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Revista Observaciones Filosóficas


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art of articleart of articleGünther Anders y la tecnociencia contemporánea; una aproximación a  la singular situación humana en la era atómica

Dr. Jesús Rodolfo Santander - BUAP México
Resumen
El hombre “instrumentalizado” formado por la sociedad industrial, no ha estado, ni está –ni con sus capacidades representativas, ni con su sensibilidad- a la altura de sus desmesuradas producciones tecnológicas. Esto es algo que no le facilita el evitar acciones abominables, ni contribuye a que asuma su culpabilidad por ellas. Frente a los peligros que se ciernen sobre la existencia humana desde que el hombre atraviesa el umbral de la era atómica, a los que hoy se agregan -provenientes de nuevas tecnociencias- amenazas a lo humano en cuanto tal, es imperativo recomendarnos, con Günther Anders, ampliar nuestra imaginación moral y estar vigilantes. La atención al diálogo de Anders con C. Eatherly debe ayudarnos a comprender las implicaciones existenciales para el hombre –especialmente la de la culpa-  en la singular situación humana de la era atómica.  

Abstract
The "instrumentalized" man formed by society, has not been, and is not -nor with their representative capacities, nor with their sensitivity- up to their excessive technology production. This is not something that makes it easy to avoid abominable actions, or contribute to assume guilt for them. Faced with the dangers posed to human existence since man crosses the threshold of the atomic age, which today are added -from new technologies- threats to the human as such, it is imperative to recommend, with Günther Anders, expand our moral imagination and be vigilant. The attention to dialogue with C. Anders Eatherly should help us understand the existential implications for humans -especially from the guilt- in the unique human situation of the atomic age.  

Palabras clave

Günther Anders, era atómica, sociedad industrial, racionalidad instrumental, culpa, tecno-ciencias.

Keywords

Günther Anders, atomic age, industrial society, instrumental rationality, guilt, techno-science.


A Jorge Hidalgo 

 

Los dramáticos acontecimientos que hoy se desarrollan en la central atómica japonesa de Fukushima nos llevan a preguntar una vez más cómo es posible que estos hechos se produzcan después de lo ocurrido en Chernobil hace 26 años y por qué, en lugar de sacar la irrefutable lección de los hechos sobre los peligros inherentes al así llamado uso pacífico de la energía atómica, las sociedades industriales o en vías de industrialización no han cesado de aferrarse a esta energía y la han seguido desarrollando y expandiendo, en vez de haberla suprimido y reemplazado por una de carácter más amigable con los seres humanos y con el medio. Al igual que un aprendiz de mago, el homo faber fracasa patéticamente en controlar con su herramienta técnica los reactores de Fukushima y, sin embargo, sigue apostando ciegamente por su herramienta y por la energía atómica, de cuyo inagotable poder dice necesitar para esos codiciosos objetivos suyos (que nunca quiere poner en cuestión, pase lo que pase) de crecimiento económico y de poderío militar y político ilimitados. Esta ceguera es un hecho sorprendente, y lo es tanto más cuanto que el desarrollo de esta fuente de energía vino después del aniquilador ataque estadounidense a Hiroshima y Nagasaki en 1945. Como si nada terrible hubiera pasado ni pudiera pasar, como si no hubiera que precaverse de ningún peligro, las sociedades industriales han ido empleando cada vez más la energía nuclear a fin de impulsar su industria, iluminar sus ciudades, impulsar sus trenes, y para armarse. De nada sirvieron los coros de protesta que entonces se levantaron. Y las voces de espíritus esclarecidos que entonces y después pusieron en guardia a la humanidad contra el peligro del uso pacífico o militar de la energía nuclear, no fueron escuchadas1.

Entre esas voces, una de las más esclarecedoras fue la del filósofo alemán Günther Anders. Anders tuvo una inteligencia de esa ceguera, y la tuvo gracias a su comprensión de la situación del hombre en la sociedad industrial. Que él tiene esa inteligencia es algo que se echa de ver cuando se ocupa con Adolf Eichmann y con Claude Eatherly. Al ocuparse con estas dos existencias, Anders se acerca a dos situaciones humanas que, pese a su diversidad, dejaban entrever, como su fondo común, el mundo que comenzaba a atravesar el umbral de la era atómica. Una mirada a esos dos casos nos ofrece, en mi opinión, una vía corta para llegar cerca del corazón de la interpretación que Günther Anders hace de la época y de la particular ceguera que afecta el hombre de la sociedad industrial. En lo que sigue vamos a seguir ahora esa vía corta para encontrarnos con esos aspectos del pensamiento de Günther Anders, pero no sin señalar antes, que la ocupación de Anders con esas dos situaciones testimonia también de una manera particular de hacer filosofía; espero que esto se haga visible en las páginas que siguen. Su ocupación con las mencionadas situaciones no es, en efecto, meramente intelectual. Es también –esto es muy claro en relación al piloto Claude Eatherly- una preocupación solícita y plena de empatía que, movida por una radical exigencia ética de justicia y de verdad, lejos de tomar como simple objeto de conocimiento a un hombre viviendo -sin entenderla- una situación trágica, se compromete profundamente con él, interviene filosóficamente en su vida y le ayuda a comprenderse. Sin duda Günther Anders fue en este noble sentido un filósofo comprometido. Puedan estas modestas páginas dejar entrever la singularidad de su enérgico carácter filosófico.

Frente a un filósofo como Anders, tan poco académico, nos será de utilidad, antes de entrar en materia, recordar, aunque más no sea brevemente, algo de su biografía. Esta nos ayudará a vislumbrar su rica experiencia de vida y de este modo entender mejor sus tomas de posición.

Günther Anders nació en Breslau en 1902 y murió en Viena en 1992 al cabo de una vida larga e intelectualmente fértil. Provenía de una familia judía. Su padre fue el conocido psicólogo de la infancia William Stern. Recibió en su juventud una formación filosófica afortunada, pues estudió fenomenología con Edmund Husserl, con Martin Heidegger y fue asistente de Max Scheler. En su formación recibió también la influencia del neokantismo de Cassirer, del psicoanálisis y de la escuela de Francfort. En sus años de estudio se hizo amigo de Hans Jonas, quien le presentó a Hanna Arendt. Arendt llegaría a ser su esposa. Los primeros trabajos de de Anders se inscribían en la línea de la fenomenología y se orientaban hacia una ontología del hombre. Su vida se hubiera encaminado seguramente a una carrera académica, si no hubiera sido porque Anders, que a los 15 años ya había vivido la primera guerra mundial, hubo de huir de Alemania ante la llegada del nazismo en 1933. Se exilió entonces en París. Se divorció de Hanna Arendt en 1936. Emigró a EEUU, en tiempos en que, con el taylorismo, se había impuesto la organización científica del trabajo en la sociedad industrial. Allí trabajó en fábricas como obrero. Al volver a Europa, se instaló en Viena. Aspira a un puesto de profesor en la universidad, pero no lo logra. Se gana entonces la vida como periodista escribiendo para diversos periódicos. Adopta el pseudónimo de Günther Anders. Escribe cientos de artículos y unos treinta libros, que alcanzarán gran difusión. A su actividad de periodista y escritor, unirá una importante militancia antinuclear2.

Aunque Anders huyó de Alemania a la llegada del nazismo, de todos modos será alcanzado por la onda expansiva de la segunda guerra mundial, particularmente por esos dos enormes acontecimientos que fueron el genocidio judío bajo el Tercer Reich y el ataque atómico de la aviación de los EEUU contra Japón en 1945. El primero de esos acontecimientos le hirió de la manera más íntima, dada su condición de judío. Años después del Holocausto visitó Auschwitz. Allí había perecido toda su familia. La vista de los montones de zapatos apilados de las víctimas en ese campo de exterminio lo sacudió y lo hizo despertar al horror de lo acontecido. Anders, que era el único sobreviviente de su familia, pensó que él podría haber muerto como los otros - quizá se sintió culpable por no estar muerto como ellos. Quiso saber cómo había sido eso posible, cómo pudieron seres humanos ejecutar un crimen de tal magnitud, cómo fueron esos hombres que concibieron, decidieron, organizaron y llevaron a cabo esa operación que aniquiló la vida de seis millones de personas, cómo entendieron ellos lo que hacían, cómo tuvo que ser el sistema político en el que esto sucedió, cómo fue su comprensión de la realidad, cómo es la sociedad de una época en la que pueden suceder estas cosas, cómo su sistema de pensamiento y, particularmente, qué pasó en y con su conciencia moral. En su desmesura, ese hecho repugnante es comparable -y en todo caso en el pensamiento de Anders queda vinculado- a ese otro hecho monstruoso, que lo llevó a preguntas semejantes, que fue el lanzamiento de una bomba atómica sobre Hiroshima el 6 de agosto de 1945 seguido, tres días después, de otro “absolutamente imperdonable” sobre Nagasaki. Enorme acontecimiento éste, que fue para Anders un parteaguas en la historia de la humanidad y que, si fue el comienzo oficial, por decirlo así, de la era atómica, se había preparado antes, en el trabajo de los físicos en su gabinete y en la explotación de éste por los técnicos en sus laboratorios, por los industriales en sus fábricas, por los políticos en sus despachos y finalmente por los militares en sus batallas. Su obra posterior -quizás toda su obra posterior- se inscribe en una reflexión determinada por estos dos acontecimientos del siglo XX.

En efecto, a partir de estas experiencias, sus trabajos cambiaron de orientación volviéndose sobre la época, que no es una época que pasó y quedó atrás, sino –como nos recuerdan los accidentes ocurridos en las centrales atómicas de Three Mile Island, Chernobil, Fukushima, o el dotarse de armas atómicas de países como Israel, India, Pakistán, Corea del Norte, quizás Irán…- es siempre aún nuestra propia época, marcada por la energía atómica. Sus trabajos reflexionaron sobre la sociedad industrial y su productos técnicos, sobre las máquinas, sobre el consumo, sobre la macabra producción organizada de millones de muertos, sobre los medios masivos de comunicación, especialmente la radio y la televisión, y particularmente sobre esta última, describiendo con notable pregnancia todos estos fenómenos, analizándolos, sin piedad, sin hacerse ni fomentar ilusiones de ningún tipo, con una mirada solar que desnudaba los comportamientos y penetraba hasta las actitudes disimuladas en ellos, descubriendo su clave filosófica, esto es, la manera de ser en el mundo del hombre de esta época, el profundo atolladero en que se encuentra, y proponiendo a veces, desde ahí, una respuesta a la pregunta –podemos decir “a la pregunta ética”- acerca de qué hacer en esta situación. Toda esa reflexión se desarrolla a menudo en polémica con sus objetores, que rechazaban sus críticas acusándolo, sin duda entre muchas cosas más, de ser un radical, un ludista que quisiera destruir las máquinas, de antiprogresista, de catastrofista, de…en fin, de todos esos dicterios denigrantes a que apelan, frente a quienquiera llame la atención sobre los aspectos negativos inherentes a la sociedad de la técnica, quienes se resisten a pensar prefiriendo adoptar una cómoda opinión políticamente correcta. Radical lo era, y también un duro juez de la época, pero en todo caso un pensador que, desarrollando un pensamiento crítico si lo hay, no había abandonado la ontología en sus análisis: ¿no habló acaso de una ontología negativa de la bomba? Pero la encendida pasión que notoriamente impulsa el desarrollo de su pensamiento hacia la coherencia de sus ideas, no hacía violencia a los hechos. Al menos a esta altura de mi trato con los trabajos de Anders, me quedan firmes dos impresiones: la impresión de valentía e integridad de su persona; y la impresión de una unidad de pensamiento: un fondo unitario, que reaparece siempre en la explicación de los diversos fenómenos que investiga. Habría que sacar a luz más plenamente, junto con esos análisis, ese fondo unitario que alienta en su pensamiento y en su obra; pero eso requeriría un espacio considerablemente mayor, por lo que me limitaré a recordar algunos aspectos de su reflexión que poseen una notable fuerza aclaradora sobre los acontecimientos evocados.

Anders ha destacado que el Holocausto fue planeado, organizado y ejecutado de manera industrial por funcionarios del aparato militar y burocrático hitleriano. Adolf Eichmann organizó en Alemania la deportación de los judíos a los campos de concentración y dispuso el uso de máquinas para su exterminio. Funcionarios como él no presentaban, sin embargo, la apariencia de monstruosos criminales. Podían ser buenos padres que educaban a sus hijos y podían repartir su tiempo entre el trabajo de exterminio y pacíficos momentos de descanso con la familia. Llevaban la vida de un “esquizofrénico”, “dominada por una discrepancia irreductible entre dos géneros de actividades contradictorias”3.

Un artículo de un número del año 2008 de la revista Spiegel On Line reproduce fotos de aquel tiempo, que los mostraba en sus momentos de ocio, divirtiéndose o descansando en reposeras en un sitio próximo a Auschwitz. No sin estupor nos preguntamos al mirar esas fotos: ¿cómo podían dormir tan tranquilamente en sus reposeras? Por las declaraciones hechas públicas de los juicios de 1945-46 en Nüremberg, juicios que, como se sabe, se realizaron contra los criminales nazis después de la guerra, conocemos que los que participaron en la solución final, así como los responsables del régimen nazi en general, justificaron los millones de asesinatos diciendo que cumplían órdenes, sin dar muestra de arrepentimiento, de ningún sentimiento de culpa por sus actos ni por sus consecuencias, sino al contrario, con buena conciencia, con la conciencia del deber cumplido. De Eichmann, que fue juzgado, condenado a muerte y ahorcado en 1962 en Israel, sabemos que no sintió remordimiento alguno por haber organizado la solución final. Cuando se consideran estos hechos, vuelve el asombro y nace esta pregunta: ¿cómo pudo comportarse y sentir como si no pasara nada? Trataré de responder a ella con Anders. Para ello nos acercaremos a la cuestión de la conciencia, es decir, de la conciencia inocente o culpable, la cuestión de la culpa, evocando al mayor Claude Eatherly. La comparación que puede establecerse de Eatherly con Eichmann al respecto deja entrever ver, por otra parte, el abismo que separa el carácter moral de hombres a quienes les tocó hacer su “trabajo” de ejecutores en dos situaciones históricas igualmente trágicas, pero que, confrontados a su responsabilidad por graves hechos en que colaboraron, sintieron y se comportaron de manera profundamente diferente.

Corriendo el año 1959, Anders, que vivía a la sazón en Viena, se enteró por el artículo de una revista norteamericana que en un hospital psiquiátrico de Texas estaba internado el mayor Claude Eatherly, el piloto que en 1945, sin mayor conciencia de la enormidad de su acto y de sus consecuencias, había dado la orden de lanzar sobre Hiroshima la bomba atómica cuya explosión volatilizó en un instante la vida de ciento sesenta mil personas y dejó tras sí, además, un número inmenso de personas afectadas de por vida por las radiaciones y una ciudad destruida. Todavía sin conocerlo, pero con los elementos que le proporcionó el artículo, Anders intuyó su situación y decidió escribirle sin demora. Eatherly contestó su carta. Así se inició una correspondencia que se mantuvo, durante los años 1959 y 1961, entre el filósofo y uno de los actores de ese acontecimiento que marcó el comienzo de una época de la humanidad, quizás la última. La correspondencia sería publicada bajo el título Más allá de la conciencia en 19624.

El emocionante intercambio epistolar dio lugar a un diálogo de gran hondura entre dos existencias, que es un documento que no sólo da testimonio de algunas de las graves implicaciones éticas y humanas de una acción militar acontecida en la última guerra mundial, sino que también nos enfrenta a uno de los aspectos más sombríos e inquietantes de esta época determinada de manera tan esencial por la técnica.

A diferencia de los otros camaradas suyos, más ligeros y conformistas, que intervinieron en esta operación coronada por el éxito militar, Eatherly se volvió plenamente consciente de su acto y, no aceptando nunca ser considerado por sus compatriotas un héroe, rechazó los elogios que se le brindaban. Mientras que todo el mundo insistía en ver en su acción un acto meritorio, él no cesaba de considerarse culpable por ella. No sólo la opinión pública; tampoco los familiares entendían que él se sintiera culpable por una acción que todo el mundo consideraba un acto de heroísmo. Menos que nadie podían mostrar comprensión hacia él los superiores de la fuerza aérea a la que pertenecía, ya que si estos hubieran reconocido la culpabilidad de Eatherly, habrían admitido ipso facto que el piloto había cometido un crimen y, con esto, aceptado la responsabilidad de la propia fuerza aérea en un crimen, cosa que ni en esa institución militar ni en el gobierno de los EEUU se quiso admitir nunca: razón de estado. Eatherly estaba así solo con su culpabilidad, pues la sociedad entera a su alrededor lo consideraba inocente.

De pronto, su comportamiento comenzó a cambiar y todo el mundo se sintió alarmado al enterarse de que el ex piloto atracaba gente en la calle, asaltaba bancos y cometía una y otra vez delitos por los cuales era cada vez procesado y conducido a la cárcel, de donde siempre era sacado, en contra de su voluntad, por sus superiores de la fuerza aérea. Ese comportamiento fue considerado por la gente como anormal, y también por el propio Eatherly, que decidió buscar ayuda médica. Así solicitó, voluntariamente, ser aceptado en una institución psiquiátrica de Waco, en el estado de Texas. Allí los médicos lo trataron con drogas, pero no consiguieron sacarlo de su estado psíquico. De alguna de estas circunstancias ya hablaba el artículo de la revista norteamericana que Anders había leído. El filósofo había reflexionado sobre la era atómica en La obsolescencia del hombre, cuyo primer tomo había aparecido en 1956 y en Mandamientos de la era atómica, escrito en 19575.

Además Anders estaba dotado de una suerte de clarividencia psicológica. Comprendió inmediatamente la situación en que se encontraba el mayor Claude Eatherly. Intuyó que, en la base de ese comportamiento “anormal”, obraba un agudo sentimiento de culpa moral por lo que había hecho en Hiroshima, una culpabilidad que reclamaba castigo por su crimen. Con esas acciones “anormales” el ex piloto quería no sólo probar que no era inocente sino también lograr que se lo encerrara en la cárcel para purgar su culpa. A través del intercambio epistolar Anders entendió que ese hombre se encontraba encerrado con su problema en el fondo de un hospital en la soledad más profunda, sin ser comprendido por ningún miembro de su familia, ni por sus superiores del arma, ni por sus médicos, ni tampoco por él mismo. ¿Y cómo podría haberse comprendido cabalmente a sí mismo, si la acción por la que Eatherly se sentía responsable era para él un crimen, en tanto que esa misma acción era considerada meritoria y heroica por toda una sociedad incapaz de reconocer su propio crimen (el de ella)? Si hubiera podido conformarse a la interpretación que la sociedad hacía de él, sin duda hubiera tenido menos problemas y más bienestar mundano, pero no lo hizo, pues se lo impedía –y en esto se manifestaba lo extraordinario del carácter de Eatherly- su capacidad excepcional de representar la enormidad del crimen en el que había participado y el que, pese a estar doblegado bajo el peso terrible de su culpa, quería escuchar la voz de su conciencia, voz que de profundis le hablaba de su ser declarándolo culpable, y seguirla insobornablemente en lugar de negarla: la gente dirá lo que quiera, pero yo soy culpable y punto. Actitud ésta, que hubo de empeorar su situación en su país, pues precisamente por insistir en esa culpabilidad que la sociedad no le concedía, Eatherly fue considerado “diferente”, esto es, anormal, loco, y fue excluido del trato normal con sus semejantes. El internamiento que al principio fue voluntario, se transformó más tarde en reclusión forzosa cuando el hospital rechazó la solicitud que Eatherly había presentado a la dirección para que le diera de baja. Desde Viena Anders movió cielo y tierra para ayudarle llegando a solicitarle su intervención –sin éxito- al propio presidente Kennedy, y luego a su hermano. En un gesto de profunda solidaridad humana, Anders se mantuvo “cerca” del piloto y lo sostuvo espiritualmente hasta que fue liberado y reencontró su equilibrio, poniendo en su relación con él y en su correspondencia, todo su empeño, toda su fuerza intelectual y su gran tacto para ayudar a aclarar, a partir de su comprensión ético-filosófica e histórica de la época, una situación existencial como la de Eatherly, quien así se fue convirtiendo en su amigo. De esta manera pudo contribuir Anders al restablecimiento moral y psíquico de Eatherly, cosa que pudo lograr, hay que destacarlo, pese a la gran distancia que de él lo separaba, una distancia que no sólo fue geográfica sino también de edad, de cultura, de formación.

Aunque sin conciencia de la enormidad del acto en el momento en que lo iba a cometer, la capacidad que posteriormente revela Eatherly de representarse y sentirse culpable por el crimen cometido y sus consecuencias fue excepcional. No tuvieron esa capacidad sus camaradas ni quienes planearon, construyeron y le dieron la orden de arrojar la bomba. Como tampoco la tuvieron, decimos ahora, aquellos que, en el contexto del nazismo, colaboraron en la solución final. Ni aquellos ni estos reconocieron su culpa. Todos ellos pertenecían a un tipo de hombre diferente, al que Claude Eatherly dejó de pertenecer desde el momento que reconoció su culpa. ¿Pero cómo es ese tipo de hombre?

Eichmann, y los hombres semejantes a él, llevaron a cabo sus crímenes como si cumplieran un trabajo de archivista en una oficina, o cualquier otro trabajo rutinario en un laboratorio o en una fábrica. Contrastando sorprendentemente con la hybris implicada en esos hechos, la empresa de exterminio fue organizada científicamente y ejecutada con perfecta insensibilidad e indiferencia a semejanza de la producción de un objeto banal cualquiera en la industria de las máquinas o en una organización burocrática. ¿Cómo se pueden cometer “científicamente” grandes crímenes en la más perfecta indiferencia? ¿Cómo pudieron no sentirse culpables? ¿Cómo es esto posible? Puesto que decimos que cumplieron sus crímenes como si cumplieran un trabajo rutinario en una fábrica, prestemos atención a lo que, según Anders, sucede con el trabajador en el trabajo de la sociedad industrial.

En su trabajo, el obrero de una fábrica se especializa en realizar sólo un pequeño fragmento de la tarea total, una tarea repetitiva que nada sabe de lo que se está produciendo, nada del producto final del proceso productivo ni de los fines que con éste se persiguen, ni de las consecuencias benéficas o nocivas del producto. Otro tanto se puede decir de un oficinista y en general de todo aquel que –incluyamos científicos y técnicos- ocupe una celdilla en la colmena de la producción social. Mediante la división del trabajo la sociedad industrial busca conseguir sus objetivos de rendimiento y de eficacia. Por esta razón esta organización del trabajo es algo deliberadamente querida por la empresa capitalista, como en su momento lo fue también por la organización económica del socialismo real. En aras de este rendimiento y de esta eficacia, los efectos y las consecuencias de lo que se produce se vuelven invisibles para el productor. Como todo el mundo se ocupa sólo con una parte de la producción total para aumentar la productividad y la eficacia, nadie sabe de esos efectos y de esas consecuencias, y nadie se pregunta –ni debe preguntar- por ellos. Ese no saber, de otro lado, implica para el obrero en una fábrica o para el empleado en una estructura burocrática, una limitación a su libertad. Saber que en mi sitio de trabajo se fabrica algo que en mi sentir no debe ser fabricado, me permitiría en principio tomar una decisión, por ejemplo, una decisión acerca de si ofrezco resistencia o continúo con mi trabajo produciendo lo que allí se produce o si abandono ese trabajo y busco una ocupación en otro sitio; pero el no saberlo me priva de la posibilidad de esa elección. Siendo las cosas así, hay que admitir que la empresa crea un hombre “instrumentalizado”, un hombre inconsciente de los fines, conformista y sin conciencia moral. Y no debe extrañarnos que aquellos que llevaron a cabo la solución final o construyeron bombas atómicas y hoy construyen centrales nucleares sean hombres del tipo del hombre instrumentalizado.

La empresa es el lugar donde se crea el tipo del hombreinstrumentalizado y privado de conciencia moral’. Basta que un representante de ese tipo de hombre sea colocado en otro dominio de actividad, en otraempresa’, para que de repentesin que sin embargo se transforme completamente- se vuelva monstruoso; para que de golpe nos llene de espanto; para que la suspensión de su conciencia moral- que empero ya era un hecho cumplido- revista de repente el aspecto de una pura ausencia de conciencia moral, y la suspensión de su responsabilidad el de una puramoral insanity’. Mientras no vemos esto, no vemos que la empresa actual es el crisol, el modelo de ese tipo de trabajo que nos exige ponernos en vereda y nos volvemos incapaces de comprender la figura del conformista contemporáneo y el caso particular de esos hombrestercos que rehusaban, en los procesos evocados más arriba [los de Nuremberg], arrepentirse o al menos aceptar la responsabilidad de los crímenes en los cuales ellos habían efectivamentecolaborado6.

En las condiciones de existencia creadas por la sociedad industrial, entonces, el conjunto, la totalidad, se vuelve invisible. Esta invisibilidad es, de otro lado, favorecida por una desproporción entre la inmensa producción técnica de la que es capaz el hombre actual y su mínima o nula capacidad de representar y de imaginar los resultados, de sentir las consecuencias de ese poder productivo. En este sentido, el hombre es más pequeño que él mismo. Anders llama a esta desproporción “desfase prometeico”7.

Representación, imaginación y sensibilidad están en proporción indirecta con la producción. Mientras más gigantescas y desmesuradas son las producciones humanas, menores son las capacidades humanas de imaginar, representar y sentir los efectos y consecuencias de su actividad, y por eso, menor es nuestra capacidad de frenarla. Nos horrorizan uno o dos o tres asesinatos. Eso está, por decirlo así, a nuestro alcance; pero asesinar seis millones de hombres durante el holocausto, quitarle la vida a los millones y millones de víctimas de la segunda guerra mundial (las estimaciones varían entre 35 y 60 millones), eso es algo que está más allá de nuestra capacidad de representación, más allá de nuestra posibilidad de sentirlo, y por eso el asesinato en masa “no representa ninguna dificultad”8. No están presentes los sentimientos e imaginación que hubieran frenado la ejecución de tales actos.

Quienes cumplieron una tarea en la empresa del genocidio ejecutado en los campos de exterminio del nazismo, tampoco tuvieron la capacidad de imaginar las consecuencias, ni de sentir los efectos una vez producidos. Es que, de manera general, en la producción masiva de la sociedad industrial, nadie pregunta el porqué, ni el para qué, y así los fines y las consecuencias de un producto técnico no son ni representadas ni imaginadas, y el mal que puede producir se vuelve invisible. Y así dirán unos más tarde: “sólo me ocupaba de una fracción de un segmento de la cadena productiva, sólo movía una palanca en la sección de montaje”, otros: “sólo me ocupaba con fórmulas abstractas”, otros: “sólo en una sección del laboratorio”, pero salvo excepción todos ellos dirán: “yo no sabía que con mi modesto trabajo estaba contribuyendo a producir armas de destrucción masiva y menos aún que esas armas iban a ser usadas contra una población civil inocente o un país vecino”.

Frente a esa invisibilidad de los fines y las consecuencias, frente a esa invisibilidad del mal que domina en la sociedad industrial, la respuesta era para Anders, ampliar nuestras capacidades de representación, de imaginación, y nuestra sensibilidad, especialmente respecto a ciertos productos técnicos y sus consecuencias “hasta que la imaginación y el sentir sean capaces de concebir el espanto que somos capaces de producir”. Y preguntar. Debemos preguntar. Tenemos el derecho de preguntar: por qué, para qué, después qué, y resistirnos. El mandamiento es ampliar nuestra imaginación moral9.

De una manera general, tal actitud es aplicable a la producción de la sociedad tecno-industrial; pero para Günther Anders ante todo debía ser aplicada a la producción de armas atómicas. Si se ve la absoluta singularidad de estas, se comprende la singularidad de la situación humana en la era atómica. Las armas atómicas no son como las otras. Cuando se habla de la bomba atómica se la clasifica en la categoría “arma” y, como a cualquiera de las armas, se la considera un medio, un medio para un fin. Así es presentada por sus defensores, y así es irreflexivamente considerada por la gente. Pero estamos frente a algo, pensaba Anders, que por su inmenso poder aniquilador, por la posibilidad que encierra de destruir al planeta y borrar con él pura y simplemente la humanidad y su memoria (lo que ella ha sido)10, ya no puede ser considerada un arma ni un medio11.

¿Un medio para qué, si su uso constituiría el fin, el acabamiento de todo? La bomba suprime la idea de medio. Como arma, debería permitirnos defendernos o atacar un enemigo, dejándonos a salvo, pero el uso de la bomba, sea como ataque, sea como defensa, acabaría no sólo con el enemigo sino con nosotros mismos y, además, con todos los humanos, y como se dijo, con la memoria, pues no quedaría nadie para recordar. No habría un día después para festejar una victoria. Por eso la bomba no podría ser comprendida como un arma, ni como un medio. Se trata de algo único en su género. Para entenderla habría que pensarla como se piensa a Dios en una teología negativa, o mejor, pensarla en una ontología negativa: la bomba atómica no es arma, no es medio, etc. Para evitar el Apocalipsis, Anders proponía a los hombres de nuestra civilización industrial acrecentar sus capacidades de representar, imaginar y sentir, pues sólo si nos imaginamos, sólo si nos representamos las consecuencias, sólo si somos capaces de sentir los efectos ya producidos, es decir, sólo si somos capaces de superar el “desfase prometeico”, podremos intervenir en los procesos de destrucción en curso y resistirnos a ellos12.

Estas reflexiones sobre el arma atómica de Günther Anders surgieron durante la guerra fría, de la cual se creyó a la caída del bloque soviético en 1989 que había sido enterrada definitivamente. No eran de ningún modo exageradas si se piensa que el contexto internacional en el que se desarrollaron era el del proceso que culminó en la crisis de los misiles de 1962 en Cuba, que estuvo justo a punto de hacer estallar una guerra atómica entre la Unión Soviética y los Estados Unidos. Ya por entonces ambos países disponían de un potencial nuclear capaz de destruir varias veces al planeta. Pero hoy, cuando la guerra fría, según se afirma, es algo del pasado, ¿es necesarios seguir manteniendo esas actitud y seguir recomendando el acrecentamiento de nuestra capacidad de sentir, representarnos, de imaginar? Respuesta: más que nunca. No sólo porque la tensiones entre la OTAN y Moscú no desaparecieron completamente con la guerra fría sino que, por el contrario, de tanto en tanto se reavivan, como pasó en el crisis de 2008 en el Mar Negro, que reimpulsó la carrera armamentista que se había apaciguado desde 1989 (en 2008 Rusia probó un misil de 40 toneladas con varias cabezas nucleares, lanzable desde una plataforma móvil y supuestamente capaz de burlar la coraza de antimisiles norteamericana situada en Polonia), no sólo porque las armas nucleares han seguido proliferando (aparte de EEUU, China, Francia e Inglaterra, hoy tienen la bomba atómica también Israel, Pakistán, India, Corea del Norte, e Irán trabaja para tenerla pronto y no es tan improbable que termine por conseguirla), no sólo porque la situación mundial es de nuevo hoy, aunque de otra manera que en la guerra fría, muy peligrosa (piénsese en lo que haría un religioso fanático suicida si dispusiera de una bomba nuclear, o en las tensiones montantes entre China y EEUU ), sino porque, si es justo lo que Günther Anders dice, ni siquiera la disminución o destrucción de los arsenales nucleares existentes pueden exorcizar el peligro. El fin de la carrera armamentista y la disminución de los arsenales atómicos al final de la guerra fría sólo fue una ilusión. Es que no se trata sólo de las bombas existentes, sino de el haber llegado la humanidad a los principios que sirven a su construcción, a un modelo que, una vez surgido, es indestructible como una idea de Platón. De ahora en adelante, con este modelo tiene la humanidad, o una porción de ella, el saber que le da la posibilidad de construirlas. Esto es definitivo y debemos aprender a vivir con esta posibilidad de producir el Apocalipsis para evitarlo. Esto nos exige ser vigilantes. ¿Vigilantes en qué sentido?

En la división social del trabajo propia de la sociedad industrial en que nos toca vivir, estrategas, gobernantes y expertos querrán arrogarse el derecho a decidir sobre su producción y uso, pero menos en este caso que en cualquier otro debemos permitir que ellos decidan por nosotros, porque estamos frente a algo que nos concierne más que ninguna otra cosa, a algo que toca a la sobrevivencia pura y simple de nuestro mundo. El hombre debe ampliar su imaginación, representación y sensibilidad en una medida que corresponda a la magnitud del inmenso desastre posible. Debemos preguntarnos si la pretendida distinción entre el uso pacífico y militar de la energía nuclear no encierran una mentira. No tenemos derecho a estar dormidos. Debemos hacer de tal modo que el mal se vuelva visible. Y frente a él tenemos la obligación de resistencia.

Creo que hoy, en 2011, estas reflexiones de Günther Anders, referidas ante todo al genocidio nazi, a la bomba nuclear y a la energía nuclear en el período de la guerra fría, deben hacerse extensivas al llamado uso “pacífico” de la energía nuclear. Esas reflexiones recomiendan estar vigilantes, con una mayor sensibilidad y capacidad representativa, frente a la construcción de centrales nucleares y frente a otras invenciones técnicas que se desarrollan y se aplican sin pensarse en sus consecuencias, como es el caso del uso irresponsable de las energías fósiles, de ciertos proyectos actuales de la ingeniería genética, la clonación del ser humano, la nanotecnología, etc. Sin interesarse mayormente por las consecuencias de sus creaciones, tecnociencias recientes se arrogan hoy el derecho de hacer todo lo que es factible hacer. Animadas por un impulso fáustico, poseídas por su desmesura, ignorando todo límite esencial, sin sensibilidad para lo monstruoso, buscan ilusoriamente transformar al hombre, dizque para mejorarlo, en otra cosa que lo que es; sin comprender que transformarlo en otra cosa que lo que es -a saber, un ser finito y mortal- es destruirlo13.

En su impulso por ir más allá de todo límite, reivindican el derecho incondicionado de investigar y experimentar, y estiman como coacción y violencia toda restricción razonable de este derecho.

Reconozcamos, de nuestro lado, el mérito de la ciencia moderna en el mejoramiento del bienestar de la humanidad, pero preguntémonos: ¿se tiene el derecho de hacer todo lo que se puede hacer sin imaginarse, representar ni tener sensibilidad para consecuencias que si fueran representadas las rechazaríamos horrorizados? Las consecuencias –todas las consecuencias y no sólo las consecuencias plausibles que nos presenta elogiosamente la publicidad- se descubren después, cuando ya es demasiado tarde para evitar el daño. Pensemos en el uso de energías fósiles. De habernos imaginado los efectos que han tenido sobre el clima el uso de combustibles fósiles para mover nuestra industria y nuestro transporte, hubiéramos prescindido, por precaución, de los motores de combustión y evitado que se acercara a nosotros la catástrofe que hoy nos acecha. Seguramente hubiéramos buscado otro tipo de energía. Nuestras capacidades imaginativas y representativas no estuvieron a la altura de nuestro poder técnico. El desfase entre esas capacidades nuestras y ese gigantesco poder nos ha puesto ante las consecuencias de que, con nuestra actividad industrial, fundada en la tecnociencia, hemos producido –o al menos acelerado- el calentamiento global y el cambio climático de la tierra. Hoy menos que nunca tenemos derecho a ignorar las consecuencias de nuestra producción técnica. Somos también responsables por ellas. Siento que en este punto, Günther Anders no está muy lejos del principio de responsabilidad de Hans Jonas. En Jonas percibimos una insistencia en el carácter finito de nuestro conocimiento, que no alcanza a prever con certidumbre las consecuencias de una innovación técnica, lo que aconseja evitar hacer lo que puede poner en peligro a la tierra y sobre todo a las generaciones futuras. En Günther Anders escuchamos un llamado a acrecentar en nosotros aquellas capacidades anímicas que pueden permitirnos que las consecuencias de nuestras producciones técnicas sean imaginadas, representadas y sentidas, a fin de que podamos sentir horror, vergüenza anticipada por nuestras criaturas tecnocientíficas cuando ellas son abominables y, desde luego, evitarlas. Siento que estas propuestas son globalmente apropiadas, si no es que indispensables, para la situación planetaria que vivimos.



Jesús Rodolfo Santander Iracheta

Doctor en Filosofía por el Institut Supérieur de Philosophie. Université Catholique de Louvain. Bélgica. 1982.
Licencié en Philosophie. Institut Supérieur de Philosophie. Université Catholique de Louvain. Bélgica. 1969.
Profesor de filosofía en la Universidad Nacional del Nordeste (1972-1974), Universidad Nacional de Cuyo (1975) y en otras universidades argentinas.
Maître de coférences invité en la Universidad de Caen (Francia) 1987-88.

En México es profesor-investigador desde 1981 en la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, en donde ha enseñado e investigado en la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales, en el Colegio de Filosofía, en la Maestría en Ciencias del Lenguaje. Ha sido investigador del Programa de Semiótica y Estudios de la Significación (SeS-VIEP) de la misma universidad desde 1997 a septiembre de 2004. Coordinó el Seminario permanente de Investigación en Filosofía desde 1997 y desde el 2000, fue responsable del Taller de Filosofía.

Se desempeña desde septiembre de 2004 como profesor-investigador (titular “C”) de tiempo completo (definitivo) en el Colegio de Filosofía de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (donde antes había sido colaborador permanente desde 1990).

Cargos:
Decano de la Facultad de Humanidades de la Universidad de Nordeste, en la República Argentina, de 1973 a 1974.
Coordinador del Centro de Investigaciones Filosóficas de la Facultad de Filosofía y Letras de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, México, desde septiembre de 2004 a la fecha.
Fundador y director de la revista filosófica semestral: La lámpara de Diógenes.


Fecha de Recepción: 2 de agosto 2011


Fecha de Aceptación: 20 de septiembre 2011


1Dos días después de la destrucción de Hirhosima y uno antes de Nagasaki, Albert Camus escribió en Combat: “…nos enteramos, en medio de una multitud de comentarios entusiastas, que cualquier ciudad de mediana importancia puede ser totalmente arrasada por una bomba del tamaño de una pelota de fútbol. Los diarios norteamericanos, ingleses y franceses se extienden en elegantes disertaciones sobre el porvenir, el pasado, los inventores, el costo, la vocación pacífica y los efectos bélicos, las consecuencias políticas y aun la índole independiente de la bomba atómica. En resumen, la civilización mecánica acaba de alcanzar su último grado de salvajismo.” (subrayado por mi) (Fuente: www.elhistoriador.com.ar). Einstein, que persuadió a Roosevelt de la necesidad de construir la bomba atómica, “previno al mundo, después de la guerra, del peligro de exterminio que le amenazaba si seguía por aquel camino”. En 1955 firmó con otros una declaración que decía: “En caso de que se empleasen masivamente las armas termonucleares, tendríamos que contar con la muerte inmediata de una pequeña porción de la humanidad, con enfermedades dolorosas y crueles para el resto y, finalmente, la desaparición de todos los seres vivos”. Pese a esas y otras advertencias se siguió trabajando con la maxima energía para aumentar el arsenal nuclear por la posibilidad de una guerra. En 1956 Karl Jaspers advirtió: “Ahora se sigue a causa de la posibilidad de una guerra, y no se acabará hasta que no desaparezca esta amenaza de guerra que ha existido desde que existe el hombre, por cuyo motivo pudiera parecer imposible acabar con ella, porque así es la naturaleza humana”. Karl Jaspers: La bomba atómica y el futuro del hombre, 2a. ed., Madrid, Taurus Ediciones, 1966, p. 10, 20 y 25.
2 César de Vicente Hernando: Filosofía de la situación. Günther Anders. Antología, p. 10 ss., p. 25 ss.
3 Günther Anders: LObsolescence de lhomme. Sur lâme à lépoque de la deuxième révolution industrielle. T. I. 1ª. Ed. al. 1956. Paris. Éditions de lEncyclopédie des nuisances. Éditions Ivrea, 2002, p. 324.
4 Claude R. Eatherlyy Günther Anders: Más allá de la conciencia. El peso de los muertos sobre el piloto de Hiroshima. Barcelona, Argos, 1962.
5 El texto de Mandamientos de la era atómica, que había sido publicado por Frankfurter Allgemeine el 13 de julio de 1957, está incorporado en Más allá de la conciencia, pp. 28-38.
6 Günther Anders: L’Obsolescence de l’homme. Sur l’âme à l’époque de la deuxième révolution industrielle, p. 322, 323.
7 Günther Anders: Op. Cit., pp. 297 ss.
8 Günther Anders: Mandamiento de la era atómica. En Más allá de la conciencia, p. 30.
9 Ibídem
10 G. Anders, Lobsolescence de lhomme, p. 272.
11 Op. Cit., pp. 276 ss
12 “…la única tarea moral decisiva hoy …consiste en educar la imaginación moral, es decir, en tratar de superar el ‘desfase’, en ajustar la capacidad y la elasticidad de nuestra imaginación y de nuestros sentimientos a la desproporción de nuestros propios productos y al carácter imprevisible de las catástrofes que nosotros podemos provocar, dicho brevemente, a obligar a nuestras representaciones y nuestros sentimientos a estar a la altura de nuestras actividades.” Op. Cit., p. 304. (trad. del A.)
13 “La tecnociencia contemporánea constituye un saber de tipo fáustico, pues anhela superar todas las limitaciones derivadas del carácter material del cuerpo humano, a las que entiende como obstáculos orgánicos que restringen las potencialidades y ambiciones de los hombres. Uno de esos límites corresponde al eje temporal de la existencia. Por eso, con el fin de romper esa barrera impuesta por la temporalidad humana, el arsenal tecnocientífico se puso al servicio de la reconfiguración de lo vivo, en lucha contra el envejecimiento y la muerte.” Paula Sabila: El hombre postorgánico. Cuerpo, subjetividad y tecnologías digitales. FCE, 2006, p. 52. El objetivo de algunas investigaciones de la biotecnología “no consiste solamente en extender o ampliar las capacidades del cuerpo humano sino que apuntan mucho más lejos: hacen gala de una vocación ontológica, una aspiración trascendental que vislumbra en los instrumentos tecnocientíficos la posibilidad de crear vida. Y la tecnociencia contemporánea parece realmente dispuesta a redefinir todas las fronteras y todas las leyes, subvirtiendo la antigua prioridad de lo orgánico sobre lo tecnológico y tratando a los seres naturales preexistentes como materia prima manipulable.” De los laboratorios comienzan a surgir hoy “ saberes y artefactos capaces de crear nuevas especies, que abarcan las más diversas combinaciones de lo orgánico y lo inorgánico, lo natural y lo artificial.” Idem, p. 53. Esta ideología se expresa en el transhumanismo. Ver Nick Bostrom: “¿Qué es el Transhumanismo?” http://www.transhumanism.org/index.php/wta/more/151/ Consultado el 9 de mayo de 2011.
Revista Observaciones Filosóficas - Nº 12 / 2011



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