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Revista Observaciones Filosóficas


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art of articleart of articleJuan Rulfo: Antropología de la Memoria y el estable paisaje de la muerte

Dra. Ethel Junco de Calabrese - Universidad Panamericana, Campus Aguascalientes
Resumen
La edificación de un mundo de ficción sobre un mundo real porta algo más que la mera descripción del último, implica, opuestamente, una propuesta de superación o al menos de diferenciación. En el caso de las obras de Rulfo, posibles de ser analizadas en sus connotaciones históricas, sociológicas, políticas, la propuesta del autor parece hablarnos de un estado anterior a toda construcción de comunidad y se refiere a su componente en estado puro, al hombre en su ineludible soledad frente al destino. Recorreremos en esta lectura la dimensión antropológica en busca de especificar  qué  constituye la realidad del hombre, tanto en el orden natural, tiempo y espacio, como en el sobrenatural, Dios mismo. En el cruce de la horizontal de tiempo y espacio con la vertical de lo divino, intentaremos ubicar al hombre y su destino, situados en el lugar inicial de la memoria.

Juan Rulfo: Anthropology of Memory and stable landscape of death

Abstract
The construction of a fictional world over a real world bears more than a mere description of the latter; it implies, conversely, a proposal for an overcoming or,  at least, for  a differentiation. In the case of Rulfo´s works, iable to be analyzed in their  historical, sociological, political connotations, the author's proposal seems to speak to us of a time before all state of building a community  and relates to its component in a  pure state,  man in his inescapable loneliness against fate. This reading will visit the anthropological dimension in search of specifying what constitutes the reality of man, both in the natural order, time and space, and  in the supernatural one, God himself.  At the intersection of the horizontal of space and time with the vertical of the divine; we will try to locate man  and his destiny  in the original memory location.

Palabras clave
Realidad. Dios. Hombre. Tiempo. Espacio. Destino. Memoria.

Keywords
Reality. God. Male. Time. Space. Destiny. Memory.

Revista Observaciones Filosóficas - Nº 19 / 2014

Nos salvamos juntos
o nos hundimos separados

(Juan Rulfo, México y los mexicanos)


 Rulfo nos da una imagen de México
Los demás se reducen a describir el país

(Nicanor Parra, De Discursos de sobremesa, Concepción, Cuadernos Atenea, 1997)
Introducción

La lectura de la obra de Rulfo para un extranjero, es decir, para quien no está familiarizado con la idiosincrasia mexicana, puede resultar curiosa, admirable, impresionante. Mas su lectura en tierras mexicanas, luego de haber convivido, observado, participado de ella, deja de ser un golpe estético para convertirse en un reclamo ontológico. La sensación más inquietante es que, luego de leer a Rulfo, intuimos que los mexicanos son sus personajes. Que no les corre el tiempo, que los determina el espacio (de viento, sol y polvo perpetuos) que no comparten ni los altera el ritmo de la civilización, que Dios lejanamente los observa, a pesar de su religiosidad omnipresente, que el hambre y la violencia los persiguen y que la muerte, la eterna burladora, es su dama de compañía.

Y esa intuición es sencillamente perturbadora.

I- El sustrato de la realidad

La obra de Rulfo es un convocante viaje ad inferos. Entiéndase aquí, sin confusión con el vocabulario judeocristiano, no viaje al “infierno” como categoría teológica determinada por la culpa y el castigo, sino como viaje al mundo “inferior”, invisible acaso, al mundo bajo el mundo. Un viaje adentro y abajo del tiempo, del espacio, del hombre.

Por este motivo, su obra no refiere a experiencias, personajes, tiempos ni espacios incógnitos, extraordinarios o asombrosos, sino todo lo contrario, transcurre en una planicie repetitiva, suplicante y monótona. Rulfo nos inicia en un viaje descendente no territorial -aunque recorra el inconfundible espacio mexicano y específicamente jalisciense- sino en un viaje de los hombres hacia sí mismos favorecidos por una situación límite.

Las historias rulfianas conducen, mediante una anécdota trivial, hacia una situación trágica, que expone la naturaleza del protagonista -y acaso de los restantes personajes- mostrando lo “inferior” de sí mismos, el abismo de su interioridad. Y ahí el despliegue del paisaje antropológico, al cual sirven los escenarios no autónomos de tiempo y espacio.

La referencia a una situación trágica no implica el planteo de un momento extremo, limítrofe, que exija una decisión violenta o mortal. La instalación de lo trágico en Rulfo radica en un estadio previo, subyacente y continuo. Toda la vida es trágica. Existir es trágico. La naturaleza atrapa al hombre; el tiempo desplaza al hombre; el hombre no entiende al hombre. Movimientos de supervivencia o de mera costumbre mantienen al hombre en pie; a veces llega a elevarse sobre sí para sentir amor o culpa y es quebrado por esa percepción. Las situaciones y los personajes son trágicos en tanto saben de sí en su universo cerrado e inexorable y deben seguir adelante sin cambiarlo. Así como no hay un enfrentamiento heroico con el obstáculo ni una caída digna de fama, la tragedia es la esencia transparente y silenciosa del cosmos rulfiano y se despliega a través de sus acólitos, tiempo, espacio y Dios, para descerrajarse sobre el hombre.1

II- El presente inmóvil
art of article

Cualquier plano de la realidad se sostiene en el tiempo, entendido como transcurrir histórico en sus distintos paradigmas; el mundo se “hace” en la historia. Devenir, cambio, proceso, realización, consumación, son indicadores de la presencia e incidencia del tiempo; la duración de un período se valora en términos de progreso.

Cronológicamente Rulfo habla en la modernidad tardía, describiendo hombres y situaciones de la primera mitad del siglo XX. La publicación de sus obras es contemporánea apenas del cataclismo de los ideales de la modernidad y de su súbita toma de conciencia. Sin embargo, el cosmos de Rulfo se configura con la abolición del tiempo histórico, con estatutos previos a los pautados por la civilización entendida en sentido iluminista y a sus resultados consagrados; por ello se ubica en las fronteras de una ética fragmentada y desoye los dictámenes bienpensantes, apelando a leyes previas, arcaicas, a-racionales.

La obra de Rulfo no mira hacia adelante, sino hacia adentro; ignora el tiempo contemporáneo, la historia y sus olas, para centrar su atención en la atemporalidad y en la imperturbabilidad del instante. No importa el término, ni la aceleración, ni el retardo porque, en definitiva, esa edad no tiene transcurso, reina en una forma de eternidad inexorable.

Estuvimos escondidos varios días; pero los federales nos fueron a sacar de nuestro escondite. Ya no nos dieron paz; ni siquiera para mascar un pedazo de cecina en paz. Hicieron que se nos acabaran las horas de dormir y de comer, y que los días y las noches fueran iguales para nosotros.2

El tiempo detenido cumple función humana, auxiliar de la furia del hombre contra el hombre. La percepción se ahonda y obliga a ver la gravedad de la propia vida sin variante y sin salida.

La imagen de los ciclos, y su renovación sin tregua, no pueden sino ahogar y desesperanzar, acompañada su intensidad con la intemperie del espacio. El hombre participa de un tiempo –y por ende de una coyuntura- que no controla, pero debe dejarse llevar, aunque esté turbado. Las circunstancias lo separan de sí mismo, primeramente:

Oyó cuando se le perdían lo pasos: aquellos huecos talonazos que había venido oyendo quién sabe desde cuándo, durante quién sabe cuántas noches.3

Rulfo proclama, entonces, un no-tiempo, en tanto la cualidad del tiempo es su ritmo de perpetuo devenir. Las edades no pasan si no producen devenir, es decir, llegan a ser, se transforman en algo real, con identidad. Por el contrario, los distintos momentos o lapsos se comportan como un cauce seco donde se vuelve a contemplar lo visto, donde se recrea por repetición:

Allá viví, allá dejé la vida… Fui a ese lugar con mis ilusiones cabales y volví viejo y acabado. Y ahora usted va para allá… Está bien4.

Y poco más adelante:

Y es que allá el tiempo es muy largo. Nadie lleva la cuenta de las horas ni a nadie le preocupa cómo van amontonándose los años. Los días comienzan y se acaban: luego viene la noche. Solamente el día y la noche hasta el día de la muerte, que para ellos es una esperanza.5

La actitud humana ante esta circunstancia es, en principio, de tolerancia; cuando se agudiza, es de resignación, mas nunca de crítica, de reacción, de escape. El hombre se sabe víctima, en tanto ha observado el ritual impecable de los ciclos y se ha visto a sí mismo envuelto y sacudido y reacomodado; está al servicio de esa periodicidad, es el objeto del juego disciplinado del tiempo. Esta personalidad apaciguada, entregada a la caída, una consciencia que sabe y deja hacer, quizá sea propuesta por Rulfo como una forma de sabiduría: la del hombre originario inscripto en el orden natural sin expectativa. Un temperamento puro que ingresa en el mandato universal de modo razonable. Nada menos trágico, menos fáustico; nada menos conveniente para el progreso y la cultura. Esta actitud de asentimiento instintiva puede asociarse con la culpa –no sabremos con precisión de qué- y entonces la necesidad de purgar en sucesivos y regulares ciclos.

La variedad de anécdotas confirman el estatismo del tiempo y reviven el peso de la repetición bajo su clara fatalidad. Predomina una forma de “sub-tiempo”, tiempo solo interior, tiempo primigenio donde por primera vez se ha dado un acontecer para insistir luego sobre él.

“Macario” comienza con su protagonista diciendo:

Estoy sentado junto a la alcantarilla aguardando a que salgan las ranas.6

Y concluye:

Ahora estoy junto a la alcantarilla esperando a que salgan las ranas. Y no ha salido ninguna en todo este rato que llevo platicando7.

En el intermedio inmóvil conocemos, mediante una reconstrucción angustiante, el destino cerrado de Macario, en el que se conjugan las coerciones humanas con las visiones sobrenaturales, ambas combinadas para caer sobre el protagonista indefenso e iluso:

Y mientras encuentre de comer aquí en esta casa, aquí me estaré. Porque yo creo que el día en que deje de comer me voy a morir, y entonces me iré con toda seguridad derechito al infierno8.

Fuera del marco del tiempo subyacente, donde lo que ha sido sigue siendo, queda la vuelta y la copia; aunque haya rechazo algunas veces y esperanzas otras, ambas actitudes serán efímeras e inoperantes, no quebrarán el ciclo de las repeticiones con su pesadez y su cadencia.

Ya lo único que le quedaba para cuidar era la vida y ésta la conservaría a como diera lugar. No podía dejar que lo mataran. No podía. Muchos menos ahora.9

La paradoja es que el protagonista, en el momento del cumplimiento de su muerte, esperada casi cuarenta años atrás, no tiene un “ahora”, no tiene vida, no hay sucesos en su presente más que la fuga igual a sí misma y en ella, si fuera ya posible, el agravamiento.

Tenía que haber alguna esperanza. En algún lugar podría aún quedar alguna esperanza10.

Dónde se busca la esperanza es una constante en los hombres y mujeres de Rulfo; como parte de su inocencia primigenia, creen y esperan en la aridez declarada de su provenir:

La única esperanza que nos queda es que el becerro esté todavía vivo. Ojalá no se le haya ocurrido pasar el río detrás de su madre. Porque si así fue, mi hermana Tacha está tantito así de retirado de hacerse piruja.11

Tiempo de esperanza inmanente para los culpables de “Talpa”, en peregrinación al santuario de la Virgen:

Algún día llegará la noche. En eso pensábamos. Llegará la noche y nos pondremos a descansar. Ahora se trata de cruzar el día, de atravesarlo como sea para correr del calor y del sol. Después nos detendremos. Después. Lo que tenemos que hacer por lo pronto es esfuerzo tras esfuerzo para ir de prisa detrás de tantos como nosotros y delante de otros muchos. De eso se trata. Ya descansaremos bien a bien cuando estemos muertos.12

Si no supiéramos que refiere al momento gravoso y final de la peregrinación, cargando al enfermo pustuloso (y para el caso, el peso de las propias pústulas morales) el párrafo bien podría representar una síntesis del camino del purgatorio, aceptando que la muerte sería la terminación de la condena. Vida como purgatorio.

Un tiempo inferior en cuanto arraigado, arcaico en tanto perteneciente al principio, se estrena permanentemente. Tan poderoso e indómito como un río subterráneo, que ordena desde una pre-historia, cumpliendo y verificando con parsimonia su pulcra precisión. ¿A qué fuerzas responde y remite este tiempo subalterno sino a los modos inmodificables de la muerte?

Ya para entonces quedaba poca gente en los ranchos. Primero se habían ido de uno en uno; pero los últimos casi se fueron en manada. Ganaron y se fueron aprovechando la llegada de las heladas. En años pasados llegaron las heladas y acabaron con las siembras en una sola noche. Y este año también. Por eso se fueron. Creyeron seguramente que el año siguiente sería lo mismo y parece que ya no se sintieron con ganas de seguir soportando las calamidades del tiempo todos los años y la calamidad de los Torricos todo el tiempo.13

El tiempo circular y opresivo se convierte en destino sobre la vida humana.

Cuando el incesto y crimen cubren el pueblo, no se abre juicio humano, sino que lo expresa la naturaleza; la narración no encubre ni expone, sólo menciona hechos, quedando neutra, pero el orden natural se comporta de manera reveladora:

Sobre san Gabriel estaba bajando otra vez la niebla. En los cerros azules brillaba todavía el sol. Una mancha de tierra cubría el pueblo. Después vino la oscuridad.14

Y cuando, hecha la peregrinación para expurgar, la culpa aún permanece intacta, el carácter circular del tiempo confirma la condena:

Y yo comienzo a sentir como si no hubiéramos llegado a ninguna parte, que estamos aquí de paso, para descansar, y que luego seguiremos caminando. No sé para dónde; pero tendremos que seguir, porque aquí estamos muy cerca del remordimiento y del recuerdo de Tanilo.15

El tiempo cae sobre sus cabezas y los achicharra como el sol de sus paisajes, los borra como su viento. No hay ruptura, protesta, ni violencia en la víctima; antes bien una escalofriante naturalidad ante el advenimiento de un destino completo. No sabemos si esto es sabiduría o resignación, o ambas, en un hermanado paralelismo.

No decimos lo que pensamos. Hace ya tiempo que se nos acabaron las ganas de hablar. Se nos acabaron con el calor.16

Pero, ¿para qué queremos el tiempo sino para quebrar el dictado de la fatalidad en que estamos atados? Un tiempo irónico y falsificado, inmanente, no es tal. El verdadero punto donde no obra el peligro del tiempo es en la muerte; previo a ella, el tiempo real e histórico se comporta como un pasaje encubridor del juego de las repeticiones.

El uso del tiempo en Rulfo revela que no hay enigma, que no habrá cambio ni sorpresa, tampoco esperanza ni superación, porque no hay lugar para la libertad, entonces ¿qué rito se cumple cumpliendo con la inercia del tiempo?

III - El páramo por corazón

Tanto como en la ineludible igualdad del tiempo, el espacio revela la intervención de fuerzas tan poderosas como inexplicables, recónditas y actuantes sobre el destino humano. Un México hondo, estático, taciturno.

Muy abajo el río corre mullendo las aguas entre sabinos florecidos; meciendo su espesa corriente en silencio. Camina y da vueltas sobre sí mismo. Va y viene como una serpentina enroscada sobre la tierra verde. No hace ruido. Uno podría dormir allí, junto a él, y alguien oiría la respiración de uno, pero no la del río.17

Entre las notas predominantes del espacio rulfiano, sin duda, la aridez es la constante. El páramo naturalmente es, a pesar de breves excepciones, el lugar por antonomasia del hombre. Y de tanto corresponderle, el páramo encarna en su espíritu. Una visión de conjunto por los personajes de Rulfo nos muestra el mismo horizonte - ensimismado por abandonado, rudo por sufrido, áspero por flagelado- que ofrece una planicie yerma.

Pero la aridez dice más de sí misma paulatinamente; árido y sin vida, árido e inerte, árido y muerto, se identifican sin dificultad:

Sólo a veces, allí donde hay un poco de sombra, escondido entre las piedras, florece el chicalote con sus amapolas blancas. Pero el chicalote pronto se marchita. Entonces uno lo oye rasguñando el aire con sus ramas espinosas, haciendo un ruido como el de un cuchillo sobre una piedra de afilar.18

Hasta llegar a:

Nunca verá usted un cielo azul en Luvina. Allí todo el horizonte está desteñido; nublado siempre por una mancha caliginosa que no se borra nunca. Todo el lomerío pelón, sin un árbol, sin una cosa verde para descansar los ojos (…) aquellos cerros apagados como si estuvieran muertos y a Luvina en el más alto, coronándolo con su blanco caserío como si fuera una corona de muerto.19

Y cuando las lluvias, los árboles o el viento refrescante se presentan ocasionalmente lo hacen para desaparecer; se dan a conocer, enseñan sus virtudes y las retiran tan pronto como puedan provocar añoranza. Ironía para causar dolor: la naturaleza se mezquina en sus bienes.

De los cerros altos del sur, el de Luvina es el más alto y el más pedregoso. Está plagado de esa piedra gris con la que hacen la cal, pero en Luvina no hacen cal con ella ni le sacan ningún provecho. Allí la llaman piedra cruda, y la loma que sube hacia Luvina la nombran Cuesta de la Piedra Cruda. El aire y el sol se ha encargado de desmenuzarla, de modo que la tierra de por allí es blanca y brillante como si estuviera rociada siempre por el rocío del amanecer; aunque esto es un puro decir, porque en Luvina los días son tan fríos como las noches y el rocío se cuaja en el cielo antes de que llegue a caer sobre la tierra.20

Para el hombre de Rulfo, el papel de la naturaleza, entendida como posibilidad y apertura, es definitivo. Al no haber prácticamente mediación de la cultura, el hombre recibe y toma de modo directo lo que es propio de su espacio vital; la dependencia no es relativa: si el espacio falla, se exacerba o se debilita, el hombre es arrastrado con él. Esa condición subordinada dicta los términos de su desarrollo existencial y de su esperanza, y además, impone una medida naturalista a su posible dimensión religiosa. La integración hombre-naturaleza-hombre es también envolvente, pues como el hombre brota de la naturaleza, existe y se sostiene en ella, así la naturaleza se corporiza, se humaniza y dictamina como si fuera una voluntad independiente y autoconsciente.

Ya mirará usted ese viento que sopla sobre Luvina (…) Se planta en Luvina prendiéndose de las cosas como si las mordiera. (…) Luego rasca como si tuviera uñas: uno lo oye a mañana y tarde, hora tras hora sin descanso, raspando las paredes, arrancando tecatas de tierra, escarbando con su pala picuda por debajo de las puertas, hasta sentirlo bullir dentro de uno como si se pudiera a remover los goznes de nuestros mismos huesos. Ya lo verá usted.21

La inhabitabilidad persistente de la tierra hace dudar de su propiedad vital: resequedad que se clava en los pies, polvo que perturba al caminante, lluvias que bromean con aparecer y dar sed, vientos que acosan, soles que torturan sin tregua, constituyen la negación de los elementos en su carácter primario y benigno: el hombre debería vivir gracias al sol, al agua, al aire y a la tierra, pero una malignidad inexorable los vuelve en su contra.

Al no-tiempo rulfiano lo auxilia el anti-espacio: la naturaleza se comporta como un arma, a veces sutil, a veces grosera, de la misma impiedad sobre el hombre, que le arrebata su libertad. Está a disposición del tiempo con sus brazos: el calor y el frío, la lluvia y la sequía, la luz y la oscuridad, la tierra o la piedra, los yuyos y los árboles.

El espacio del mundo tanto se hace al modo del hombre, como lo induce a ser: se hace a la interioridad cuando responde connaturalmente al agravamiento de sus sentimientos:

Algunos ganamos para el cerro grande y arrastrándonos como víboras pasábamos el tiempo mirando hacia el Llano, hacia aquella tierra de allá abajo donde habíamos nacido y vivido y donde ahora nos estaban aguardando para matarnos. A veces hasta nos asustaba la sombra de las nubes.22

La tierra es el hogar, actual y primordial. Pero los personajes de Rulfo solo recuerdan ese lugar íntimo. La pérdida del paraíso natal, a causa de que la madre naturaleza se vuelve extraña, sume en impotencia y añoranza. El hombre desterrado y la posesión por la nostalgia.

De este modo se nos fue acabando la tierra. Casi no nos quedaba ya ni el pedazo que pudiéramos necesitar para que nos enterraran23.

La naturaleza induce e impulsa al hombre a actuar más allá de su voluntad; no distinguiendo jerarquía, lo hace portarse como víctima. Todos, plantas, animales y hombres se admiten en ella guiados por sus impulsos y promovidos por su comportamiento originario, actúan:

Siempre sucedía que la tierra sobre la que dormíamos estaba caliente. Y la carne de Natalia, la esposa de mi hermano Tanilo, se calentaba enseguida con el calor de la tierra.24

Y aunque, de algún modo, la naturaleza les restaura su inocencia al decidir por ellos, cuando lo humano vuelve y la noción de lo hecho se aclara, en el hombre queda la culpa, mientras que la naturaleza se retira cauta. Los modos no cuentan como antinomias, pues finalmente la presencia celosa de la voluntad de la naturaleza restringe libertad; los elementos están dictaminando el cumplimiento fatal del destino. El agua desbordada de un río entra en el cuerpo de su víctima como una convulsión:

De su boca sale un ruido semejante al que se arrastra por las orillas del río, que la hace temblar y sacudirse todita y, mientras, la creciente sigue subiendo. El sabor a podrido que viene de allá salpica la cara mojada de Tacha (…) 25

…o la tierra de la sepultura se hace materia de la boca de Susana San Juan ante la inminencia de su muerte:

Tengo la boca llena de tierra.26

Frente al obrar de la naturaleza no hay fuerza divina o humana que pueda combatir; entiéndase: fuerza divina trascendente, porque la naturaleza es ya una deidad inmanente y operante, un estadio vital que expresa la autonomía de lo telúrico y el sometimiento de sus seres. El cosmos, en sentido absoluto, se comporta como un regulador de justicia, dando o quitando sin relación de equidad y sin que su acción llegue a juzgarse. Sus víctimas caen con sencillez, perdiendo su principio de individuación, para entrelazarse en una sucesión de cumplimiento y pago de destinos, equilibrando desórdenes impersonales y arcanos.

La condición de intemperie es la propiedad del espacio. El predominio de espacios externos, sumado al intenso lirismo de sus descripciones, sugiere una centralidad de lo exterior. Pero lo que está afuera, lo que es visible, no habla de su apariencia, sino de su fuerza interna. El viaje por el espacio apela a la “inferioridad” de la naturaleza. Por debajo de ella, en otro lugar subterráneo, silencioso, omnipresente, se dictamina para que se repita y se cumpla en la superficie un acontecer irreversible, el destino igual a sí mismo.

Así nos han dado esta tierra. Y en este comal acalorado quieren que sembremos semillas de algo, para ver si algo retoña y se levanta. Pero nada se levantará aquí. Ni zopilotes.27

A la intemperie el hombre está en vilo, atento a lo primitivo; permanece en un estatuto humano esencial, sin devenir y sin progreso, expuesto y desguarnecido; hombre sin cobijo, dentro del interminable espacio-páramo, que toma forma de poblado, de camino, de techo derruido, de iglesia despojada. El espacio se hace cuerpo del hombre:

Caminó entre aquellos hombres en silencio, con los brazos caídos. La madrugada era oscura, sin estrellas. El viento soplaba despacio, se llevaba la tierra seca y traía más, llena de ese olor como de orines que tiene el polvo de los caminos.

Sus ojos, que se habían apeñuscado con los años, venían viendo la tierra, aquí, debajo de sus pies, a pesar de la oscuridad. Allí, en la tierra estaba toda su vida. Sesenta años de vivir sobre ella, de encerrarla entre sus manos, de haberla probado como se prueba el sabor de la carne. Se vino largo rato desmenuzándola con los ojos, saboreando cada pedazo como si fuera el último, sabiendo que casi sería el último.28

No hay autonomía entre hombre y tierra – patria, terruño, pueblo, llano; no hay separación. Y en el momento final el hombre entra en la tierra de una manera íntima, la propia tierra se ve, aunque no haya luz y se saborea con la vista. Tierra y vida se convierten en sinónimos, sin importar el valor objetivo de esa tierra, incluso a pesar de su insignificancia, aridez y hostilidad.

Conforme bajamos, la tierra se hace buena. Sube polvo desde nosotros como si fuera un atajo de mulas lo que bajara desde allí; pero nos gusta llenarnos de polvo. Nos gusta. Después de venir durante once horas pisando la dureza del llano, nos sentimos muy a gusto envueltos en aquella cosa que brinca sobre nosotros y sabe a tierra.29

La visión de los paisajes, que ofrecen un estatismo casi ritual tanto como una movilidad enloquecida, parece levantarse desafiando su inercia, animizándose y cobrando protagonismo, es decir, guiando las acciones. En la obra de Rulfo pasan cosas, hay drama, en tanto y en cuanto la naturaleza quiera.

Por el contrario, la indolencia, la quietud, incluso una inactividad -semejante a la insensibilidad- se traslada a las conductas humanas. Es decir, hay una transmutación entre el paisaje y el hombre: la naturaleza reacciona, el hombre observa quedo. La decisión, el movimiento es iniciado por lo inanimado y provoca el drama. Lo actúa, lo determina y lo clausura o lo deja en posible continuación.

Las apariencias del espacio diversifican un mismo trasfondo, como una catacumba donde todos conviven. ¿Cuáles son los pasadizos posibles para escapar de ella? Ninguno. Todo lo contrario. La igualdad visual de los paisajes describe el estable paisaje de la muerte. No como anticipación necesariamente, sino como tranquila descripción: el territorio es la muerte.

La a-temporalidad y la a-espacialidad confirman que tiempo y espacio no se comportan como estamentos paralelos, definidos para cada situación, sino que se unifican en apariencia y en fines. El tiempo es cíclico y no hay apertura en el círculo inapelable, de ahí que los personajes de Rulfo no podrán ser libres, repetirán acciones volviendo al principio, como en un rito. Tampoco el ambiente dará oportunidad, solo permitirá la idéntica recuperación de un hecho simbólico para volverlo presente y actuante; no obstante, el resultado de esta acción ritual no se abrirá para acoger al hombre, ni le dará la potencia de ser otro, de ser más. Lo dejará anonadado y exterminado, como corresponde a un dios vengativo y desamorado. Obsérvese el rito de la lluvia y el hombre pendiente de su adoración:

Cae una gota de agua, grande, gorda, haciendo un agujero en la tierra y dejando una plasta como la de un salivazo. Cae sola. Nosotros esperamos a que sigan cayendo más. No llueve. Ahora si se mira el cielo se ve a la nube aguacera corriéndose muy lejos, a toda prisa. El viento que viene del pueblo se le arrima empujándola contra las sombras azules de los cerros. Y a la gota caída por equivocación se la come la tierra y la desaparece en su sed.30

IV- El silencio de Dios

La presencia de un tono consistente de religiosidad, producto de hábitos y tradiciones dominantes, es estable en las obras de Rulfo. Como un componente innato, ingenuo, los hombres son devotos, van a iglesias, apelan a los santos y a la Virgen, hablan con imprecisa teología del cielo y del infierno; o por el contrario, son blasfemos, irreverentes, descreídos y demasiado humanos. Pero la función es la misma, místicos o impíos tienen a Dios por horizonte cultural.

No obstante esta presencia extendida, lo divino en tanto salvífico no está en ninguna parte. En la obra de Rulfo, Dios guarda un moderado silencio ante la tragedia del hombre.

-¿Qué haces aquí, Agripina?

-Entré a rezar - nos dijo.

-¿Para qué? - le pregunté yo.

Y ella se alzó de hombros.31

El Dios que se distancia de los vivos, tampoco alivia la culpa de los muertos y aprueba un reparto de culpas arbitrarias. Hay mal, porque hay dolor, pero no hay comprensión del mal; entonces, alguien debe pagarlo y, lo que debería ser justicia, se convierte en venganza. Así, el padre que odia a su hijo porque “hizo” que su madre muriera, en una relación imposible de causa-efecto:

“Todavía viviría -se puso a decir él- si el muchacho no hubiera tenido la culpa”. Y contaba que al niño se le había ocurrido dar un berrido como de tecolote, cuando el caballo en que venían era muy asustón. Él se lo advirtió a la madre muy bien, como para convencerla de que no dejara berrear al muchacho. Y también decía que ella podía haberse defendido al caer; pero que hizo todo lo contrario: “Se hizo arco, dejándole un hueco al hijo como para no aplastarlo. Así que, contando unas con otras toda la culpa es del muchacho.”32

No sorprende que esta confusión culmine en parricidio, manifestado de modo crudo y casi necesario. Los odios primordiales sin causa original engendran venganzas. La idea de “páramo” se impone, infecundidad con agotamiento, tierra negada a la vida.

-¿Conoce usted a Pedro Páramo? - le pregunté.

Me atreví a hacerlo porque vi en sus ojos una gota de confianza.

-¿Quién es? - volví a preguntar.

-Un rencor vivo - me contestó él.33

Nadie menos adánico que el hombre de Rulfo, habitante sin culpa de un único lugar -paraíso inhóspito- donde el mal y el bien se reconfiguran en orden a la visión concéntrica de los hablantes de la historia. Lo certero es la carga, pero jamás la culpa.

Yo por eso, para que no me apedreen, me vivo siempre metido en mi casa. Enseguida que me dan de comer me encierro en mi cuarto y atranco bien la puerta para que no den conmigo los pecados mirando que aquello está a oscuras.34

Ante la observación de una naturaleza actuante, aparece un nivel preliminar de conciencia. Ya dijimos que hay una transmutación entre el paisaje y el hombre. El orden humano es espectador de aconteceres que lo arrastran y que pasan por encima. Y lo distintivo del hombre son las preguntas, que ahondan su propio abismo:

¿Quién diablos haría este llano tan grande? ¿Para qué sirve, eh?35

Aun sin Dios, los hombres y las mujeres tienen fe, esperanza, miedo, culpa, ligando esos sentimientos a motivos menores, a formas de dioses inferiores, disminuidos a sus circunstancias. Inauguran, así, otro tipo de piedad dentro de la religiosidad estructurada y oficial. Son devotos de una religión natural y pagana, telúrica; la esperanza está ceñida en seres insignificantes. Esteban en su gallina, Tacha en su becerro:

-No, la traigo para cuidarla (a la gallina). Mi casa se quedó sola y sin nadie para que le diera de comer; por eso me la traje. Siempre que salgo lejos cargo con ella.36

La única esperanza que nos queda es que el becerro esté todavía vivo.37

“Esperanza” tiene aquí doble sentido: implica la promesa de una vida terrenal reparada, potenciada a la máxima altura dentro de su contexto; asimismo el cumplimiento de la esperanza terrenal sostiene la salvación del alma de la pena eterna. De lo acontecido social y moralmente en la vida, pende la condenación perpetua. Que el campesino tenga fe en su gallina, probablemente ordenará su vida material ínfima, regulará su moral –podrá trabajar y no deberá robar ni matar- y salvará su alma. Que la niña Tacha tenga una vaca será garantía de pasatiempo mientras crezca, respaldo para conseguir un marido y alternativa para que no se corrompa moralmente por ende, será buena y salvará su alma. La simplificación de estas ecuaciones revela la relación directa entre orden natural y orden sobrenatural, articulados por el gozne de la religiosidad popular. La esperanza, por ridícula que parezca, es el único talismán contra el destino cerrado.

(…) se quedó muy pobre viendo la falta de su vaca, viendo que ya no va a tener con qué entretenerse mientras le da por crecer y pueda casarse con un hombre bueno, que la pueda querer para siempre. Y eso ahora va a estar difícil. Con la vaca era distinto, pues no hubiera faltado quien se hiciera el ánimo de casarse con ella, sólo por llevarse también aquella vaca tan bonita.38

La esperanza descentrada se justifica en que la imagen de lo sagrado está sesgada: la religiosidad popular la minimiza, haciéndola víctima de un pragmatismo grosero. Pero la confianza como tal, permanece y se traslada de objeto; se dirigirá entonces hacia aquello que plenifica, que representa un deseo supremo. Esperar es retornar a un estado de unidad del cual alguna circunstancia -acaso nuestro pecado- nos separó. Por eso Macario asimila esperanza a placer, a sitio donde tuvo seguridad, semejante al seno materno, al regazo de la Virgen:

De lo que más ganas tengo es de volver a probar algunos tragos de la leche de Felipa, aquella leche buena y dulce como la miel que les sale por debajo a las flores del obelisco39

Las formas de la devoción, en el sentido tradicional, están presenten pero actúan como cifra de la superstición o como requisito social antes que como expresión de una interioridad religada con Dios.

-Te confiesas primero y todo queda arreglado. ¿Desde cuándo no te confiesas?

-¡Uh!, desde hace como quince años. Desde que me iban a fusilar los cristeros. Me pusieron una carabina en la espada y me hincaron delante del cura y dije allí hasta lo que no había hecho. Entonces me confesé hasta por adelantado40.

Y mientras tanto, los hombres o las ánimas portan el peso de su culpa, sin modo de aliviarlo; el punto en común entre ambos es la presencia y la conciencia del pecado:

-¿No me ve el pecado? ¿No ve esas manchas moradas como de jiote que me llenan de arriba abajo? Y eso es sólo por fuera; por dentro estoy hecha un mar de lodo. (…) Ninguno de los que todavía vivimos está en gracias de Dios. Nadie podrá alzar sus ojos al Cielo sin sentirlos sucios de vergüenza.41

Ante la religión pública y sus ministros, se contrapone el hombre solo y su autoconocimiento. La propia conciencia es más severa e inmisericorde que cualquier mandato externo; sabe del mal y no cree que sea posible purificarlo. Nuevamente aparece un nivel inferior, más intenso y más terrible, en el cual el hombre está atado a una noción inmóvil de bien y de mal, cuya objetividad le es indiferente. Nadie puede perdonar, si el hombre sabe la carga de su mal.

El padre Rentería le dijo:

-He venido a confortarte, hija.

-Entonces adiós, padre -contestó ella. No vuelvas. No te necesito.42

Pero no, no había terminado todavía. No podía entregar los sacramentos a una mujer sin conocer la medida de su arrepentimiento. Le entraron dudas. Quizá ella no tenía nada de qué arrepentirse. Tal vez él no tenía nada de que perdonarla.43

La religiosidad oficial está quebrada: se debate entre la misión salvífica y los reclamos del tiempo histórico. El padre Rentería es la figura paradigmática de la dualidad como ruptura, actúa presionado, con debilidad y complicidad, pero conoce la diferencia y pena por ella:

“Todo esto que sucede es por mi culpa –se dijo-. El temor de ofender a quienes me sostienen. Porque ésta es la verdad; ellos me dan mi mantenimiento. De los pobres no consigo nada; las oraciones no llenan el estómago (…) Mi culpa.”44

El mundo de los vivos de Rulfo espera en Dios o en formas subalternas de lo divino; el mundo de los muertos no espera, sabe y padece. En medio de ambos, un páramo de silencio, caliente como el infierno mismo:

-Hace calor aquí - dije.

-Sí, y esto no es nada -me contestó el otro-. Cálmese. Ya lo sentirá más fuerte cuando lleguemos a Comala. Aquello está sobre las brasas de la tierra, en la mera boca del Infierno.45

V- La condena de la memoria

Al ingresar en el mundo inferior de los personajes -no nos atrevemos a decir a su conciencia- aparece una suma de rasgos que los perfilan como hermanos. Une a todos un denominador común, un trazo invisible y mudo, infra-real. Los hombres no son lo que se ve, sino lo que opera en ellos: ya un entramado de destinos, de imperativos remotos, ya el fruto de una acción de supervivencia y desesperación. Infelices por naturaleza, el hambre, la persecución, la negación del futuro, son sus constantes; se mueven casi por inercia sobre su propia vida, esperando mínimas retribuciones. La huida es una de sus marcas:

Tengo que estar al otro lado, donde no me conocen, donde nunca he estado y nadie sabe de mí; luego caminaré derecho, hasta llegar. De allí nadie me sacará nunca.46

En el marco de la a-temporalidad y de la a-espacialidad, la presencia de lo humano -no como arquetipo fácil y permeable, sino como decenas de hombres y mujeres, de viejos y jóvenes, de niños y adolescentes- entra en escena, habla, interpela a su modo, y sale de escena en sesgo incompleto. Incapaces de cambiar sus circunstancias, sin embargo no dejan de penar por ellas, de esparcir su miseria invariable por el segmento de vida o de muerte que les toca. Aquí dos posiciones: la de quien está conciente e intenta confrontar (“Diles que no me maten”) y la de quien arrastra con sus pasos una vida que es menos que vida, una vida inferior o infernal (“Macario”, “El día del derrumbe”). En el último caso, las narraciones aparecen como la herramienta estética para sacar del anonimato vidas anti-vidas, vidas contra la vida, como un reclamo.

Pero uno es ignorante, uno vive remontado en el cerro, sin más trato que los borregos, y los borregos no saben de chismes.47

Estos personajes inferiores no pertenecen al mundo civilizado, antes bien lo observan desde afuera y son rechazados. La civilización los visita (“El día del derrumbe”, “Nos han dado la tierra”, “Paso del Norte”) les da indicaciones (“Luvina”), pero no se inmiscuye con ellos, son de otro orden, son los muertos. Ellos siempre están solos, encerrados, marginados y, si los ven, los persiguen, los golpean, los aniquilan (“Macario”, “Luvina”, “La noche que lo dejaron solo”, “En la madrugada”).

Me llegaron con ese aviso. Y que dizque yo lo había matado, dijeron los díceres. Bien pudo ser; pero yo no me acuerdo ¿No cree usted que matar a un prójimo deja rastros? Los debe de dejar, y más tratándose de un superior de uno. Pero desde el momento que me tienen aquí en la cárcel por algo ha de ser, ¿no cree usted?48

Su tarea de soledad es purgar culpas no cometidas y tener esperanza allí donde no la hay. Sus acciones, de acuerdo a su misma marginalidad existencial, permanecen en una zona ambigua: no es posible medir con el código de ética de la civilización del progreso el bien o el mal que hacen. Por ello, cargan culpa o inocencia sin saberlo, y nadie a su alrededor está en condiciones de decírselo; solo operan sobre ellos las fórmulas oficiales (“La noche que lo dejaron solo”, “El hombre”).

Así habla “el hombre” mientras asesina a toda una familia dormida:

Se persignó hasta tres veces. “Discúlpenme”, les dijo. Y comenzó su tarea. Cuando llegó el tercero, le salían chorretes de lágrimas. O tal vez era de sudor. Cuesta trabajo matar. El cuero es correoso. Se defiende aunque se haga a la resignación. Y el machete estaba mellado: “Ustedes me han de perdonar”, volvió a decirles.49

“No debí matarlos a todos; me hubiera conformado con el que tenía que matar; pero estaba oscuro y los bultos eran iguales... Después de todo, así de a muchos les costará menos el entierro.”50

Los personajes inferiores de Rulfo son portadores de una férrea teología heredada, y en sus conciencias disminuidas –por el hambre, el alcohol, la fuga, el sometimiento, la enfermedad- todavía activa.

Porque la cosa es que a Tanilo Santos entre Natalia y yo lo matamos. Lo llevamos a Talpa para que se muriera. Y se murió. Sabíamos que no aguantaría tanto camino; pero, así y todo, lo llevamos empujándolo entre los dos, pensando acabar con él para siempre. Eso hicimos.51

Por encima de esa dimensión que pesa o libera en círculos concéntricos se distribuyen las instituciones eclesiales, con sus representantes muy humanos y en círculo lejano, casi remoto, lo divino. Las verdades de la religión se convierten en instrumentos de dominación de los inferiores para controlar lo irregular, lo defectuoso:

Mi madrina no me deja salir solo a la calle. Cuando me saca a dar la vuelta es para llevarme a la iglesia a oír misa. Ahí me acomoda cerquita de ella y me amarra las manos con las barbas de su rebozo. Yo no sé por qué me amarrará mis manos; pero dice que porque dizque luego hago locuras52.

O para abusar de la inocencia:

Felipa dice, cuando tiene ganas de estar conmigo, que ella le contará al Señor todos mis pecados. Que irá al Cielo muy pronto y platicará con Él pidiéndole que me perdone toda la mucha maldad que me llena el cuerpo de arriba abajo. Ella le dirá que me perdone para que yo no me preocupe más. Por eso se confiesa todos los días. No porque ella sea mala, sino porque yo estoy repleto por dentro de demonios y tiene que sacarme esos chamacos del cuerpo confesándose por mí. Todos los días. Todas las tardes de todos los días.53

Si lo humano, en el ejercicio de la función sacerdotal, actúa como parodia, quedando subyugado a los poderes de la tierra y de la contradicción, la presencia de Dios mismo y de la Virgen en sus múltiples devociones se hace confusa. En cambio, no hay duda de que los personajes tienen alma, principio de su sufrimiento.

El alma de los personajes de Rulfo tiene función acosadora; el alma sabe y, cuando sabe, lo hace absolutamente, no se engaña, no quiere engañarse. El peso de su saber es la compañía en su camino.

No debí matarlos a todos –iba pensando el hombre. No valía la pena echarme ese tercio tan pesado en mi espalda. Los muertos pesan más que los vivos; lo aplastan a uno.54

Yo sé ahora que Natalia está arrepentida de lo que pasó. Y yo también lo estoy; pero eso no nos salvará nunca del remordimiento ni nos dará ninguna paz ya nunca.55

En el alma de los personajes se desarrolla la acción de las obras, la acción más relevante del hombre rulfiano, casi la única, podríamos aventurar, acción fundamental: recordar. El territorio de la memoria -¡finalmente el lugar ideal sin barreras de tiempo ni de espacio!- los libera de toda determinación y les permite paseos, desvaríos, reencuentros, fascinaciones de presente. Más aún, es la memoria el único espacio donde hay futuro para el hombre de Rulfo.

Así habla el narrador protagonista, luego de haber matado a Remigio, quien lo acusaba falsamente de la muerte de su hermano:

Me acuerdo que eso pasó allá por octubre, a la altura de las fiestas de Zapotlán. Y digo que me acuerdo que fue por esos días, porque en Zapotlán estaban quemando cohetes, mientras que por el rumbo donde tiré a Remigio se levantaba una gran parvada de zopilotes a cada tronido que daban los cohetes.

De eso me acuerdo.56

He aquí el verdadero y nuclear “infierno”, el lugar de abajo, la inferioridad e interioridad suprema de los personajes: la memoria es su infierno, tómese aquí en su doble sentido, etimológico y teológico. Y sabemos que algunos de ellos, acaso los relevantes, solo viven en el infierno de su memoria.

El centro neurálgico de la obra rulfiana es la memoria. No tenemos nada más de nosotros y de los otros que una recortada, ambiciosa, relajada y permeable memoria. Allí, sin tiempo ni espacio, viven; en algunos esto será calificado de locura (Susana San Juan). Pero lo trágico es que lo mejor de cada uno quedó atrapado en la memoria, como forma de nostalgia de sí. Y esto afecta o recompone aun a los peores, tal el caso de Pedro Páramo, el indefinible corazón de todos, el dador de vida y muerte, el dios primigenio de Comala.

Si no es posible abrir y sondear en el futuro, ni desde la menguada esperanza, al menos el acto dramático del recuerdo –guía de acciones- pretende un sentido, el sentido del punto de llegada.

Las historias de Rulfo, iniciadas in medias res, deben retroceder al pasado en busca de razones; ese es su avance posible. Solo la comprensión, rigurosa o paródica (“La cuesta de las Comadres”, “El día del derrumbe”), podrá -si no cambiar el presente- al menos sostenerlo. Así se entretiene la llegada de la muerte, cuando aún no ha acontecido, o se distrae la eternidad de la muerte, cuando ya llegó:

-Ya déjate de miedos. Nadie te puede dar ya miedo. Haz por pensar en cosas agradables porque vamos a estar mucho tiempo enterrados.57

Si el presente no tiene más ocupación que la espera de la muerte, los devaneos de la memoria son la única libertad; recrear lo acontecido es recurso para inventar el tiempo y extender la vida.

Acuérdate de Urbano Gómez (…) Pero te debes acordar de él. Acuérdate que le decíamos (…) Acuérdate del relajo que armaba cuando estábamos en misa (…)58

La existencia posible se instala en el pasado y en su reconstrucción detallada se funda el presente; es existir en un tiempo remoto, propio de una dimensión mítica y prehistórica. Lo sucedido es proyección, perspectiva de comprensión; hasta puede llegar a ser razón y justificación. Dentro de la estructura circular del tiempo, la memoria es razón de fundamento e hilo conductor de la coherencia de la vida. Si no hay capacidad de recuperación por la memoria, no hay asentamiento en el presente, más aún, no hay presente.

Por la memoria, los muertos están activos:

Todo esto que hago, no lo hago por usted. Lo hago por su difunta madre. Porque usted fue su hijo. Por eso lo hago. Ella me reconvendría si yo lo hubiera dejado tirado allí (…) Ella me da ánimos, no usted.59

-¿No me oyes? –pregunté en voz baja.

Y su voz me respondió:

-¿Dónde estás?

-Estoy aquí, en tu pueblo. Junto a tu gente ¿No me ves?

-No, hijo, no te veo.

Su voz parecía abarcarlo todo. Se perdía más allá de la tierra.

-No te veo.60

Los muertos se hacen presente, ya en la memoria de otros, ya como voz actual para indicar, guiar, dejar abierto un camino.

Este pueblo está lleno de ecos. Tal parece que estuvieran encerrados en el hueco de las paredes o debajo de las piedras. Cuando caminas, sientes que te van pisando los pasos. Oyes crujidos. Risas. Unas risas ya muy viejas, como cansadas de reír. Y voces ya desgastadas por el uso.61

La ruta de Juan Preciado es un derrotero escrito por la voluntad de los muertos, afán pendiente de pasado, que domina convirtiéndose en tiempo único. Esta situación llega al paroxismo cuando la “vida” de los muertos está cautiva en su memoria; ejemplo doliente es Pedro Páramo pensando en Susana San Juan:

-¿Qué tanto haces en el excusado, muchacho?

-Nada, mamá.

(…)

“Pensaba en ti, Susana. En las lomas verdes. Cuando volábamos papalotes en la época del aire. Oíamos allá abajo el rumor viviente del pueblo mientras estábamos encima de él” (…)

-Te he dicho que te salgas del excusado, muchacho.

-Sí, mamá. Ya voy.

“De ti me acordaba. Cuando tú estabas allí mirándome con tus ojos de aguamarina.”62

La memoria opera aquí como un reparador de iniquidades, como una renovación del propio paraíso sin mancha; trae un tiempo anterior a la injusticia y a la mácula, un tiempo que confirma la posible bondad y, por ende, el virtual espacio de salvación del personaje oscuro y corrupto.

La retrospección obligada de los hombres sin futuro, sin progreso y sin esperanza a su vez los confirma en su no-lugar y en su no-tiempo. Si ellos solo se mueven en un territorio ilusorio, siempre retornando, no serán artífices de ningún cambio, de ningún movimiento hacia fuera de ellos mismos. El recuerdo de sus crímenes, de su huida, de su viejo proyecto, los detiene en él.

Me acuerdo muy bien de esas noches. Primero nos alumbrábamos con ocotes. Después dejábamos que la ceniza oscureciera la lumbrada y luego buscábamos Natalia y yo la sombra de algo para escondernos de la luz del cielo.63

La memoria de los marginados los clausura en su desamparo. El tiempo no tiene otra finalidad más que la de permitir el rescate de un pasado que puede o no haber sido feliz, pero que tiene la virtud de haber sido. Justamente allí se hacen patentes las dos dimensiones del acto de recordar: como culpa y arrepentimiento y como autoafirmación y gozo.

La memoria lleva al encuentro de un contenido: la soledad del hombre. Y ahí aparece el enemigo; el hombre está solo no porque Dios lo haya maldito, sino porque es víctima de su igual; hombres desgraciados hacen desgraciados a otros, no importa el poder ocasional que detenten o la competencia de miseria que se entable. Los hombres se desangran entre sí y la tierra es el símbolo de esa sangre:

De venir a caballo ya hubiéramos probado el agua verde del río, y paseado nuestros estómagos por las calles del pueblo para que se les bajara la comida. Ya lo hubiéramos hecho de tener todos aquellos caballos que teníamos. Pero también nos quitaron los caballos junto con la carabina.64

…ellos eran allí los dueños de la tierra y de las casas que estaban encima de la tierra…65

La memoria, con su capacidad de ahondamiento, también sirve a la ironía. Recordar lleva a ver el límite de sí, la propia tosquedad, la mezcla de ignorancia y conformismo del hombre. Principio de supervivencia, quizá, en su universo primitivo; la conciencia vedada es forma de supervivencia, identificación elemental; no darse cuenta es seguir vivo. Claro que el estado de inocencia puede llegar a ser exasperante; conduce a la divinización de las instituciones, a la secularización de la esperanza depositada en seres paralelos, y, aunque socialmente más altos, moralmente más bajos:

(…) llegó el gobernador; venía a ver qué ayuda podía prestar con su presencia. Todos ustedes saben que nomás con que se presente el gobernador, con tal de que la gente lo mire, todo se queda arreglado (…) En viniendo él, todo se arregla, y la gente, aunque se la haya caído la casa encima, queda muy contenta con haberlo conocido.66

Además de la confianza en la bondad intrínseca de las instituciones, por falsarias que se muestren en los hechos, hay una atribución de empatía del político hacia el pueblo; el recuerdo quiere dibujar sentimientos que mejoran y ocultan:

No cabe duda de que se sentía feliz (el gobernador), porque su pueblo era feliz, hasta se le podía adivinar el pensamiento.67

Contraria a la confianza y a la certidumbre de que somos queridos y protegidos, aun sin fundamento, aparece la traición. Y la mayor deslealtad será, claro, la de quien más se espera; la traición con dolor y desazón es la traición del padre. La traición puede darse por ausencia involuntaria, por un arrebato del destino que el hijo deberá restaurar. Violencia por violencia:

-Guadalupe Terreros era mi padre. Cuando crecí y lo busqué me dijeron que estaba muerto. Es algo difícil crecer sabiendo que la cosa de donde podemos agarrarnos para enraizar está muerta. Con nosotros, eso pasó.68

O bien por omisión del padre. Imposible no citar el celebérrimo comienzo de Pedro Páramo:

Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo.

(…) se me fue formando un mundo alrededor de la esperanza que era aquel señor llamado Pedro Páramo, el marido de mi madre. Por eso vine a Comala.69

El reclamo sobre la figura paterna por ausencia u omisión, empeora por desprecio o negligencia: el desinterés del padre por el hijo explícito y frontal recrudece la miseria de la relación y establece las líneas de la condena de los herederos:

¿Qué me gané con que usted me criara?, puros trabajos. Nomás me trajo al mundo al averíguatelas como puedas. Ni siquiera me enseñó el oficio de cuetero, como pa que no le fuera a hacer a usté la competencia. Me puso unos calzones y una camisa y me echó a los caminos pa que aprendiera a vivir por mi cuenta y ya casi me echaba de su casa con una mano adelante y otra atrás. Mire usté, éste es el resultado: nos estamos muriendo de hambre.70

El reclamo del hijo ante la falta de educación que lo lleva a buscar su destino fuera de su patria, duplicando riesgos y retornando humillado a un grado más bajo al de antes de partir, marca la historia de muchos marginados por la patria, en un ir y venir circular sin avance en su destino.

-(…) Ya verás cuando te asomes por tu casa; ya verás la ganancia que sacaste con irte.71

La figura jerárquica del padre, aunque desamorado y severo, se comporta como un guardián del orden natural: lo que se sale de dicho orden debe ser reconducido, castigado. El padre “goza” con el fracaso del hijo en experiencias de ruptura del círculo primigenio y, ante su ruina, no presta ni consuelo ni ayuda, antes bien, reprocha y acentúa. Como un dios vengador y telúrico, el padre-patria es una sombra oscura sobre el destino personal del hijo. Ante el fracaso se debe volver a empezar, pero un estadio anterior y más bajo, para purgar el error.

-Se te fue la Tránsito (la esposa) con un arriero. (…) Y tú vete buscando onde pasar la noche, porque tu casa la vendí pa pagarme lo de los gastos. Y todavía me sales debiendo treinta pesos del valor de las escrituras.

-Está bien, padre, no me le voy a poner renegado. Quizá mañana encuentre por aquí algún trabajito pa pagarle todo lo que le debo. ¿Por qué rumbo dice usté que arrendó el arriero con la Tránsito?72

El hombre de Rulfo juega su destino bajo condicionamientos severos: tiempo y espacio complotados en su continua prueba, burla y desplazamiento, Dios y las fuerzas superiores sobrevolándolo omnipresentes, con rigor y sin consuelo, y por debajo, en su consciencia ya aletargada, ya alerta, la memoria susurrando.

VI- México infernal

Bajo un tiempo circular que no admite esperanza, dentro de una naturaleza mediadora de muerte que no deja habitarse, el hombre de Rulfo está ante una situación trágica que puede no pertenecerle, que puede no haber causado, pero a la que no puede escapar: es su destino.

No tiene dones para encararlo, no tiene capacidades ni recursos externos: solo una vida anónima, vida menos que vida, inferior por infernal, acaso. La narrativa –y la denuncia- de Rulfo no es histórica, ni política: es antropológica y clama por el ser del hombre, que es un saberse, que debe ser un saberse. En la poca o mucha conciencia de los personajes habita la memoria, como lugar natural y único campo de realización.

Si no hay espacio ni tiempo en Rulfo es porque no hay hombre consciente de sí. ¿Para qué asentar en la tierra, para qué hacerse en la historia, si no está ahí, si no se da cuenta de estar en esa circunstancia? Si no hay Dios de la esperanza y la misericordia en la obra de Rulfo es porque sus personajes están muertos y vagan en pena, o están a punto de morir culpables, o ya condenados en vida. En cambio, hay un dios del mundo de los muertos, un dios distante y frío, que dictamina y cumple sin amparar.

Al centrar su atención en la imperturbabilidad del tiempo, tanto como en la fatal semejanza del espacio y en los hombres privados de libertad, Rulfo revela un México subyacente, silencioso pero que clama. Una presencia que se eleva desde lo profundo de un territorio para identificar un espíritu.

¿Cuál es el México real? ¿El más real, el profundo, el inferior por subterráneo, el obligado a la invisibilidad? ¿El México infernal? Pueden ser preguntas pendientes. Pero, por otra parte, ¿qué significa “real” cuando se trata de definir la identidad? Si los resultados de la revolución fracasaron, si las armas y las políticas ulteriores fueron igualmente mortíferas, ¿qué espíritu de revolución, qué reclamo de revuelta, es decir, qué reversión del orden establecido propone Rulfo con sus inermes campesinos, oprimidos en el ciclo natural, de espaldas al crecimiento, al progreso y a la autoconciencia?

Pero esta es una pregunta histórica y creemos que la propuesta de Rulfo es pre-histórica. ¿Cómo es el hombre, qué dice saber, qué siente el hombre de esta tierra? ¿Cuál es la fabulación, entonces, la de la historia o la del mito?

Sin duda resulta sobrecogedora la propuesta de una realidad sin tiempo, ni espacio, ni hombres, ni Dios. Una nueva realidad, realidad no oficial, realidad sesgada pero simbólica, marginada aunque omnipresente, realidad tan rural como psicológica, realidad metafísica al fin.

Ese mundo humillado, desplazado al subsuelo por alguna voluntad imperante, que podemos llamar ideológica, política o tecnocrática, es un mundo decaído pero también alerta, postrado mas no derrotado. Un mundo que no va “hacia”, muy al contrario, que vuelve “desde” para confrontar al presente. Mundo, quizá, de otra memoria.


- ¿Cual es la conclusión ... de este cuento:
Que parece estar alargándose + de la cuenta
Muy sencillo señoras y señores
Hay que volver a releer a Rulfo
Yo no lo conocía créanmelo
Me encantaba
.................... pero eso era todo
No lo había leído en profundidad
Ahora veo cómo son las cosas
Agradezco los narco-dólares
Harta falta que me venían haciendo
Pero mi gran trofeo es Pedro Páramo
No sé qué decir
A los 77 años de edad
He visto la luz
que la luz he visto las tinieblas

(Nicanor Parra, De Discursos de sobremesa, Concepción, Cuadernos Atenea, 1997)






Ethel Junco de Calabrese PHD.
Licenciada en Letras Clásicas por la Universidad Nacional de Mar del Plata, Argentina, Doctora en Letras por la Universidad del Salvador, Argentina, y Doctora en Filosofía por la Universidad de Barcelona, España. Actualmente es profesora investigadora del Departamento de Filosofía y de la Escuela de Pedagogía de la Universidad Panamericana, Campus Aguascalientes, México. ejunco@up.edu.mx. Universidad Panamericana: http://www.up.edu.mx

Fuentes Bibliográficas:
RULFO, Juan, El llano en llamas, ED. RM, MÉXICO, 2005.
RULFO, Juan, Pedro Páramo, ED. RM, MÉXICO, 2005.
PARRA, Nicanor, De Discursos de sobremesa, Concepción, Cuadernos Atenea, 1997



Fecha de recepción 2 de julio de 2014

Fecha de aceptación 14 de agosto de 2014

Editor: Adolfo Vásquez Rocca D. Phil, ROF, Nº 18, 2014

Como Citar este Artículo:
JUNCO DE CALABRESE, Ethel, “Juan Rulfo: Antropología de la Memoria y el estable paisaje de la muerte”, en Revista Observaciones Filosóficas, Nº 19 - 2014 - ISSN 0718-3712, Indexado en DOAJ - Directory of Open Access Journals Lund University.


1 La ediciones que serán citadas en todo el artículo son, para los cuentos: Rulfo, Juan, El llano en llamas, Ed. RM, México, 2005 y para la novela: Rulfo, Juan, Pedro Páramo, Ed. RM, México, 2005.

2 “El llano en llamas”, pág. 84.

3La noche que lo dejaron solo”, pág. 112.

4Luvina”, pág. 103.

5 Ibídem, pág. 106.

6 “Macario”, pág.61.

7 Ibídem, pág. 66.

8 Ídem.

9 “Diles que no me maten”, pág. 93.

10 Ídem.

11Es que somos muy pobres”, pág. 27.

12 “Talpa”, pág. 59.

13 “La Cuesta de las Comadres”, pág. 18.

14 “En la madrugada”, pág. 47.

15 “Talpa”, pág. 59.

16 “Nos han dado la tierra”, pág. 8.

17 “El hombre”, pág. 31.

18 “Luvina”, pág. 100.

19 Ibídem, pág. 101.

20 Ibídem, pág. 99.

21 Ibídem, pág. 100.

22 “El llano en llamas”, pág. 85.

23 Ídem.

24 “Talpa”, pág. 52.

25 “Es que somos muy pobres”, pág. 28.

26 “Pedro Páramo”, pág. 119.

27 “Nos han dado la tierra”, pág. 11.

28 “¡Diles que no me maten!”, pág. 95.

29 “Nos ha dado la tierra”, pág. 12.

30 Ibídem, pág. 8.

31 “Luvina”, pág. 104.

32 “La herencia de Matilde Arcángel”, pág. 150.

33Pedro Páramo”, pág. 8.

34 “Macario”, pág. 65.

35 “Nos han dado la tierra”, pág. 8.

36 Ibídem, pág. 12.

37 “Es que somos muy pobres”, pág. 27.

38 Ídem.

39 “Macario”, pág. 67.

40 “Anacleto Morones”, pág. 161.

41 “Pedro Páramo”, pág. 55

42 Ibídem, pág. 98.

43 Ibídem, pág. 121.

44 Ibídem, pág. 33.

45 Ibídem, pág. 8.

46 “El hombre”, pág. 33.

47 Ibídem, pág. 37.

48 “En la madrugada”, pág. 45.

49 “El hombre”, pág. 32.

50 Ídem.

51 “Talpa”, pág. 50.

52 “Macario”, pág. 62.

53 Ibídem, pág. 64.

54 “El hombre”, pág. 34.

55 “Talpa”, pág. 51.

56 “La Cuesta de las Comadres”, pág. 22.

57 “Pedro Páramo”, pág. 65.

58 “Acuérdate”, pág. 125.

59 “No oyes ladrar los perros”, pág. 132.

60 “Pedro Páramo”, pág. 60.

61 Ibídem, pág. 44.

62 Ibídem, págs. 14-15.

63 “Talpa”, pág. 52.

64 “Nos han dado la tierra”, pág. 9.

65 “La Cuesta de las Comadres”, pág. 14.

66 “El día del derrumbe”, pág. 136.

67Ibídem, pág. 137.

68Diles que no me maten”, pág. 96.

69Pedro Páramo”, pág. 5.

70Paso del Norte”, pág. 118.

71 Ibídem, pág. 123.

72 Ibídem , págs. 123-124.

Revista Observaciones Filosóficas - Nº 19 / 2014




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