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Revista Observaciones Filosóficas


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art of articleart of articleVida y Música: Comentario a la Película "La Alegría" de Ingmar Bergman

Mag. Rodrigo Figueroa Weitzman1 - Universidad Andrés Bello

¿De qué manera abordar una película como "La alegría", obra de una tonalidad distinta a las habituales intensidades a las que nos tiene acostumbrados el cineasta sueco? A mi juicio, esta cinta posee una mayor simpleza que otras obras de Bergman, pues sin duda no tiene la gravedad de películas como "Sonata otoñal", "El séptimo sello" o "La fuente de la doncella", por citar algunas. Sin embargo, también su profundidad y su belleza son innegables, ya que dan cuenta no sólo de una compleja relación entre individuos, sino del vínculo de éstos con la música, es decir, del difícil nexo entre el hombre y el arte.

El poeta Rainer María Rilke establece una fuerte "hostilidad entre la vida y la tarea grande". En su óptica, el individuo debe escoger entre la consagración a la vida, con todas sus consecuencias, o la renuncia a ésta para consagrarse a la edificación de una obra que trascienda a su autor. Hago hincapié en esta idea porque creo que de alguna forma este conflicto subyace en la trama profunda de "Alegría". Es quizás la trama invisible que está al interior de los dilemas que enfrentan los personajes de cualquier obra, los cuales suelen no tener en mente ese misterioso y secreto recorrido de las historias de las que forman parte, tal como ha visto el ensayista rumano Tzvtan Todorov.

Ahora bien, me parece que una forma adecuada de enfocar la película es centrar el análisis en cada uno de los personajes que aparecen a lo largo del film. Por ejemplo, comencemos por los protagonistas. Stig Erikson, el violinista. Con ciertos elementos de comicidad e ingenuidad, Stig es alguien que aún ignora cuál es su lugar y su destino. Recordemos que en el cumpleaños de Martha, él confiesa que no sabe quién es, se desconoce, aunque reconoce en sí mismo la posesión de ciertas cualidades. En esa misma celebración en casa de ella, Stig, ya algo ebrio, señala que "la humildad es la esencia", afirmación que se contrapone con su incapacidad para constatar su precariedad como músico. La actitud en su fracaso cuando interpreta el concierto para violín de Félix Mendelssohn es elocuente. El mismo director de orquesta le critica el hecho de no percibir que toda colmena necesita de abejas, le hace ver el pequeño diablo de ambición que lleva dentro (lo que nos recuerda a Edgar Allan Poe cuando sostiene que el despojo de toda ambición es una de las condiciones de la felicidad). Por eso mismo, Stig nunca será un buen solista.

Evidentemente, también hay aquí una cierta nobleza en las aspiraciones del personaje. En uno de sus diálogos con Martha, Stig afirma que "lo importante es ser un hombre y un artista de verdad", aspiración que para lograrse debe recorrer en el individuo un largo camino. Si no puede ser un artista, al menos es fundamental que alcance el ideal de autenticidad que tanto anhela. No siempre Stig se muestra consciente de sus limitaciones, pero tras la violenta discusión con Martha, y su dolorosa separación, es capaz de reconocer que ambos se quieren porque se han hecho daño, y además por los mil placeres compartidos, o sea, por esa paradójica convivencia entre el sufrimiento y el gozo. Hay una especial relación y afinidad entre quienes han compartido ambas caras de la misma moneda. Una vida que carece de esos rostros no posee una trayectoria digna de relatarse. El intercambio epistolar que da pie a la reconciliación entre ellos así lo hace ver.

Por su parte, Martha, al contrario de Stig, posee otras ambiciones. A ella, según sus propias palabras, le gustaría "enterrarse muy hondo para que nadie la reconociera". Dicho en otro sentido, Martha es quizás más libre que Stig porque no necesita resaltar ante los demás, no requiere ser solista, le basta con ser una integrante más de la orquesta (orquesta que a su vez complementa a la humanidad, a lo colectivo, y no a proyectos individuales y egocéntricos). Esa es la grandeza que acompaña a todo voluntario anonimato, de acuerdo al pensamiento de Simone Weil. En Martha, entonces, late el deseo de encontrar un significado para poder vivir. En un instante de sinceridad le dice a Stig que hasta ahora ha vivido en la falsedad, por eso pretende que su relación con él no sea otro fraude. Siento que esa frivolidad de Martha, a la que se refiere el músico que se topa con Stig cuando éste se ha cortado el pelo, es más aparente que real. Incluso más, Martha adquiere conciencia de que nadie se ocupa de otro cuando ese otro no tiene sentimientos. En el fondo, ella descubre que siempre es más fácil cuando no se está solo. Martha es la imagen de la dulzura y del amor a su marido, a pesar de la ruptura entre ellos, de la preocupación por sus hijos y de la postergación de su vocación cuando la necesidad lo exige. Además, en Martha es posible destacar algo muy importante: ella sabe desear. "Desear no es ningún arte -escribe Kierkegaard-; pero desear bien es un gran arte o, mejor dicho, un don".

Un tercer personaje clave es sin lugar a duda el director de orquesta. Oculto tras un carácter algo gruñón y autoritario, el director es alguien bondadoso y observador. En ocasiones, incluso, asume el papel de narrador cuando, por ejemplo, describe su entrada imprevista en casa de Stig y Martha y ve a ambos abrazados con gran ternura. También percibe las tensiones del matrimonio y como, a veces, un pequeño detalle de parte de uno de ellos alivia inmediatamente la situación. Asumiendo un rol quizás paternal, posee una cordial amistad con el matrimonio, superando las negativas e injustas reacciones de Stig hacia él. Ello, no obstante, no le impide ser un juez imparcial en relación con el talento musical, sobre todo del mismo Stig, a quien, tal como ya mencioné, le reprocha el pretender servirse de la música para conquistar una gloria personal. La música es un fin, dice el director, y no un medio para el propio lucimiento. Es necesario ser capaz de aceptar la propia mediocridad, soportar la habitual medianía en todo lo que somos. Estas reflexiones del director recuerdan un pasaje del diálogo "Fedón" de Platón, en el que Sócrates, próximo ya a la muerte, establece de modo taxativo que incluso en lo moral el hombre suele ser mediocre, o sea, ni completamente bueno ni absolutamente malo. Es claro, entonces, que los matices son un pilar fundamental de toda existencia.

¿Cómo comprender a los otros personajes de la obra? Por ejemplo, Mikael Bro, ese hombre ya viejo que ofrece a Stig su propia mujer, Nelly, bastante más joven que él, Curiosas son las escenas en que Mikael manifiesta complacencia en los juegos de seducción que su mujer intenta con Stig. Pareciera que el Sr. Bro estuviese tramando algo. ¿Por qué la ofrece? ¿Sólo por qué no la ama y quiere deshacerse de ella? ¿Qué tanto la detesta? No es fácil aventurar una respuesta. El odio entre ambos y la común decepción son visibles. Cuando está muriendo, Mikael acusa a su mujer de haberlo envenenado, lo que no se sabe si es efectivo o no, aunque a Nelly le agrada la idea de que al fin su marido esté cercano a la muerte. También ella, en su deseo por otro hombre, muestra toda la insatisfacción y el vacío en los que vive.

El músico, compañero de Stig y Martha en la orquesta, no es más que el prototipo de la misma ligereza con la que en algún momento inicial de la película califica a Martha. Para mí, este músico encarna la figura del "hombre estético", ese individuo que vive en un estado inferior de existencia, según los parámetros del filósofo SØren Kierkegaard. ¿Por qué el hombre estético? Simplemente porque parece ser un mero espectador de todo lo que acontece. No se ve un compromiso de parte de él, ni siquiera quizás con la música, puesto que manifiesta una pequeña pero no menos perversa alegría por los fracasos de Stig (como se ve tras el concierto de Mendelssohn), y se burla de él. Hay en este sujeto una actitud irónica y de falsa superioridad hacia todo lo que tiene delante. Pero eso es superficial, pues como hermosamente señala Rilke, cuando se entra en el terreno de la profundidad la ironía tiende a desaparecer, la distancia se acaba. Esta es una idea radical: la hondura de la verdad desarma cualquier cinismo. A la vida de este músico le falta ese imprescindible estremecimiento.

También es necesario referirse a los dos hijos de Stig y Martha, que apenas aparecen. "En cada niño que viene al mundo Dios dice que aún espera del hombre", escribió Tagore en uno de sus textos. La trascendencia, tan soñada por Stig, quizás está para él en ese hijo que se sienta a escuchar la música de la Novena Sinfonía de Beethoven. Ese niño representa el futuro y forma un contrapunto con la desolación en que queda Stig tras la triste y absurda muerte de Martha por la explosión de una estufa. La presencia inocente de ese niño, al que Stig sonríe mientras recuerda distintos momentos pasados con Martha, es el enlace simbólico entre la música y la esperanza. La música genera esperanza, y la esperanza es la virtud del fin. Toda esperanza parece hablarnos del fin al que se aspira. Pero, además, en la verdadera esperanza, tal como han señalado algunos pensadores contemporáneos, hay una noción superior a la de fin, es la de destinar. Stig está destinado, no como artista porque le falta talento, sino como hombre, a perpetuarse en su hijo que lo mira y lo oye. Una vez más, y en beneficio del individuo, la realidad derrota a la ilusión.

Como en todo arte, también en la música acontece una verdad. "El arte es belleza y la belleza es el resplandor de la verdad. No hay arte sin verdad", dice Gaudí. La música camina por esos senderos donde las palabras son insuficientes.

Una reflexión para terminar. A pesar de la tristeza presente en la cinta, no es casualidad que Bergman concluya su película con esta oda a deseos tan íntimos como universales. Este hecho puede motivar diversas interpretaciones, pero, en mi perspectiva, la escena final es quizás una señal acerca de la presencia de los ausentes. Martha, debido a su muerte inesperada, si es que existe lo inesperado en la muerte, queda fuera de la vida de Stig y de la orquesta, pero será recordada. Esto sucede porque los que se aman no se olvidan y los que se olvidan no se aman. No sólo los vivos, sino incluso los muertos, en la medida que permanecen en la memoria, otorgan, a quienes les sobreviven, nuevas posibilidades y permiten nuevas redenciones.

1 Magister en Filosofía, Profesor Universidad Andrés Bello. Columnista Diario El Mercurio.


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