quien posee un juicio tan recto como para no errar en su evolución ulterior. Un ejemplo actual que puede ayudarnos en este sentido es el caso del botánico que encuentra un nuevo tipo de orquídea o del biólogo que descubre un nuevo tipo de rana. Examinaremos el criterio que utilizan los investigadores para aplicar los nombres a las nuevas especies a fin de conocer cuales son los criterios contemporáneos que utilizamos en ese caso.

Actualmente se utiliza un sistema de clasificación jerárquico y de nombre de especie binomial que fue establecido por Linnaeus en 1758. Este sistema fue codificado en 1842 (Strickland et al. 1843) y ha llegado a ser el sistema usado por todos los zoólogos del mundo después de cambios y mejoras sucesivas.

El nombre de una especie se compone de en un nombre genérico y un nombre específico. Un género puede contener más de una especie, y las especies son clasificadas en un género según la afinidad genética percibida (principalmente a partir de las diferencias y similitudes morfológicas, aunque las técnicas bioquímicas proporcionan hoy en día nuevas informaciones adicionales). En una primera etapa, los taxónomos descubren o describen la especie (1) reuniendo especímenes recolectados sobre el terreno y/o prestados por las colecciones de los museos, (2) estudiando la variabilidad de los caracteres, (3) agrupando los especímenes en taxa de categoría especial, (4) comparando estas especies con las ya descritas, (5) nombrando las nuevas especies según las reglas específicas y (6) publicando esta descripción asociada a este nombre en las revistas científicas y en los libros6.

Este método taxonómico, que tuvo su principal inspiración en el Origen de las especies de Darwin, considera a los seres como una cadena relacionable y por tanto nombra cada tipo de ser a partir de un nombre común, del que se deriva uno particular. Utilizando este modo de clasificación mantenemos en cada momento el origen del animal y además explicamos su peculiaridad. Darwin sostenía que este tipo de sistemas debían reflejar la vida del ser que se está estudiando y que debía por tanto ponerse en relación con sus antecesores. Y así se hace actualmente, una vez conocemos los parentescos, la estructura genética, etc., enmarcamos la nueva especie dentro de una cadena de seres y publicamos nuestros resultados de manera que pasan a formar parte del lenguaje “oficial”.

Parece por tanto que, tal y como Sócrates advertía, para dar nombre a un nuevo animal lo primero que debes hacer es “conocerlo”, científicamente en este caso. Pero ¿es que hay alguna otra manera de conocer las cosas que no sea el modo científico?

Antes de desarrollar esta pregunta, empezamos por una simple constatación. Existen toda una serie de palabras que escapan del modo de clasificación de la ciencia. Palabras como chorrada, tío (en su acepción amistosa), peluco, fulas, mengano, subidón, trancazo, plasta, pero tampoco alma, amor, esperanza, guerra, no pueden ser explicadas según los criterios científicos que acabamos de exponer. Estas son palabras de uso corriente, casi callejero podríamos decir, y son utilizadas mucho más frecuentemente que los vocablos latinos que sirven para clasificar el mundo en el terreno de la ciencia. ¿Qué sucede con estas palabras? ¿Cual es su naturaleza y cual debe ser su modo de clasificarlas teniendo en cuenta que no responden a ningún criterio científico?

Decimos que estas palabras aparecen y desaparecen en función de su uso. Y esto es ya decir mucho. Pero ¿que tienen en común la palabra “nube” y la palabra “cumuloninbus”? Muy sencillo, que ambas, a través de caminos diversos, definen una realidad.

3. Desvela

Esta definición en sentido amplio desvela la realidad de las cosas sea por el camino de la ciencia sea por el camino ordinario. La palabra deja ver aquello de lo que se habla de manera más o menos inmediata. Como dice Heidegger, la estructura apofántica (que deja ver) de la palabra saca de su ocultamiento al ente de que se habla y nos permitir verlo, descubrirlo, como no-oculto7.

Un “flipado” es aquel que se cree por encima de sus posibilidades y un chulo, del latín sciolus, es un “enteradillo”. La segunda la encontramos en el diccionario, mientras que la primera pertenece al uso social que hacemos de ella. Ambas, pero, nos revelan algo del sujeto al que se refieren. Oficiales o no, las palabras, desvelan el ser del las cosas en forma de des-ocultación (aletheia) ya que nos dicen de la cosa aspectos que en apariencia no se observan, pero que forman parte de su esencia.

El ser de las cosas se nos mantiene oculto hasta que conocemos la palabra que le corresponde. La palabra, sea ordinaria, sea científica, se convierte así en el principal instrumento que utilizamos para comprender las cosas. La palabra des-ambigua, des-oculta, nos muestra que hay detrás del velo de la apariencia y dota de sentido a aquello que se nos aparece a través de la comprensión que demostramos cada vez que la utilizamos. Podemos conocer una palabra de la que desconocemos su significado, por ejemplo “zarandaja” (cosa menor, sin valor, de importancia secundaria), pero si no la comprendemos no podemos utilizarla. Comprendemos una palabra observando aquello que nos desvela, de manera que conocimiento y comprensión se unen en el lenguaje en un círculo virtuoso que nos permite descubrir el sentido del mundo.

Y no es extraño esto que estamos diciendo, muchas veces nos damos cuenta de qué son las cosas, de cómo son, a través de la palabra. Uno esta fatigado, apático, desganado y no sabe que lo que le sucede es que está deprimido. En el momento en que conoce la palabra y la comprende toma cartas en el asunto porque entiende lo que le está sucediendo. Él notaba que estaba mal, que algo no andaba bien, pero en el momento en que asimila la palabra es capaz de ponerle remedio. Ahora bien, ante tanto poder debemos ir con cuidado. Una excesiva confianza en la palabra puede llegar a hacernos creer que somos aquello no en realidad no somos y puede arrastrarnos a ser como se nos ha dicho que somos en una especie de alquimia relacional que nos posee sin que nos demos cuenta. La palabra desvela el mundo porque va más allá de la apariencia de lo que se nos aparece y eso le dota de una potencia que no debe ser menospreciada.

4. Prefigura

En su intento por desvelar el mundo la palabra nunca viene sola. Siempre se nos muestra como acompañada de otras palabras. Una palabra se acompaña siempre de un universo de vocabulario que de alguna manera la refuerza. En este sentido debemos entender que la palabra prefigura nuestra mirada. Inventa un mundo por medio de una constelación de significados que, como escondidas, acompañan a la palabra que utilizamos.

Nos dice Foucault “Lo que erige a la palabra como tal y la sostiene por encima de los gritos y de los ruidos, es la proposición oculta en ella8” Uno no es consciente de la carga existencial que poseen las palabras hasta que siente que detrás de ellas hay todo un horizonte metafórico de comprensión que las sustenta y las apoya generando todo un universo de significación. Yo digo “cara” e inmediatamente pensamos “el espejo del alma”, y decimos “pude ver el miedo reflejado sus cara”.

Es necesario convenir que estrictamente hablando la cara no es un espejo y que por tanto no refleja nada en sentido estricto, pero sin embargo estas significaciones no se nos hacen extrañas. Esto es así por que detrás de cada palabra hay todo un conjunto de palabras que, al modo de una galaxia, prefigura nuestro modo de entender el mundo en que vivimos. Y la razón de ello, como veremos, es que toda palabra es una metáfora9.

En occidente, por ejemplo, entendemos la discusión como una guerra: tus afirmaciones son indefendibles. Atacó todos los puntos débiles de mi argumento. Sus críticas dieron justo en el blanco. Destruí su argumento. Nunca le he vencido en una discusión. ¿No estás de acuerdo? Vale, ¡dispara! Si usas esa estrategia, te aniquilará10. Mientras que en oriente la discusión se concibe como un baile y así a uno “le invitan a hablar” o “le llevan de la mano hasta la solución de un problema”. Detrás de las palabras existe un campo metafórico de significación que define una determinada manera de movernos en el mundo. Así, la palabra implica movimiento, un movimiento semántico que condiciona nuestra forma de posicionarnos ante las cosas. Por esto decimos que las palabras ocultan un conjunto de palabras, una o más proposiciones, que dicen más de lo que dice la palabra sola.

Antes creíamos que era el conocimiento el que determinaba el valor de las palabras, pero ahora parece que esa es sólo una parte de la cuestión. En efecto, conocemos la hipótesis de Sapir-Whorf (nombre compuesto de Edward Sapir y Benjamin Lee Whorf, dos lingüistas americanos de principios del XX) que dice que el lenguaje no sólo es un producto cultural, sino que es la cultura misma y que por tanto existe una cierta relación entre las categorías gramaticales del lenguaje que una persona habla y la forma en que la persona entiende el mundo y se comporta dentro de él11. Las palabras, hemos dicho hasta ahora, prefiguran nuestra mirada relacionándose entre si en el horizonte metafórico de la comprensión. Como se relacionan es algo que vamos a delinear en los párrafos que siguen.

5. Crea

Si antes hablábamos de denotación, ahora vamos a hablar de connotación, dicho de la capacidad de la palabra para, además de su significado propio o específico, referirse a otro de tipo expresivo o apelativo. El lenguaje, sea cultural o natural, posee un mecanismo de relación propio que hemos denominado el complemento metafórico. El primer hombre que dijo “el sol muere cada noche” ¿que hizo sino alterar la correspondencia entre la palabra “sol” y la palabra “muerte”? O cuando decimos, “este chico es un perla” ¿no estamos transformando la relación esencial entre significado y significante, relación que en un principio nos servía cómo criterio para analizar las palabras?

La palabra que hasta ahora no era más que denotativa, referencial, correlativa, se abre a nuevas figuras que no necesariamente se corresponden con la díada referente-referenciado. La palabra en este caso ya no es un nombre propio sino un signo que apunta hacia otra cosa, es metafóra (metá: más allá, phorein llevar, transportar). La palabra se convierte en metáfora cuando nos lleva del universo denotativo al terreno de la connotación. El denotar significa la cosa, y cuando digo “perla” me refiero a la “concreción nacarada, generalmente de color blanco agrisado, reflejos brillantes y forma más o menos esferoidal, que suele formarse en lo interior de las conchas de diversos moluscos, sobre todo en las madreperlas”, mientras que el connotar nos muestra una nueva faceta que no es posible transmitir desde el orden referencial. Yo digo “la soledad es un sucio suelo” y no puedo decir que sea literalmente cierto, aunque sin embargo puedo decir que si lo es porque a veces, cuando estamos solos, nos sentimos sobre un terreno que no está bien, que nos molesta, que podríamos decir que está sucio. Gracias a la metáfora la palabra desdobla su significado “oficial” para tomar otro alternativo, aunque igual de real.

Dice Aristóteles en su Retórica “Las palabras corrientes comunican sólo lo que ya sabemos; solamente por medio de las metáforas podemos obtener algo nuevo12” ¿Algo nuevo? ¿A qué se refiere Aristóteles con “algo nuevo”?

Que la metáfora crea algo nuevo significa que nuestro lenguaje no sólo trabaja con referencias fijas, sino que hay en él un lugar para la imaginación y para la libre asociación de ideas. Es en el terreno de la libre asociación donde el hombre crea nuevos lenguajes, no convencionales, ni científicos, pero igual de significativos para él, hasta el punto que la única norma a la que nos podemos atener es que lo dicho sea comprensible. Cuán lejos estamos del método taxonómico de la ciencia en estos momentos. La ciencia dice, todo lo real es racional, y nosotros decimos todo lo comprensible es real. Veamos un poco más que queremos decir que esto.

Si volvemos a Aristóteles, esta vez a la Poética, encontramos que “es ciertamente una cosa grande hacer un uso propio de las formas poéticas...Pero lo más grande con mucho es ser un maestro de la metáfora. Esto es, en efecto, lo único que no se puede tomar de otro, y es indicio de talento; pues hacer buenas metáforas es percibir la semejanza13” ¿Percibir la semejanza?

Transcribo un poema que pertenece al libro Poeta en Nueva York de Federico García Lorca, poemario que como sabemos fue escrito durante los años 1929 y 1930 en la residencia de la Universidad de Columbia. Ya que este es un libro muy conocido me he permitido añadir uno de los poemas que no se editó en su momento y que por tanto no ha entrado en la selección oficial que se hizo para el libro. El poema, se titula, Infancia y muerte y dice así:

Para buscar mi infancia, ¡Dios mío!,

comí naranjas podridas, papeles viejos, palomares vacíos,

y encontré mi cuerpecito comido por las ratas

en el fondo del aljibe con las cabelleras de los locos.

Mi traje de marinero

no estaba empapado con el aceite de las ballenas, pero tenía la eternidad

vulnerable de las fotografías.

Ahogado, sí, bien ahogado, duerme, hijito mío, duerme,

niño vencido en el colegio y en el vals de la rosa herida,

asombrado con el alba oscura del vello sobre los muslos,

asombrado con su propio hombre que masticaba tabaco en su costado siniestro.

Oigo un río seco lleno de latas de conserva,

donde cantan las alcantarillas y arrojan las camisas llenas de sangre,

un río de gatos podridos, que fingen corolas y anémonas

para engañar a la luna y que se apoye dulcemente en ellos.

Aquí solo con mi ahogado,

aquí, solo con la brisa de musgos fríos y tapaderas de hojalata,

aquí, solo, veo que ya me han cerrado la puerta.

Me han cerrado la puerta y hay un grupo de muertos que busca por la cocina las cáscaras de

melón

y un solitario, azul, inexplicablemente muerto,

que me busca por las escaleras, que me mete las manos en el aljibe,

mientras los astros llenan de ceniza las cerraduras de las catedrales

y las gentes se quedan de pronto con todos los trajes pequeños.


Para buscar mi infancia, ¡Dios mío!,

comí limones estrujados, establos, periódicos marchitos,

pero mi infancia era una rata que huía por un jardín oscurísimo,

una rata satisfecha, mojada por el agua simple,

una rata para el asalto de los granes almacenes

y que llevaba un anda de oro entre sus dientes diminutos14.


La torsión poética que Lorca imprime a las palabras explica por si misma el valor de la metáfora: comer palomares vacíos, el traje empapado de aceite de ballena, donde las alcantarillas cantan y un río de gatos podridos fingen corolas y anémonas, astros que llenan de ceniza las cerraduras de las catedrales... El poeta es aquel que con su libre asociación es capaz de captar la semejanza escondida entre cosas que en principio no tienen ningún parecido. El poeta nos muestra aquello que el significado convencional no nos deja ver. Todos entendemos las palabras de Lorca y ninguna de ellas se corresponde con su significado convencional. La palabra del poema no posee un significado único, sino que plantea, de manera diversa a la habitual, aquello que nos define a través relaciones insospechadas, de atribuciones magníficas, de comparaciones totalmente inesperadas. La palabra poética nos enseña que la palabra es ambigua. Que genera más que representa. Que despierta más que define. Que hace más que delimita.

Decía un profesor mío que los hombres frágiles inventan historias que son familias de mitos para esclarecer el mal. El hombre recurre a la metáfora cuando el lenguaje de la ciencia no le basta. Quien hace metáforas las hace porque es capaz de producir sentido y a la vez no lo domina suficiente. Es por eso que cuando alguien lee una buena poesía se aclara sobre el amor o sobre la muerte y a la vez mantiene su misterio.

La metáfora viva15, nos enseña Ricoeur, es aquella que tiene fuerza para hacer aparecer el sentido. Los hombres, a través de la metáfora, producimos nuevo sentido. La metáfora aclara, incita, conmueve, pero no define, delimita, no exige a las cosas ser lo que se supone que son. La metáfora nos transporta de aquello visible a aquello inteligible alterando la correspondencia entre significado y significante por medio del uso de la semejanza.

Mediante la transposición (hacer presente una palabra tomada de otro campo que sustituye a una palabra posible, pero ausente) la metáfora designa una cosa que en principio pertenece a otra pero que se nos revela como verdadera en ese momento. La metáfora es una epifora (epi: sobre phorein: transportar). La metáfora nos transporta y gracias a este movimiento que se nos permite vivir a base de una serie de paradojas, contradicciones, absurdos, que la ciencia nunca aceptaría, pero que nos permiten, por ejemplo, coger el tren por los pelos.

La metáfora engendra así perplejidad porque siempre es una sorpresa. Y en el momento en que deja de producir sorpresa se dice que la metáfora muere. Eso no significa que desaparezca, sino que pierde su originalidad y pasa a formar parte del lenguaje ordinario. Vemos ahora cómo el lenguaje ordinario, ese que habíamos dicho que era convencional, que se sustentaba en el uso que hacíamos de él, encuentra su latido en el corazón en la metáfora.

5. Hace

Hasta aquí, hemos dicho que existen dos clases de palabras, las de carácter científico, que son elaboradas en función del conocimiento que poseemos sobre la realidad en base a unos criterios racionales bien definidos, y las de carácter ordinario, que beben directamente del poder de la metáfora para crear nuevos sentidos y que obedece a nuestra imaginación libre. A este par de clases de palabras les hemos atribuido la función denotativa a las primeras y la connotativas a las segundas. Y aunque hemos ido un poco más allá y hemos considerado que toda palabra es una metáfora debemos aceptar que ésta no siempre se presenta como tal y que es gracias al lenguaje oficial que todos podemos ponernos de acuerdo.

Observamos pues, como mínimo, dos funciones y dos realidades de la palabra: la connotativa y denotativa y la metafórica y la oficial. Pero la palabra no se agota en este escueto análisis.

En 1960 fallecía en Oxford a los 49 años John Langshaw Austin, un estudioso de las lenguas clásicas del que como anécdota podemos decir que colaboró con el MI6, el Servicio de Inteligencia Británico durante la Segunda Guerra Mundial.

El punto de partida de Austin es la crítica a aquellos que suponen que el lenguaje solamente sirve para describir un estado de cosas o enunciar algún hecho. Frente a esta posición Austin desarrolló su famosa teoría de los actos del habla (speech-acts) según la cual cuando uno emite un enunciado puede estar realizando uno de estos tres actos:

1.- Acto locucionario, “acto que de forma aproximada equivale a expresar cierta oración con un cierto sentido y referencia, lo que a su vez es aproximadamente equivalente al “significado” en el sentido tradicional”

2. Acto ilocucionario, “tales como informar, ordenar, advertir, comprometernos, etc., esto es, actos que tienen una cierta fuerza (convencional)”

3.- Acto perlocucionario: “los que producimos o logramos porque decimos algo, tales como convencer, persuadir, disuadir, e incluso, digamos, sorprender o confundir16

Según Austin el primero de estos actos se corresponde con la función denotativa o constatativa del lenguaje que antes hemos explicado ya que se limita a apelar al binómino significado y significante que el diccionario considera oficial. Los actos ilocucionarios y perlocucionarios por otra parte les correspondería lo que él denomina la función “performativa” del lenguaje.

Veamos un ejemplo de acción performativa: uno levanta la vista y ve a un hombre a punto de suicidarse encima de un edificio. Inmediatamente, corre hacia allí y con mucho cuidado consigue colocarse en una posición más o menos cercana al tipo en cuestión. A partir de allí se inicia un diálogo en el que el angustiado, lentamente, acepta nuestras consideraciones acerca de la muerte voluntaria y finalmente se convence del valor de la autonomía personal que le hemos transmitido. Las palabras se han convertido en actos que han conseguido doblegar la voluntad del otro hasta que finalmente se aleja de su peligrosa situación y se encamina en dirección a casa.

El contenido performativo de las palabras se explica cuando algo sucede por el mero hecho de decirlo. Si no hubiésemos estado allí probablemente el tipo se hubiera dejado caer del sexto piso de ese edificio, pero una vez allí ¿qué es exactamente lo que hemos hecho? Hablar y nada más. Cuando uno consigue que la palabra libere su potencia creativa es capaz de modificar el interior de una persona hasta que comprenda su situación y modifique su hábito. Las palabras nos implican con el otro y por eso decimos que son performativas. No solo nos dicen lo que son las cosas, o lo que implican, sino que también nos obligan, nos ayudan, nos fuerzan a actuar.

Este es el verdadero sentido de una terapia psicoanalítica. Cuando uno habla con el psicólogo repetidamente sin saber exactamente de qué está hablando, no se da cuenta pero poco a poco deja que las palabras vayan causando un efecto hasta que es capaz de entrar en razón y reconocer cuales han sido las verdaderas razones para estar allí. La palabra conforme se desarrolla nos compromete. De ahí, que podamos firmar un contrato “de palabra” o que alguien sea “un hombre o una mujer de palabra”. La palabra nos compromete en el sentido en que nos coloca en el mundo frente a los demás.

Este compromiso perfomativo constituye pues una tercera función del lenguaje respecto a aquello que venimos explicando hasta ahora. Y es que la palabra no sólo deja ver aquello de lo que se habla, sino también a aquel que nos habla.

7. Une

Abordaremos brevemente esta última cuestión recordando la teoría de la acción comunicativa que desde hace varias décadas vienen desarrollando dos filósofos llamados Karl-Otto Apel y Jürgen Habermas. Según ellos, el valor de la comunicación radica en que ésta posee, sin que nos demos cuenta, una dimensión trascendental que aceptamos cada vez que nos comunicamos con otro. Esta dimensión trascendental nos impele dicen a regirnos de acuerdo a determinadas reglas, reglas que en si mismas contienen la voluntad de un acuerdo interpretativo.

“En la medida en que (el hablante) quiera participar en un proceso de entendimiento, (el sujeto) no puede menos de entablar las siguientes pretensiones universales de validez (precisamente estas y no otras):

la de estar expresando inteligiblemente, la de estar dando a entender algo, la de estar dándose a entender, y la de entenderse con los demás

(...) Meta del entendimiento es pues la producción de un acuerdo, que termine en la comunidad intersubjetiva de la comprensión mutua, del saber compartido, de la confianza recíproca y de la concordancia de unos con otros17 (

Nos comunicamos orientados hacia acuerdo a través del entendimiento mediante la valoración de las diferentes posiciones interpretativas del mundo, las cuales únicamente pueden ser comunicadas y reconocidas en base a sus pretensiones universales de validez. Las normas válidas no ‘existen’ sino en el modo de ser aceptadas intersubjetivamente como válidas. La palabra también posee su punto de vista moral. Y así la validez de una proposición necesita de un reconocimiento a través de la vinculación de todos por medio de razones. La palabra, en cuanto personas morales que somos, nos obliga a unirnos para crear la realidad conjuntamente.

La teoría de la palabra intersubjetiva, vista desde la perspectiva de Apel y Habermas, elabora la idea de un sujeto cuya finalidad es alcanzar un acuerdo que le permita habitar en paz mediante el ejercicio de su comunicabilidad de acuerdo a los principios trascendentales que rigen el habla.

Así, las reglas que rigen la acción comunicativa nos unen para construir un mundo común en el que la opinión de cada uno es importante, cosa que no significa que todo el mundo tenga razón.

8. Conclusión

Pues bien, no queda más que ir acabando. Llegados a este punto citaré tan sólo los títulos que han precedido cada capítulo y así, de manera, parabólica, quizás hagamos coincidir todo lo expuesto con la verdad que hemos intentado transmitir.

Hemos dicho que la palabra representa, en el sentido en que otorga orden a nuestro pensamiento; también hemos hablado de que la palabra decide, en el sentido en que delimita el nombre de las cosas; hemos comentado que la palabra desvela yendo más allá del velo de la apariencia y nos deja ver las cosas tal como son; hemos discutido también la idea de que la palabra, en función de su propio desarrollo, prefigura el mundo en que vivimos y nos lo hace vivir, en cierto sentido, a su manera; también hemos comentado que la palabra crea, mediante la metáfora, nuevos significados que amplían nuestro horizonte de comprensión del mundo; hemos tratado de ilustrar como la palabra tiene el poder de hacer cosas y en ese sentido, para finalizar, hemos destacado que la palabra nos une a todos en una comunidad lingüística cuya máxima aspiración debería ser la consecución de un acuerdo que nos permita a todos vivir mejor.

Sin duda alguna no hemos desvelado por completo el valor de la palabra y probablemente nuestro discurso se haya desviado de nuestras intenciones en muchos casos. Sin embargo, confío en que este texto haya sido de provecho para conocer al menos algunas de las funciones de la palabra que nuestro día a día esconde sin que nos demos cuenta. Recuperar una mirada compleja sobre la palabra, una mirada profunda, nos hace ver la palabra como aquella que nos permite captar lo esencial, como la capacidad de atender al otro, de ser atentos con él, de construir entre todos una idea común del mundo en que vivimos.


Cristian Palazzi Nogués de Trujillo
Profesor de Filosofía Social de la Escuela de Turismo Sant Ignasi de la Universidad Ramon Llull. Actualmente cursa el doctorado sobre Ética y Estética en la filosofía contemporánea bajo la dirección de la Dra. Begoña Román. Secretario de la Cátedra de Ética Ethos de la Universidad Ramón Llull (http://ethos.url.edu) desde 2003, ha sido becado por dicha universidad para realizar sus tareas de investigador. Ha participado en la edición de volumen colectivo Hacia una sociedad responsable: reflexiones desde las èticas aplicadas. Barcelona: Prohom, 2006. ISBN 84-934127-6-7, en colaboración con la Dra. Begoña Román.



Fecha de Recepción: 3 de enero 2009

Fecha de Aceptación: 20 de mayo 2009



1 El planteamiento de esta introducción bebe directamente de la conferencia de Martin Heidegger titulada ¿Qué es filosofia? pronunciada en Normandía en el año 1955.
2 Foucault, M.; Las palabras y las cosas. FCE: Buenos Aires, 1968. p. 88
3 Gadamer, H. G., Verdad y Método, Sígueme: Salamanca, 1977 p. 487
4 Ejemplos tomados del Crátilo de Platón.
5 Platón, Crátilo. Gredos: Madrid, 2000. p. 436b-d
6 International Code of Zoological Nomenclature. The International Trust for Zoological Nomenclature, Londres, 1985
7 Heidegger, M.; Ser y Tiempo, FCE: México, 1998. pp. 43-45
8 Foucault, M.; Las palabras y las cosas, Siglo XXI: México, 2968. p. 97
9 Nos enseña Derrida: “no hay nada que no pase con la metáfora y por medio de la metáfora. Todo enunciado a propósito de cualquier cosa que pase, incluida la metáfora, se habrá producido no sin metáfora”. (La retirada de la metáfora, Cuaderno Gris, nº 2: Madrid, 1997 p. 209).
10 Algunos de estos ejemplos han sido extraídos del libro de Lakoff y Johnson, Metáforas de la vida cotidiana. Cátedra: Madrid, 2004
11 Sapir, E.; El lenguaje, FCE: México, 1991
12 Aristóteles, Retórica, Gredos: Madrid, 2000. p. 1410b
13 Aristóteles, Poética, Gredos: Madrid, 1988. p. 1459a
14 Lorca, F. G.; Edición conmemorativa del quincuagésimo aniversario de la primera edición de Poeta en Nueva York, Granada: Fundación Garcia Lorca, 1990
15 Ricoeur, P.; La metáfora viva. Trotta: Madrid, 2001
16 Austin, J. L.; Como hacer cosas con palabras, Paidós: Barcelona, 1971. p. 155
17 Habermas, J.; Teoría de la acción comunicativa: complementos y estudios previos. Cátedra: Madrid, 1984. p.134
Revista Observaciones Filosóficas - Nº 8 / 2009


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