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Revista Observaciones Filosóficas


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Baudrillard; alteridad, seducción y simulacro

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art of articleart of articleSimulacro, Subjetividad y Biopolítica; De Foucault a Baudrillard

Dra. Eva Patricia Gil Rodríguez1 - Universidad Autónoma de Barcelona
Abstract
El simulacro en las sociedades de control: transformaciones de la relación entre poder y subjetividad en la era del conocimiento2
En el texto que sigue se presenta una propuesta teórica que muestra la relación entre el control como tecnología de poder y el simulacro como dispositivo de subjetivación en el contexto actual. Para poder mostrar el funcionamiento de este dispositivo de subjetivación que es el simulacro, y al que llamaremos hegemónico debido a que constituye una importante forma de dominio simbólico, nos remitiremos a dos momentos que conviven en el contexto socio-histórico actual: la sociedad de productores y la de consumidores, la primera vehiculada mediante la disciplina y la segunda mediante el control. La sociedad de productores tiene en la vigilancia su principal tecnología de poder - mediante el panóptico - mientras que la sociedad de consumidores lo tiene en la seducción - mediante el sinóptico. Mientras que la primera vehicula el deseo como carencia de un objeto a obtener a largo plazo, la segunda vehicula cortas pero intensas experiencias de placer. El sinóptico, donde muchos tienen la posibilidad de mirar a unos pocos, convierte de esta manera, invirtiendo los términos de Baudrillard (en López Petit, 2003), al espectáculo en simulacro, ya que estos pocos nos invisten con las normas que nos convierten en subjetividades aptas para la sociedad del consumo. De esta forma, el simulacro se convierte en el dispositivo de subjetivación que nos lleva a situarnos al otro lado del espejo en nuestra sociedad del espectáculo. Ambos momentos, el del panóptico y el del sinóptico, son articulados mediante las normas; efectivamente, las normas articulan tanto la disciplina, propia de la sociedad de productores, como el biopoder, propio de la sociedad de consumidores, en el complejo entramado de relaciones de poder y subjetividad en la actualidad (González, 2003; López Petit, 2003; Morey, 1983). Además el biopoder, que tiene uno de sus principales bastiones en el discurso de la prevención, legitima mediante el mecanismo del racismo de Estado una vuelta al poder de soberanía, al derecho de muerte que de esta forma se convierte en el tercer nivel que se superpone, mediante la legitimación de la guerra, a esta disciplina y a este poder sobre la vida (Foucault, 1976; González, 2003).
Introducción: el simulacro como ausencia de límites

El simulacro se basa en un funcionamento psicosocial caracterizado por una concepción narcisista de la propia subjetividad y una negación radical de los límites, fruto del contexto socio-histórico en el que nos encontramos. El cómo se instala el discurso hegemónico neoliberal de ausencia de límites y de simulacro en nuestra vida, en nuestros deseos y en nuestra subjetividad es el interrogante al que se intentará dar respuesta con esta comunicación. Se intentará dilucidar, al menos en parte, la relación entre el control como tecnología de poder y el simulacro como dispositivo hegemónico de subjetivación en el contexto actual.

Para poder dar cuenta de cómo el simulacro funciona como subjetivación hegemónica en la actualidad, no podemos dejar de referirnos a las principales tecnologías de poder de la sociedad de productores y la sociedad de consumidores - la vigilancia, en el primer caso, y el control, en el segundo - ni tampoco a las implicaciones que ambas tecnologías tienen en la construcción de subjetividad. Para ello, introduciremos también otros dos conceptos, el de panóptico - principal mecanismo de vigilancia - y el de sinóptico - principal mecanismo de control - que se muestran como potentes mecanismos de subjetivación que nos pueden permitir aprehender cual es la relación entre poder y subjetividad en el contexto actual.

Si nos situamos a finales de los años 90, debemos recordar como los discursos académicos que se producían en ese momento estaban totalmente empapados de las reacciones enardecidas que había suscitado la implantación de Internet en la vida cotidiana, y en ellos una de las principales cuestiones a debatir era el peligro de la disolución de lo privado en lo público, mediante el gran panóptico que suponía Internet: se trataba del miedo a la desaparición de la privacidad.

Sin embargo, parece que con el tiempo se ha visto que el poder de la red como panóptico es más bien limitado, por no decir que ni siquiera funciona de forma efectiva como tal (Mora, 2002). Parece que lo que constituye actualmente un gran mecanismo de poder es el sinóptico, donde en lugar de unos pocos mirando a muchos, como sucedía en el panóptico, tenemos a muchos mirando a unos pocos (Bauman, 1998a, 1999). Y el sinóptico no funciona mediante la vigilancia sino mediante la seducción, seducción que nos lleva a adquirir unas determinadas formas de comportamiento en consonancia con la sociedad de mercado. Bauman (1999) nos describe como fue la transición del panóptico, dispositivo de poder propio de las sociedades disciplinarias, y más que necesario en una sociedad industrial, al sinóptico, propio de las sociedades de control, en las que el principal fin de los individuos es el consumo.

El panóptico posibilitaba que unos pocos, invisibles, pudieran mirar a muchos. La invisibilidad de estos pocos producía el efecto de que su presencia no fuera necesaria para que se interiorizase la vigilancia: es así como aparece la disciplina, tan importante en la sociedad de productores. A nivel de deseo, la sociedad del trabajo estaba ligada con una concepción del deseo como carencia, como motor que te inducía a la pretensión de alcanzar un proyecto de totalidad en el futuro.

El sinóptico, en cambio, posibilita que haya muchos mirando a unos pocos, los cuales devienen, mediante la seducción, en modelos de privacidad. Éstos proveen de normas para el comportamiento y fomentan una determinada imagen de lo que se entiende por ámbito privado. Imaginad los muchos miles de sinópticos que podemos encontrar en los medios de comunicación: talk shows en los que los invitados son gente, en principio “común”, que cuenta su excepcional caso al gran público; reality shows como Gran Hermano en todas sus variaciones... programas de prensa rosa y programas que son extrañas combinaciones de todos ellos... Todos ellos son mecanismos que generan normas de comportamiento, que nos proporcionan información sobre lo que es importante y lo que no socialmente, y sobre todo, que nos muestran, construyen y reducen el ámbito privado a la gestión de impresiones y al simulacro.

El sinóptico está relacionado con una concepción de deseo como placer inmediato, que es justo el tipo de vehiculación libidinal que más conviene en una sociedad de consumo. Placer inmediato y fama inmediata: con un curso intensivo te convertirás en artista, siempre y cuando te esfuerces lo suficiente. Precioso ejemplo del paso del panóptico al sinóptico el de Operación Triunfo; en él se muestra en qué formas se combinan hoy día la sociedad disciplinaria - en la que hay que esforzarse por conseguir lo que se desea - con la sociedad del consumo y del placer. Y en la constante visibilización de lo privado en que se basan los sinópticos, se va construyendo este ámbito de forma que queda totalmente reducido e igualado al estatus de “performance” pública. Los sinópticos de esta forma nos ofrecen normas de comportamiento, apareciendo así como potentes mecanismos reguladores de la subjetividad, y subjetivando lo público, la masa, como la suma de individuos totalmente separados e individualizados:

“En lo esencial, las masas actuales han dejado de ser masas capaces de reunirse en tumultos; han entrado en un régimen en el que su propiedad de masa ya no se expresa de manera adecuada en la asamblea física, sino en la participación en programas relacionados con medios de comunicación masivos. (...) En ella uno es masa en tanto individuo. Ahora se es masa sin ver a los otros. El resultado de todo ello es que las sociedades actuales o, si se prefiere, posmodernas han dejado de orientarse a sí mismas de manera inmediata por experiencias corporales: sólo se perciben a sí mismas a través de símbolos mediáticos de masas, discursos, modas, programas y personalidades famosas. Es en este punto donde el individualismo de masas propio de nuestra época tiene su fundamento sistémico” (Sloterdijk, 2000, p. 17).

Y es que los medios de comunicación de masas han sido sin duda de gran impacto en la subjetivación de lo individual y lo colectivo en nuestro contexto histórico, cultural y social... Para entender el alcance del sinóptico en el momento actual, basta con formularnos la siguiente pregunta: ¿no es cierto que todos deseamos ser protagonistas de nuestra vida? ¿No queremos todos tener acceso a estas experiencias prácticamente inmediatas de placer y éxito, aunque tengamos también que esforzarnos para conseguir lo que queremos? Quizás, más que encontrar respuestas para estas preguntas, tendríamos que pensar en sus condiciones de posibilidad, y reflexionar sobre porqué es tan habitual en nosotros desear placer y tener a la vez una concepción del esfuerzo a largo plazo como imprescindible para conseguir algo... ¿de dónde surge esta contradicción?

Placer y disciplina son concepciones que ya por sentido común se encuentran totalmente contrapuestas. Y no es extraño, ya que ambos términos pertenecen a formas de ver el mundo que, aun siendo completamente diferentes, se encuentran conviviendo en la actualidad. El placer sólo podemos entenderlo como asociado a una sociedad de consumidores, donde tenemos todo lo que podamos desear al alcance de la mano. La disciplina, en cambio, sólo tiene sentido en una sociedad de trabajadores o de productores, en la que es imprescindible entender el deseo como algo a conseguir a largo plazo, a la vez que interiorizar, como decía Michel Foucault (1977), ciertos ritmos corporales de vigilia y de sueño, de alimentación, de esfuerzo y de descanso, para que este tipo de sociedad pueda tirar adelante. Estas dos formas de sociedad occidental, la de trabajo y la de consumo, conviven en nuestro modelo actual; y ambas tienen dispositivos de vigilancia y de control que ayudan a contribuir a su perdurabilidad.

Panóptico y disciplina

El filósofo postestructuralista francés Michel Foucault (1926-1984), en sus estudios sobre instituciones penitenciarias, ya mostró como funcionaba el más importante mecanismo de poder de la sociedad de los trabajadores: el panóptico. El funcionamiento del panóptico forma parte del diseño arquitectónico de la prisión tradicional; se trata de una torre en mitad de la prisión, desde la cual se puede observar la totalidad de sus espacios y rincones. Las particularidades de este tipo de construcción hacen posible que no sea necesaria la presencia de un persona en la torre para que esta vigilancia resulte efectiva, ya que sólo con la existencia de esta torre, dentro de la cual es imposible ver si hay alguien ocupándola o no, hay más que suficiente para que los prisioneros interioricen esta vigilancia. Esta interiorización es justo lo que conforma la base de lo que supone la disciplina: delante de la posibilidad de que unos pocos vigilen a muchos, esta población aprende el control de sí misma e internaliza las relaciones de poder, aprendiendo a disciplinar su cuerpo y su forma de vida... hasta el punto de que incluso sus deseos acaban siendo fruto de esta disciplina.

Este tipo de tecnología disciplinaria coincide, en absoluto por casualidad, con la aparición de una nueva forma de sociedad que empieza a forjarse de los siglos XVI al XVIII, y que acaba derivando en las formas de organización de la producción características de la revolución industrial. Durante esta época surgieron mecanismos de vigilancia hasta entonces no utilizados, pero que adquirieron muchísima importancia dadas las necesidades que el nuevo sistema social imponía: se trataba de disciplinar al cuerpo en unos horarios y a una rutina preestablecida, cuestión básica para el buen funcionamiento de una sociedad fabril:

“Vemos crecer en el ejército, los colegios, los talleres, las escuelas, toda una domesticación del cuerpo, que es la domesticación del cuerpo útil. Se ponen a punto nuevos procedimientos de vigilancia, de control, de distribución del espacio, de notación, etc. Hay toda una investidura del cuerpo por mecanismos de poder que procuran hacerlo a la vez dócil y útil. Hay una nueva anatomía del cuerpo” (Foucault, 1975a, p. 181).

Como ejemplo del funcionamiento del panóptico, podemos señalar como fue entonces cuando se constituyó la figura del ama de casa; y es que debemos pensar que ésta, a parte de proveer a los obreros y a los futuros y futuras obreros y amas de casa de los cuidados necesarios para su más óptimo funcionamiento, constituían también un importantísimo mecanismo de vigilancia: los hombres no se hicieron clase obrera de la noche a la mañana, ya que la disciplina es un ejercicio de autosometimiento difícil, que fue inculcándose gracias a diversos dispositivos - y entre ellos, la vigilancia instalada en la propia casa (Mora, 2002). Y es que hay que recordar que la sociedad de los productores o trabajadores y la sociedad disciplinaria es un todo, ya que una se constituyó gracias a la otra y viceversa.

Efectivamente, las mujeres adquirieron en ese momento un estatus de dispositivo de vigilancia que posibilitaba, a través del control del hombre dentro del espacio del hogar, el conseguir que éste interiorizase esta disciplina. A su vez, eran también las mujeres las que velaban para que los hijos se fueran acostumbrando a ser disciplinados gracias no sólo a la institución de la familia nuclear, sino también mediante esta otra institución que forjaría los hombres/trabajadores/productores del futuro: la escuela. Un ejemplo de cómo estas instituciones no solo vehiculaban la vida de las personas, sino también sus deseos, es como a menudo incluso han sido los mismos niños los que han querido ir a la escuela, al darse cuenta de que ésta constituía su única oportunidad de mejora en un mundo ya definitivamente industrializado. Dichos deseos como carencia de algo que conseguir a largo plazo, que posibilitaban el esfuerzo diario necesario para el buen funcionamiento de una sociedad del trabajo, son los frutos de un dispositivo disciplinario que tenía su simiente en las instituciones que se forjaron en aquel momento histórico: el trabajo fabril, el ejército, las prisiones, los hospitales, las escuelas y la misma familia nuclear.

El deseo en este tipo de sociedad disciplinaria y organizada en torno al mercado de trabajo será siempre deseo a largo plazo, deseo de algo siempre difícil de conseguir, pero no imposible, deseo de algo que se puede alcanzar con el suficiente esfuerzo y dedicación... con esta concepción de vida como proyecto, el deseo que se construía en el sujeto era el modelo de deseo como carencia, como falta, puesto que aquello a conseguir siempre estaba más allá, y había que trabajar para conseguirlo. Sin embargo, poco a poco hemos ido haciendo de nuestra sociedad occidental, en la que la centralidad estaba en el trabajo, una sociedad mediatizada por el consumo (Bauman, 1998b). Una sociedad con un mercado de trabajo flexible pero también precario, que por este motivo no puede sostenerse como espacio de referentes identitarios, pero con un mercado de consumo suficientemente fuerte como para llegar a todas partes y hacer de cualquier estrato social un segmento de consumidores, y en el cual sí es posible que todo el mundo encuentre elementos de identificación. Es por este motivo que nuestra sociedad ya no necesita hordas de gente disciplinada y adecuada para un mercado de trabajo con necesidades de mano de obra para la producción estables e incluso en continuo aumento, sino gente apta para el mercado de consumo: gente ocupada en el oficio de obtener placer.

Del panóptico de Bentham al sinóptico de Beckham: sinóptico y control social

Dentro de nuestras sociedades actuales, donde el poder hegemónico parece tener como objetivo que el consumo acabe siendo el eje central de identificación, el panóptico, aún sin dejar de existir, ha perdido mucha de su efectividad. Seguramente, los acontecimientos ocurridos aquel famoso 11 de septiembre (aquel 11 de septiembre que ha conseguido eclipsar todos los demás) nos mostraron que ya no es posible la ficción del panóptico como mecanismo de vigilancia absoluta, al mostrarse en aquel momento sus rincones ciegos (Mora, 2002).

Pero quizás es que el panóptico ya no es necesario en una sociedad que no necesita tanto la disciplina, que sirve para forjar el espíritu de un trabajador, como el control, que permite continuamente captar nuevos perfiles de consumidores. ¿Y qué se necesita para que el control sea efectivo? Pues entrar en el espacio que se vive como más personal, propio e intransferible: nuestro ámbito privado.

En la actualidad vivimos en un mundo tecnificado como nunca habíamos conocido, y con una sociedad, la occidental, totalmente mediatizada por la red de redes que es Internet; las características de esta tecnificación hacen que cada vez sea más difícil entender el ámbito privado tal y como se ha concebido tradicionalmente. Éste solía ser definido como un espacio que escapa al control público, social y político; pero... ¿es posible esta concepción del ámbito privado hoy en día? Ya hemos visto como el espacio llamado privado o personal no puede estar sino construido por el contexto social y las relaciones de poder establecidas en cada momento histórico determinado. Parece quedar clara entonces la imposibilidad de esta idea de espacio único y propio que es el ámbito privado; sin embargo, que no se pueda entender este ámbito como algo exclusivo de la persona no quiere decir que no lo experimentemos como tal... entonces, ¿cómo ha sido posible controlar este aparente último espacio de resistencia a las relaciones de poder que provienen del contexto social? ¿De qué forma entraremos y conformaremos éste de forma que sirva a los intereses dominantes? Bauman, para poder dar respuesta a esta pregunta, nos ha ofrecido la idea de una tecnología bien diferente al panóptico, la cual llama sinóptico, y que tendría por objetivo ya no la disciplina sino el control. El sinóptico, como ya hemos comentado, ya no generaría grandes deseos a largo plazo; al contrario que los dispositivos disciplinarios, nuestro modelo hegemónico de satisfacción no son sino pequeñas e intensas chispas de placer inmediato.

A diferencia del panóptico, donde unos pocos tenían la posibilidad de mirar a muchos, el sinóptico es un dispositivo que, gracias a la tecnología de los grandes medios de comunicación de masas, permite que muchos sean capaces de mirar a unos cuantos, que son el centro de la atención y que constituyen el modelo de realidad, de comportamiento y de normas sociales a seguir; es decir, que configuran aquello que entendemos por éxito en nuestra sociedad actual. Efectivamente, tenemos muchísimos ejemplos de sinóptico al alcance de nuestra mano: talk shows, reality shows, programas de prensa rosa... y en todos ellos, el premio no es ganar tal o cual concurso, sino simplemente estar, aparecer, y el éxito se mide no en función de un trabajo llevado a cabo, sino en función de lo que hablan de ti. Incluso los sinópticos han conseguido generar otros nuevos fenómenos televisivos asociados: en primer lugar, tenemos espacios dedicados ya no a entrevistar directamente a famosos, sino a personas "supuestamente" expertas en famosos, que - aunque no sabemos de que forma lo consiguen - saben mil y una historias de su vida e intimidades, y no tienen ningún problema en explicarlas a todo el mundo a través de la televisión. Y, en segundo lugar, encontramos los espacios de programas de TV que hablan de otros programas de TV... o, más exactamente, podríamos hablar de espacios televisivos que hablan de sinópticos, mediatizando - por si acaso quedaban fisuras a través de las cuales se pudieran colar posibles interpretaciones no interesadas - el discurso que se genera sobre estas experiencias privadas, íntimas y personales pero al alcance de todo aquel que las quiera conocer, haciendo que el espacio de los medios de comunicación sea cada vez más autorreferencial. Y es que el poder del sinóptico para construir y potenciar una determinada visión de la realidad social es innegable. El sinóptico conforma la realidad de una forma concreta, interesada siempre en función de las relaciones de poder y dominación, e incluso las polémicas que generan son puestas al servicio de dichas relaciones.

Con el panóptico hemos de recordar que era justamente la posibilidad de la perpetua vigilancia la que constituía la esencia y la efectividad de este dispositivo de poder, cumpliendo de esta forma su función disciplinaria; pero, en el caso del sinóptico, ¿qué función estará implícita en la posibilidad de mostrar estos ámbitos privados de forma pública? Las experiencias privadas que se nos muestran en los sinópticos son presentadas como el modelo de vida a alcanzar más magnífico que nos podría aportar nuestra sociedad occidental, dado que están basadas en el éxito - entendido no como un reconocimiento de méritos, sino como simple conocimiento de tu existencia por parte de las masas - y en una existencia basada en continuas, intensas y inmediatas experiencias, algunas de dolor, pero en una inmensa mayoría de placer.

Según el modelo hegemónico que nos aporta el sinóptico, una vida que valga la pena ser vivida no es una vida en la cual sólo se disfrute de experiencias positivas, sino una vida llena de intensas emociones. Hay una cierta relación entre estos espacios televisivos y los culebrones, primeros sinópticos de nuestra era, aquellos que todavía necesitaban de actores y actrices que les ayudasen a construir mundos de experiencias privadas - respetando aún la siempre dudosa frontera entre ficción y realidad - y que, fruto sin embargo de una sociedad de trabajadores que se comenzaba a dejar atrás, construían el deseo como algo a largo plazo (¡los deseos vehiculados en los culebrones acostumbran a durar en torno a los mil novecientos capítulos!): de la misma manera que en los culebrones, los sinópticos ponen de manifiesto que lo peor que te puede pasar no es ni mucho menos tener una vida llena de sufrimientos, sino una vida vacía de experiencias, una vida en la que no te pase absolutamente nada.

¿Y en qué espacio se puede alcanzar este modelo de continuas experiencias y emociones a corto plazo, inmediatas y plenamente satisfactorias pero que duran lo que un suspiro, sino dentro de los espacios de consumo? Es éste, entonces, el espacio donde nuestra identidad toma sentido, donde podemos tener una cierta visibilidad: sólo con la compra de ciertos productos (una cierta música, una cierta ropa...) los otros pueden saber de nuestra existencia y aceptarnos; no sólo compramos productos sino incluso nuestras experiencias, y por este motivo también compramos nuestras vacaciones e incluso nuestra boda. De esta forma, el sinóptico sirve, como sirvió el panóptico en su momento, de dispositivo de control que permite interiorizar las relaciones de poder y hacerlas nuestras, hacerlas propias... haciendo del poder una experiencia incluso individual y privada.

Panóptico y sinóptico... ¿Complementarios o contradictorios?

Sin embargo, la idea de que el sinóptico ha sustituido para siempre el panóptico no parece la más adecuada... todavía existen muchísimos panópticos a nuestro alrededor, y nuestra sociedad todavía necesita de cuerpos disciplinados y habituados a dormir ocho horas y a madrugar, a comer a determinados ritmos y a descansar cuando les toca, y a ser forzados por voluntad propia a seguir los hábitos y las costumbres cuando el deseo de quedarse durmiendo y no ir a trabajar baila por las sábanas al sonar el despertador.

Dice López Petit (2002) que los cambios sociales y su impacto sobre los individuos nunca se dan en un orden de sustitución; todo lo contrario, éstos son acumulativos y superpuestos, y cuando un orden social aparece no sustituye al anterior, sino que se superpone y se genera a partir de éste, forjando contradicciones y malestares nuevos o exacerbando los que ya existían. Siguiendo sus planteamientos, no podemos decir que la sociedad de consumidores ha sustituido a la sociedad de productores, sino que se ha generado a partir de sus contradicciones inherentes. Marx (en Mora, 2002) ya comentaba que si el capitalismo se impuso como sistema de producción en Gran Bretaña fue gracias a la expropiación de las tierras a los campesinos ingleses, lo que les obligó no sólo a formar parte de un mercado de trabajadores, sino a formar parte de un mercado de consumidores aptos para recibir los productos que ellos mismos producían como mano de obra en las fábricas e industrias; por este motivo, el trabajo concebido como eje vertebrador de la propia existencia, y el consumo como forma de dar sentido a la alienación que provoca el capitalismo industrial, van inextricablemente ligados. La sociedad de consumo aparece en el momento en que el declive del sector de la producción provoca una nueva configuración del mercado laboral, que ya no permite responder a las necesidades de las personas de dar sentido a su vida mediante el trabajo... por ello la contradicción inherente en nuestra sociedad es la de estar centrada en el consumo cuando justamente no se tienen garantizados los medios para conseguir éste, dado que se ha enfatizado la importancia del placer inmediato mientras que - y al menos para la mayoría de los mortales - para sobrevivir, es indispensable darle importancia al trabajo, puesto que es el único medio que puede proveerte de lo necesario para tu supervivencia.

Por ello, quizás el éxito de los sinópticos radica simplemente en que éstos otorgan un espejo en el que la gente puede vivir y resolver de forma positiva sus contradicciones, propias, por otra parte, de una sociedad de consumidores y de trabajadores, y en la cual se superpone el modelo de trabajo, disciplinariedad y esfuerzo a un modelo de consumo, control y simulacro - en el que ya no importa que te pase, sino que te vean y el cómo te vean - de placer inmediato y de consumo ya no de productos, sino de experiencias. En la novela de George Orwell "1984", donde el Gran Hermano utilizaba un despliegue tecnológico que era a la vez panóptico y sinóptico (y dónde se conjugaba también vigilancia y control) ya se mostraba esta confluencia de sociedades, pero con una jerarquía fuertemente marcada; ahora, en cambio, "El gran hermano" somos todos, y gracias a las promesas de placer que el sistema nos aporta, éste se consolida y se mantiene. De esta forma, podemos decir que en algún sentido el sinóptico invierte los términos en que Baudrillard explicaba que el simulacro devenía espectáculo (en López Petit, 2003): el sinóptico convierte el espectáculo en simulacro, imponiendo mediante la seducción un conjunto de normas que convierten los malestares en experiencias puramente individuales.

Poder y subjetividad en las sociedades de control: simulacro y racismo de Estado

Por último, y para entender en qué sentido la cuestión del simulacro atiende a una nueva forma de control social (propia de la sociedad de consumidores), que se superpone y hace por ello más eficaz formas de poder más antiguas (no sólo la disciplina propia de una sociedad de productores sino también del poder soberano del derecho de muerte), quiero recurrir de nuevo a Michel Foucault, concretamente a su trabajo sobre la genealogía del racismo y a la forma en que conceptualiza el poder sobre la vida con el término biopoder (Foucault, 1976; González, 2003).

En su “Genealogía del racismo”, Foucault (1976) nos habla de tres tecnologías distintas de poder, que apuntan a distintas superficies y que conviven en la actualidad, a pesar de pertenecer a momentos distintos en el tiempo (Morey, 1983):

En primer lugar, el poder de soberanía. Se corresponde con el poder soberano del derecho de muerte. Surge en el Antiguo Régimen, y está muy bien ilustrado al inicio de su obra "Vigilar y castigar". ¿Quién no recuerda la brillante descripción de los suplicios en la plaza pública, símbolo y muestra de un poder soberano ilimitado?

En segundo lugar, el poder disciplinar, que tiene lugar en la revolución industrial, y tiene en el panóptico su modelo de dispositivo de vigilancia. Los cuerpos individualizados producidos por el surgimiento de la disciplina como tecnología de poder son su símbolo, y está en íntima conexión, como ya hemos mostrado, con el inicio de la sociedad industrial y de productores (Mora, 2002).

Y por último, el biopoder o biopolítica, el cual se efectúa mediante la regulación de los procesos vitales, a través de estadísticas, censos, minería de datos, créditos, hipotecas... Se genera mediante procesos como el control de los nacimientos, las migraciones, la fecundidad, el envejecimiento, el acceso a la cultura... Es propio de las sociedades de consumo y de control, dónde, a diferencia del Antiguo Régimen, ya no es tan necesario el control de los cuerpos mediante el castigo - es decir, mediante el derecho de muerte - como el poder sobre la vida, sobre el control de las poblaciones. Las nuevas tecnologías refuerzan y dotan cada vez de mayor sentido este tipo de sociedad de control (Deleuze, 1991). Además, si esta tecnología de poder triunfa es gracias a la utilización del discurso que le es propio, el discurso de garantizar la vida.

Estas tres tecnologías de poder se dan a la vez, superponiéndose las unas a las otras. Como puede verse, y en indiscutible conexión con la sociedad de control y los sinópticos, el ejercicio del poder propio de nuestra era es el biopoder. El biopoder, que pone la vida en tanto motor productivo al servicio del sistema, se sostiene mediante el discurso de la seguridad, de garantizar la misma vida que controla: se trata del derecho de hacer vivir y dejar morir, contrariamente al derecho de hacer morir y dejar vivir propio del ejercicio de soberanía. La verdad es que este texto, escrito en 1976, parece prácticamente premonitorio a la luz del discurso de seguridad y prevención que inunda los medios de comunicación de masas.

Ya hemos visto que la segunda y tercera formas de tecnología conviven a la vez en la actualidad; sin embargo, el aporte de Foucault que nos interesa en este momento es el de la conjugación del poder soberano del derecho de muerte y del biopoder en el momento actual: ambas tecnologías funcionan la una gracias a la otra en este momento, y lo hacen mediante el mecanismo del "racismo de Estado". Foucault nos explica, mediante este mecanismo, porque el racismo está hoy más vivo que nunca, aunque ya no se trate de la antigua guerra de razas sino de un "racismo de Estado" que va a legitimar el retorno del poder de muerte como comportamiento legítimo y preventivo: y es que cuando el otro es percibido como una amenaza para tu seguridad, como aquello que amenaza la vida en sí misma, el racismo se torna en la justificación plena y totalitaria de la vuelta al poder de soberanía unilateral del derecho de muerte que estamos viviendo en nuestra era. Efectivamente, el discurso y el hecho de la guerra preventiva son totalmente acordes con lo que Foucault propone en el texto; se trata del racismo como mecanismo de Estado.

De esta manera, se está dando una forma de vinculación social en la sociedad global que permite que se despliegue una tecnología de poder que regula la vida pero que a la vez recupera el derecho soberano sobre la muerte: se trata de las técnicas de adiestramiento y control sumadas a la vieja potestad de matar.

Y es que, efectivamente, en el momento actual no solamente no ha desaparecido una sociedad disciplinaria sino que sus efectos se han exacerbado, conviviendo ésta con un intensificado biopoder que ha recuperado el poder soberano de derecho de muerte mediante el discurso de la seguridad y la prevención. El objetivo de dicho discurso y de las tecnologías de poder que entrecruza no es otro que el de que la forma en que nos vinculamos entre nosotros no cambie; es decir, que la subjetividad continúe siendo uno de los más potentes mecanismos de reproducción social.

Efectivamente, esta ordenación del mundo funciona porque está instalada en lo subjetivo; vivimos y funcionamos con un discurso que no da cuenta del malestar en nuestra cotidianidad, y en el que no se nos permite reconocernos en el espejo de los que sufren. Teníamos un maravilloso ejemplo de simulacro en los inicios de la guerra televisada de Irak: la pantalla verde con el fondo negro y los fuegos artificiales en el cielo oscuro de la noche, sin los lamentos ni las heridas ni la sangre dejada por los bombardeos. Los periodistas en las trincheras, dando cuenta de los inicios de no se sabe qué batalla, con unos tenientes que explican cual será la operación militar que se pondrá en escena... ¡pura estrategia! ¡Y tan pura! No hay nada más allá según las pantallas de los televisores, puesto que sólo se muestra la táctica, y nunca los cuerpos ensangrentados que necesariamente ésta conlleva.

Todo lo contrario nos muestran las imágenes de los soldados estadounidenses muertos o prisioneros, o las imágenes de sus ataúdes, aquellas que el gobierno estadounidense tenía prohibido mostrar a sus ciudadanos; ¿y por qué resultan estas imágenes tan duras? Es bien cierto que es duro ver a un compatriota muerto en el suelo, o presa de un ataque de pánico, pero ¿no será quizás que es más duro todavía reconocer que la guerra que se está librando no es simple ficción? ¿No será que lo insoportable es darse cuenta realmente de que uno es el "otro del otro", qué uno puede ser también el perdedor? Y es que con una subjetividad harto narcisista como la de la subjetividad vehiculada por el simulacro, la otredad será percibida siempre como una amenaza.



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1 Doctora en Psicología Social
Universidad Autónoma de Barcelona
Consultora de los Estudios de Psicología y Ciencias de la Educación
Universitat Oberta de Catalunya (UOC)
2 Comunicación de la autora en el II Congreso del Observatorio para la Cibersociedad
Fuente: | Ediciones simbioticas |

Revista Observaciones Filosóficas - Nº 1 / 2005


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